La palabra también implica un proceso físico. Devoramos las palabras con la carnalidad un pensamiento que exige nutrientes emocionales o narrativos para sobrevivir. 

“Escribe la historia de tu cuerpo” animaba Thoreau, y esa recomendación alienta también a los escritores, como bien lo muestra Gioconda Belli en esa obra, cuyo sugestivo título “El país bajo mi piel”, ya anticipa esa carnalidad física de la escritura, su descubrimiento en la protagonista cuando el origen del tesoro que se incrusta en la realidad como una gema en el anillo de los días. 

“yo me ponía mi piel de esposa y madre, jugaba con Maryam en el patio y el verdor de la grama me provocaba frases, versos saltaban en mi cerebro como palomitas de maíz friéndose en el aceite caliente de mi vida secreta. Se me ocurría que golpeaban a mi puerta palabras que querían ser escritas pero no hacía el gesto de levantarme, tomar papel. Apenas lo hiciera se disolvería el encanto, la emoción se trocaría en artificio. Mejor quedarme inmóvi...

El mundo no existe antes de ser nombrado. Su mera denominación genera su existencia. 

Antes, el caos, la indefinición de los perfiles luchando por salirse de sus bordes, por delimitar su existencia con palabras. 

Las palabras adiestran a las cosas para que sean lo que son. Los sonidos domesticados dicen mucho más de lo que dicen, se multiplican, generan nuevas realidades y enfocan las existentes bajo una mirada diferente. 

El léxico hace ser al objeto, como un fogonazo en la noche permite ver entre las sombras: 

“Sobre la nieve escucho/ un crepitar de pasos./ El frío,/ las palabras/ que de pronto se iluminan./ Y en el filo del instante/ veo el blanco deslumbramiento/ donde comienza a arder el mundo.” [i]

Así se escribe el mundo en el poema.

El instante puede ser cortado. Y en él la palabra adiestra a los sentidos para nombrar, para estirar con sus sílabas el tiempo de la mera impresión. 

Pero primero, siempre primero, está la mirada. Sin el contemplar lo que se ha dejado de ver por frecuente...

Conversamos con todo lo que la vida nos ha regalado para poder dialogar con ella y sus espacios. El cuerpo es el cauce de ese diálogo abarcador e inmenso, y las palabras se ponen en este sentido al servicio de todo lo vivo. 

Conversamos en el poema también con los otros y con lo otro, y el contenido de nuestro conversar dice lo que somos: 

“el cultivo de un árbol se muestra en el fruto, la mentalidad de un hombre en sus palabras”[i]. 

La diferencia siempre es necesaria para una forma de intercambio acostumbrada, pero la identificación o, en su extremo, la identidad, también permite el diálogo de la voz consigo misma. En el hombre que ha viajado a su centro y este es el diálogo más fecundo.

La conversación necesita siempre de la escucha temprana para poder dar respuestas lúcidas, es decir, iluminadas. Todo lo demás es vano. Solo así podremos conversar con toda nuestra vida y con todo el cosmos. 

El mundo entero lanza sus señales, sus cantatas de pequeños gestos cotidianos, que nos muestra en...

El canto da sentido a todo lo vivido. 

Le pone bridas al destello para que pueda hacerse carne de melodías y palabras. 

No tiene su origen en los labios, sino que estos son sus profetas más atentos, los que le silabean en la cúpula del día sus fulgores: 

“Entonces él canta. Entonces encuentra en su canto más que una luz y más que un mundo: encuentra su verdadera casa, su verdadera naturaleza y su verdadero lugar.”[i]

El canto es anterior a la palabra, y consecuencia de una mirada iluminada y su posterior asombro, el testigo de que, escondidas bajo su sombra, todas las cosas pequeñas poseen un costal de luminosidad que indica a los hombres el sentido de todo: 

“Canta el mundo/ restituido a los hombres, los aromas/ del lado más remoto de mi tiempo,/ el brillo de las cosas diminutas/ y los ojos que saben descubrirlas.”[ii]

De hecho, el canto es su profeta necesario. Su flecha más certera. El resultado más claro del reconocimiento del milagro: 

“alabar es poner en la luz”[iii]

El canto se impone s...

Las bienaventuranzas son la manifestación más clara del poder realizativo del lenguaje. 

El derrame de todas las bendiciones que lleva aparejadas la luz sobre lo más pequeño y frágil, siempre a punto de romperse en su aquietamiento: 

“Los bienaventurados que son seres de silencio, envueltos, retraídos de la palabra. Salvados de la palabra camino van de la palabra única, recibida y dada, sida, camino de ser palabra sola ellos.”[i]

Las bienaventuranzas se hacen realidad al ser pronunciadas, especialmente en el poema, porque su fuerza no procede de ellas mismas, sino de quien enuncia. Es un orden inverso de quien nada puede perder porque nada espera[ii]. 

Es la fuerza del corazón quien las dirige y se las regala al hombre. Luego, éste las puede repetirlas haciéndolas carne en la carne de su vida, y volverse, así, también poeta o abismo blanco[iii]. 

Detrás de cada una de ellas hay una lámpara en cuyo fulgor se moja la pluma de los deseos sin nombre: 

“Que la luz de una lámpara se encienda, aunq...

No se puede nombrar sin haber dado cobijo antes de iniciarse la palabra al asombro, ese don que abre las compuertas del decir verdadero: 

“La admiración es la puerta del amor, es ya el amor mismo”[i].

La palabra entonces es una forma de piedad amorosa y de ternura, un abrazo que acoge en su seno todo lo que puede ser mirado en soledad. 

“Cuando comprendemos que el asombro es la raíz del lenguaje, que la opción de estar solos ha de tener también su dignidad.”[ii]

El asombro conduce siempre al silencio, es el silencio su tentación. ¿Cómo podría nombrarse el cortejo de lo bello, el enlace de la impresión de lo mirado sin traicionar en el nombre la emoción pura? 

“Pero no puedes llegar con tu silencio a recoger lo que tus ojos rozan.”[iii]

A la vez, la mirada interior sobrepasa al mundo, excava en este hasta llegar al núcleo último de la realidad, a la que los sentidos solo alcanzan levemente, pues no consiguen desbrozar de su canto lo accesorio. 

“En mis entrañas hay una noche/ que la noche no e...

El amor atraviesa horizontal la historia humana, abrasándolo todo como un venablo incendiado. 

Y allí están ellos, el granizo de la luz sobre la tierra, su lluvia esperanzada, su voz hecha de barro, los poetas, los escogidos, los elocuentes, que sienten sus lenguas abrasadas con tizones, inspirados en una desazón enferma de vocablos, ante la que no se puede volver el rostro. 

El amor adquiere a lo largo de los siglos, en la voz de los poetas, todas las tonalidades de lo imposible. 

El poema derrama su fertilidad sobre la tierra. Eugenio de Andrade habla del amor como se habla de un nido frágil, como de un cristal de oblea a punto siempre de quebrarse, y para ello emplea la metáfora clásica del ave como símbolo del alma, el gesto más aéreo de lo sagrado: 

“El amor es un ave temblando/en las manos de un niño.[1]

Alma o ave, pequeña, contenida en las pequeñas manos de lo más pequeño, de un niño que se acerca con pasos susurrantes al ámbito de lo más puro, sin saber que lo sagrado apenas puede...

Padre es roca, es tronco, es sal, es tarde, es lluvia y viento. 

Es nube y caricia. 

Ternura, relato e infancia… Silencio y llanto. 

Memoria.

“Al escuchar tu voz nocturna, padre, […] yo descendí del más hondo silencio/ y me hice llanto.”[1]

La memoria fecunda en su nombre la genealogía del destello y del canto. Entonces brota como hierba fresca la presencia, y en sus algas se reconstruye el mejor pasado. 

El tiempo siempre selecciona, de entre todo lo que fue, aquello que nos hizo más felices. Pero los años lo vuelven hondonada a la que hay que descender, como Orfeo, para poder viajar a rescatar su canto. 

Padre, o mejor papá, cuyo nombre enciende la saliva al pronunciarse, y cuya repetición invita al llanto cuando llega la herida. 

Papá que siempre fue roca y altozano y castro tierno, y que ahora sólo pide ayuda para entrar en el reino de la lumbre. 

Papá cuya herida produce un desconsuelo inenarrable. 

Papá que está atado a la vida en cada hijo, en aquellos que escucharon diariamente en la ete...

Dos partes con título tan sugestivo como “Vulcano” y “Después del incendio” recogen los quince hermosos poemas de que consta la edición de Arder o quemar, poemario escrito por Carlos Asensio y publicado por Maclein y Parker. No es frecuente mostrar un poemario tan redondo y coherente, tan seguido, tan conseguido en definitiva. No poemas sueltos, ni siquiera acerca de un mismo tema o sentimiento. No, Arder o quemar podría decirse que es un único poema separado tan solo por la respiración entrecortada de los cuerpos que lo inspiraron.

Mas no son las caricias de Venus o Afrodita las que caprichosamente encauzan la pasión aquí descrita sino los golpes tormentosos y embravecidos de Vulcano. Porque estos versos de Carlos Asensio logran tornar novedosa la imagen elegida por el trato que el autor otorga a esta, tanto por el escenario mitológico (tan operístico en la primera parte) como por el ritmo del poemario (aun cuando el autor abandona el verso para deslizarse onduladamente por una prosa l...

Resucitar de Christian Bobin es un canto agradecido a la vida. Escrito tras la muerte de su padre, en él Christian Bobin relata, recrea, y disfruta de las lecciones aprendidas a través del dolor de alguien cercano. Como todos sus libros está lleno de la conciencia de lo perecedero, pero esa conciencia lúcida no aparece cargada de una melancolía previsible, sino de una percepción de lo verdadero. Lo que no parece importante nos salva, lo que no nos pertenece nos nombra: “Contemplar sin tocar, e incluso sin comprender: los gorriones, lo mismo que los muertos, nos invitan a ello con sus cantos”, escribe.

Bobin tiene el don de los poetas, de hecho, su prosa está hecha de fragmentos profundamente líricos. Pero más allá de que escoja palabras tocadas por la música, tiene sobre todo la mirada de aquellos que han sido abrasados por el dardo de la verdad, la belleza y el bien, y necesitan clavarlo en quienes leen sus textos. En ellos vuelca esa revelación demencial – y revolucionaria- de que en...

Después es el último poemario de la escritora argentina Nurit Kasztelan, publicado por Ediciones Liliputienses. En él se comienza narrando la quebradura y la herida (“Una rama de mi familia está rota”), como quien relata una historia desde lejos, o como si se contemplara una foto lejana entre las páginas de una revista. Sorprende el cuidado en la distancia emocional -impostada, se descubre después- del sujeto lírico ante tanto daño.

Avanza el texto acumulando fracturas (“La otra está oxidada”) hasta llegar a la médula del dolor: “La dureza de una madre a medias/ una familia a medias y yo/ qué.” Impresiona, entonces, el verso final constituido por una sola palabra, como el nudo de una cuerda bajo el que colgara el cuerpo. Y es en ese verso, en esa palabra, en ese nudo, donde se agolpa todo el dolor sometido antes.

Esta es la técnica prodigiosa que se utiliza en todo el libro, para cuya dosificación hay que estar especialmente dotada. Narración y aparente desafecto, casi como un informe. P...

La poesía como fuego interior, esa es la metáfora inicial del poemario Secreta Luz de la filóloga, escritora, crítica y traductora sevillana Victoria León, publicado por Vandalia. Es el pórtico por el que se entra al poemario. “La metáfora exige incandescencia”, escribe la autora. Después está la vida y también el amor, ambos como tormenta, como agua, como sombra, como cárcel, como fuego, como luz, símbolos todos ellos de una profunda clasicidad, muy bien manejados y que hablan de la intensa formación de su autora y de su dominio lírico. Todo ello expresado en un lenguaje limpio, lleno de paradojas y de juegos anafóricos que dicen la obsesión y la contradicción afectiva ante lo nombrado.

"Rastro del fuego", el primer poema, es una verdadera poética que define desde el inicio lo que es esta Secreta luz. Una obra repleta de temas recurrentes y muy concretos: el fuego y las llamas, que abre el poemario y resurge reiteradamente con variables como el infierno; la vida con sus idas y venidas,...

Ninguna voz procede del vacío. Todas las palabras pasadas, presentes y futuras interfieren entre sí. Somos lo que hemos escuchado, hablamos las palabras de la tribu, nombramos con los nombres que nos legaron nuestros antepasados. Pero ningún tiempo lo ha hecho tanto como el nuestro. El Presente padece logorrea, y la traslada a través de sus canales predilectos, definidores por antonomasia de su propio mundo: los medios de comunicación, aunque hoy ya todo es medio y este se ha confundido con el mensaje, como predijera McLuhan

En el poema ocurre igual que en cualquier otro territorio. Los poemas se enredan como cerezas a otros anteriores. Ningún poeta escribe sobre el aire, sino que construye un edificio de versos que se asientan en estructuras previas, en armazones de temas y de ideas repetidos en cauces y formas nuevas, que hablan entre ellos. Y el diálogo es la base de todo texto, oral o escrito. Por eso hacer conversar el poema con textos procedentes de ámbitos distintos al suyo res...

La semana pasada comentaba la calidad de los últimos premios -ex aequo- de poesía Hiperión. Entonces me ocupé de Autobús de Fermoselle de Maribel Andrés Llamero. Ahora le toca el turno a Los días hábiles de Carlos Catena Cózar, joven poeta jienense, cuya poesía es de una madurez y calidad sorprendentes.

Los días hábiles presentan desde el principio la imagen de la casa, que en algún momento tiene destellos -aunque menos nostálgicos y más desencantados- de la otra encendida de Luis Rosales, como símbolo de la vida: “Intento construir una casa donde quepa mi abuela/ mantengo el orden según sus enseñanzas”. También el de la vida como espacio de homenaje al hogar donde uno nació, a la abuela y a los padres en su lejana presencia. Esa insistencia del sujeto lírico en evocar a su abuela parece señalar un intento de aferrarse a las raíces, a la tradición que socavan las reuniones laborales y los diferentes usos horarios en que se mece esta generación globalizada.

La familia se cruza en el poema...

En los dos puede percibirse cierto desencanto y el rechazo implícito (o explícito) del tiempo y del mundo que les ha tocado vivir, aunque con actitudes diferentes. Los dos han compartido, merecidamente, premio, el XXXIV Premio de poesía Hiperión, otorgado a poetas menores de 35 años. Y en ambos se percibe una profunda formación. Los dos son libros maravillosos, de obligada lectura. Son: Autobús de Fermoselle de Maribel Andrés Llamero, y Los días hábiles de Carlos Catena Cózar.

Autobús de Fermoselle de la salmantina Maribel Andrés Llamero, que toma su título de un poema de Agustín García Calvo, es un poemario con una gran unidad temática y emocional. Está cruzado por una melancolía temblorosa que se incrusta suave en el presente, vinculándolo a los lejanos días de la infancia. En él se percibe un deseo de transmitir la claridad de la mejor Castilla, a pesar de estar teñida por esa leve tristeza ya nombrada, a causa de lo que se percibe fugaz y a punto de desaparecer.

“Esto es Castilla”, c...

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MIS POEMAS

  EL DESCANSO DE LA HERIDA

(Poética)

La Palabra como un ciervo de agua,

como un pecho blanco en que anidar

el cansancio infinito de las alas.

Porque en sus aves no tiene nombre la tristeza.