La luz y el silencio intercambian sus propiedades cuando se dan las condiciones propicias para que esto suceda: “Calla su luz/ en la noche/ el almendro, // brilla el silencio.”[i] Con el silencio sucede igual que las campanas, que sin esperarlas horadan con su presencia la tela densa de las horas, y hacen del instante en que se aparecen un reflejo de lo eterno. El silencio inventa la música del mundo y también de las palabras. Es su cauce o su nido: “En medio del silencio/ el oído humano inventa una música”.[ii]

Con frecuencia volvemos de las palabras de los libros como volvemos de los viajes: con los ojos y la vida cargados de experiencias nuevas, de nuevos paisajes, de colores distintos, de proyectos inesperados. Tras el viaje del libro, ya sea de leerlo o escribirlo, siempre nos espera la posada. El silencio que acoge, recoge, y permite que lo leído se transforme en experiencia propia, en vida verdadera, que salte la valla que separa literatura y biografía particular. Así es también...

El ritmo es un tambor interno que nos golpea fecundamente la sangre. Después se busca su temblor de tiempos detenidos sobre los gestos del mundo, y se llama a la luna a decirse completa en las vueltas de noria de los días. Y en esa concordancia simétrica de gestos dibujamos calendarios encadenados que engarzan también nuestros afanes, desde su inicio ya profundamente envejecidos.

Pero esa libertad inicial de escuchar repetir nuestro nombre en el aire se rescata de nuevo en los caminos. “Llegar a ser caminante requiere un designio directo del cielo”, escribe Thoreau[i], y así se piensa el golpe del pie sobre la tierra, comprendiendo en este rasgueo rítmico y desgastado que verternos en palabras también exige música, porque el golpetear de nuestro cuerpo sobre el taller de la tierra reverbera en la conciencia y crea talismanes de música que humanizan nuestro cantar: “el ritmo es un constructo mental, que tiene relación con las propiedades físicas de lo que se oye, pero no es idéntico a el...

“Las palabras son animales salvajes”, escribe Rodríguez Marcos[i], nacen, crecen y respiran su propia vida, bien lo saben los escritores, a quienes no les basta con invocarlas. Ellas llegan desde muy lejos, casi siempre libres, del territorio distante del silencio al que, con frecuencia, ocultan entre sus latidos: “Hay ramas/ sobre las que nunca/ se paró a cantar un pájaro/ y hombre/ que jamás se detuvieron/ a escuchar/ lo que el silencio dice/ mientras nos decimos/ palabras”[ii]. Permanecen agazapadas y se lanzan sobre el folio cuando quieren. “Las palabras heridas/ son las más peligrosas./ Las palabras heridas/ son capaces de hacer/ todavía mucho daño”.[iii] Palabras heridas, abarrotadas de dolor, como los hombres, cuando se les hace decir lo que no quieren, cuando se las obliga a serse infieles, amordazadas por las malas intenciones que les tuercen las sílabas. Cuando son manchadas y atenazadas por el hombre.

Pero también son poseedoras de un vuelo alto, cuando se busca con ellas alc...

El nombre nos condiciona desde nuestra llegada al mundo. “Llevo en el nombre a la humanidad naciente, pero pertenezco a una humanidad que se extingue”, escribe Adam, el protagonista de Los desorientados de Amin Maalouf. La ubicación nominal nos sitúa en el presente como un don y lleva inscrita en ella toda la genealogía afectiva y estética de los ancestros, su pasillo genético que penetra nuestra historia y la rebosa en su recreo de luces y de sombras. “Oigo decir mi nombre (les digo) y dudo,/ aunque al final siempre me vuelvo/ y empiezo a recordar. Soy yo, pero buscándome/ lejos de aquí y en otro tiempo”.[i] El nombre también nos ata a la historia, a la nuestra y a la de los otros, aunque con frecuencia no queramos formar parte de esta línea de luz que nos engarza como cuentas de collar a nuestros semejantes. El nombre despliega la multitud de posibilidades de hacer real la variedad, y a la vez nos unifica en nuestro ser, único e irrepetible.

Antes del nombre sólo existía la unidad, la...

El asombro tiene su asiento en una manera agradecida de mirar. Se podrían igualar la escritura y la mirada, ya que nacemos con ambos dones en estado puro. “Mi profesor de Literatura me dijo que aprender a escribir es como aprender a mirar, como conseguir ver las cosas necesarias para encontrar un sentido”[i], escribe Luis García Montero. La palabra, como la luz sobre las cosas, se impone en nuestra vida. Vemos al nombrar. Más aún, vemos porque nombramos. Sin los nombres, el mundo de las cosas permanecería indiferenciado. Dónde acabaría entonces el árbol y empezaría el cielo, si ambos colores son modos de disciplinar la retina, que sin las palabras no podría distinguir las frecuencias… Porque, al fin y al cabo, los colores y las formas no son más que frecuencias, ondas confusas en el espacio, a las que solo nuestros órganos estructurados para interpretar la realidad pueden dar sentido.

No puedo evitar preguntarme cómo encajan tan bien las formas y los instrumentos de sentido que tenemos....

La luz llueve intensamente sobre la vida a cada instante. Hace temblar álamos y chopos bajo el espejo roto de su providencia. La construcción del mundo en cada amanecer es una tarea de orfebres y de pájaros. Y los poemas le dan cobijo en su sembrado porque no podrían hablar de nada sin rendirle antes la pleitesía que se les concede a los emperadores. Porque ante ella no pueden sino quedarse mudos por el asombro: “Si pudiera nombrarse/ eso que hace la luz/ con sus objetos, cómo/ nos los pone en la mesa,/ para que nadie diga/ que no quedó conforme.”[i] Pero no lo hacen para nombrarla como limosna, sino como una forma de obediencia ciega y entusiasmada, aunque no lleguen a rozar siquiera su milagro

“Reina una luz unánime que iguala/ a todo ser, al darle a cada uno/ su cantidad exacta de presencia”[ii], escribe sometido al amanecer y su apertura cotidiana de las sombras, Antonio Cabrera. La luz que él describe entrega a cada ser la total legitimidad de su existencia, al concederle la forma.

...

Madre es ovillo, es agua, es canto, claridad, aurora, niño y pájaro. Madre es memoria. Y el camino de vuelta hacia ella se inicia con una chispa de cualquier producto incandescente sobre cualquier materia espejeante. Puede ser simplemente un reflejo de algo luminoso y nómada que se sucede sobre el agua. Y entonces, como en vuelo incendiado de ballesta, se produce el viaje veloz hacia la infancia. Allí está ella, con aquella forma de mirar que no ha podido repetirse nunca, porque después las horas van acumulando su arena de cansancio sobre los días y sobre la acuosidad translúcida de sus ojos. Pero entonces todo era chispa ardiente: “En el arroyo se reflejan nubes,/ efímeras/ siluetas de oro y cadmio./ Oyes la voz azucarada y frágil/ de tu madre/ deshilvanando el tiempo./ Se acerca alguien. Rompes la cortina/ del corazón./ Crece en la distancia/ un trino sucio de melancolía;/ hay avispas/ fecundándote la sangre.”[i]

Tan solo unas nubes arañando el cristal del arroyo, y todo se trastoca h...

Lo he contado alguna vez. Cuando niña mis padres nos hacían memorizar libros a los cinco hijos ofreciéndonos premios. Así aprendí, hasta hoy, La vida es sueño, de Calderón. La cárcel en que Segismundo estuvo bien podría ser reflejo de nuestra cuarentena. En ella Segismundo monologa; también yo, de algún modo, lo hago en este diario. De ella, como de la cuarentena, así como del peor de los sueños, se sale. Tarde o temprano llega el amanecer.

No ha habido un soñador mayor que Don Quijote, pues no llegó a despertar sino para morir, que es como hacerlo para volver a dormirse y seguir soñando. Sin embargo, el sueño de Don Quijote, al igual que el de Segismundo y el de tantos otros, les sitúan –como al sufrido condenado por esta cuarentena– frente a la realidad que habitan, permitiéndole aceptarla o resistirse a ella.

Un día podremos parafrasear a la inversa a Monterroso y decir que, al despertar, la cuarentena ya no estaba allí. Ocurrirá. Aunque… esperemos que no nos suceda como a S...

Como a nadie, a mí tampoco me gustan las despedidas, por eso, lo diré hoy: mañana será el día cuarenta y finalizará este ejercicio de esperanza poética que he titulado Diario de una cuarentena. Dicho hoy este leve adiós, irreal, pues seguiremos hablándonos y escribiéndonos y escuchándonos, el último día podremos dedicarnos, como siempre, a escribir y leer, sin más, este diario. De este modo mañana jueves 23 de abril no acaba, sino que comienza el verdadero y real ejercicio de resistencia quijotesca contra este encierro kafkiano y, en ocasiones, borgiano por lo que tiene de tentación a evadirnos de él de cualquier modo válido, en especial con la literatura.

“Yo creí, durante años, –escribe Borges– haberme criado en un suburbio de Buenos Aires, un suburbio de calles aventuradas y de ocasos visibles. Lo cierto es que me crie en un jardín, detrás de una verja con lanzas, y en una biblioteca de ilimitados libros ingleses. […] quienes poblaron mis mañanas y dieron agradable horror a mis...

Ayer me preguntaron, al final de una charla junto a los alumnos y compañeros de mi querida Universidad Pontificia, cuáles eran mis nuevas lecturas en estos días y, de pronto, me di cuenta de hasta qué punto no estoy leyendo nada nuevo durante esta cuarentena. Es más, reflexionando para contestar a la pregunta, fui consciente de que este diario lo es de relecturas salvo cuando se enfrenta a la realidad. 

Solo más tarde ya, llegué a ser del todo consciente de que no solo no he sido capaz de leer nada nuevo estos días, sino de que me veo necesitada como nunca de acudir a lo conocido, a las palabras auténticas y que ya tengo contrastadas desde tiempo atrás, como ocurre con los buenos amigos. Por eso, probablemente en estos días han aparecido muchos de mis escritores de cabecera. No son todos los que están, pero sí que todos los que están lo son.

Todos deseamos si tenemos que pasar una cuarentena, hacerlo con nuestros seres queridos, ya sean familiares o amigos. También yo he buscado estos dí...

He de confesar que cuando escucho hablar a los gobernantes y a los grandes líderes políticos, pierdo la esperanza de que vaya a cambiar algo tras este paréntesis de varias semanas –meses quizás– que vamos a pasar en situación de cuarentena. Hay quienes ya se están preocupando más por la economía que por la salud, lo que, a mi entender, implica que estos la salud, al menos la mental, hace tiempo que la perdieron. Por otra parte, el paisaje que empieza a entreverse anticipa una situación económica alarmante. Cuando esto se dé, mucho me temo que la solidaridad internacional va a ser más escasa que la nieve en la playa.

Esta va a ser una de las consecuencias de la cuarentena. Como escritora, soy consciente de la importancia del uso de las palabras en este momento, Nunca podré dejar de estar segura de que siempre hay algo que podemos hacer, aunque sea a pequeña escala. La comunicación puede servir para esto, para tender puentes cuando el espacio es demasiado grande para abordarlo de un...

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  EL DESCANSO DE LA HERIDA

(Poética)

La Palabra como un ciervo de agua,

como un pecho blanco en que anidar

el cansancio infinito de las alas.

Porque en sus aves no tiene nombre la tristeza.