El nombre nos condiciona desde nuestra llegada al mundo. “Llevo en el nombre a la humanidad naciente, pero pertenezco a una humanidad que se extingue”, escribe Adam, el protagonista de Los desorientados de Amin Maalouf. La ubicación nominal nos sitúa en el presente como un don y lleva inscrita en ella toda la genealogía afectiva y estética de los ancestros, su pasillo genético que penetra nuestra historia y la rebosa en su recreo de luces y de sombras. “Oigo decir mi nombre (les digo) y dudo,/ aunque al final siempre me vuelvo/ y empiezo a recordar. Soy yo, pero buscándome/ lejos de aquí y en otro tiempo”.[i] El nombre también nos ata a la historia, a la nuestra y a la de los otros, aunque con frecuencia no queramos formar parte de esta línea de luz que nos engarza como cuentas de collar a nuestros semejantes. El nombre despliega la multitud de posibilidades de hacer real la variedad, y a la vez nos unifica en nuestro ser, único e irrepetible.

Antes del nombre sólo existía la unidad, la...

El asombro tiene su asiento en una manera agradecida de mirar. Se podrían igualar la escritura y la mirada, ya que nacemos con ambos dones en estado puro. “Mi profesor de Literatura me dijo que aprender a escribir es como aprender a mirar, como conseguir ver las cosas necesarias para encontrar un sentido”[i], escribe Luis García Montero. La palabra, como la luz sobre las cosas, se impone en nuestra vida. Vemos al nombrar. Más aún, vemos porque nombramos. Sin los nombres, el mundo de las cosas permanecería indiferenciado. Dónde acabaría entonces el árbol y empezaría el cielo, si ambos colores son modos de disciplinar la retina, que sin las palabras no podría distinguir las frecuencias… Porque, al fin y al cabo, los colores y las formas no son más que frecuencias, ondas confusas en el espacio, a las que solo nuestros órganos estructurados para interpretar la realidad pueden dar sentido.

No puedo evitar preguntarme cómo encajan tan bien las formas y los instrumentos de sentido que tenemos....

La luz llueve intensamente sobre la vida a cada instante. Hace temblar álamos y chopos bajo el espejo roto de su providencia. La construcción del mundo en cada amanecer es una tarea de orfebres y de pájaros. Y los poemas le dan cobijo en su sembrado porque no podrían hablar de nada sin rendirle antes la pleitesía que se les concede a los emperadores. Porque ante ella no pueden sino quedarse mudos por el asombro: “Si pudiera nombrarse/ eso que hace la luz/ con sus objetos, cómo/ nos los pone en la mesa,/ para que nadie diga/ que no quedó conforme.”[i] Pero no lo hacen para nombrarla como limosna, sino como una forma de obediencia ciega y entusiasmada, aunque no lleguen a rozar siquiera su milagro

“Reina una luz unánime que iguala/ a todo ser, al darle a cada uno/ su cantidad exacta de presencia”[ii], escribe sometido al amanecer y su apertura cotidiana de las sombras, Antonio Cabrera. La luz que él describe entrega a cada ser la total legitimidad de su existencia, al concederle la forma.

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Madre es ovillo, es agua, es canto, claridad, aurora, niño y pájaro. Madre es memoria. Y el camino de vuelta hacia ella se inicia con una chispa de cualquier producto incandescente sobre cualquier materia espejeante. Puede ser simplemente un reflejo de algo luminoso y nómada que se sucede sobre el agua. Y entonces, como en vuelo incendiado de ballesta, se produce el viaje veloz hacia la infancia. Allí está ella, con aquella forma de mirar que no ha podido repetirse nunca, porque después las horas van acumulando su arena de cansancio sobre los días y sobre la acuosidad translúcida de sus ojos. Pero entonces todo era chispa ardiente: “En el arroyo se reflejan nubes,/ efímeras/ siluetas de oro y cadmio./ Oyes la voz azucarada y frágil/ de tu madre/ deshilvanando el tiempo./ Se acerca alguien. Rompes la cortina/ del corazón./ Crece en la distancia/ un trino sucio de melancolía;/ hay avispas/ fecundándote la sangre.”[i]

Tan solo unas nubes arañando el cristal del arroyo, y todo se trastoca h...

Lo he contado alguna vez. Cuando niña mis padres nos hacían memorizar libros a los cinco hijos ofreciéndonos premios. Así aprendí, hasta hoy, La vida es sueño, de Calderón. La cárcel en que Segismundo estuvo bien podría ser reflejo de nuestra cuarentena. En ella Segismundo monologa; también yo, de algún modo, lo hago en este diario. De ella, como de la cuarentena, así como del peor de los sueños, se sale. Tarde o temprano llega el amanecer.

No ha habido un soñador mayor que Don Quijote, pues no llegó a despertar sino para morir, que es como hacerlo para volver a dormirse y seguir soñando. Sin embargo, el sueño de Don Quijote, al igual que el de Segismundo y el de tantos otros, les sitúan –como al sufrido condenado por esta cuarentena– frente a la realidad que habitan, permitiéndole aceptarla o resistirse a ella.

Un día podremos parafrasear a la inversa a Monterroso y decir que, al despertar, la cuarentena ya no estaba allí. Ocurrirá. Aunque… esperemos que no nos suceda como a S...

Como a nadie, a mí tampoco me gustan las despedidas, por eso, lo diré hoy: mañana será el día cuarenta y finalizará este ejercicio de esperanza poética que he titulado Diario de una cuarentena. Dicho hoy este leve adiós, irreal, pues seguiremos hablándonos y escribiéndonos y escuchándonos, el último día podremos dedicarnos, como siempre, a escribir y leer, sin más, este diario. De este modo mañana jueves 23 de abril no acaba, sino que comienza el verdadero y real ejercicio de resistencia quijotesca contra este encierro kafkiano y, en ocasiones, borgiano por lo que tiene de tentación a evadirnos de él de cualquier modo válido, en especial con la literatura.

“Yo creí, durante años, –escribe Borges– haberme criado en un suburbio de Buenos Aires, un suburbio de calles aventuradas y de ocasos visibles. Lo cierto es que me crie en un jardín, detrás de una verja con lanzas, y en una biblioteca de ilimitados libros ingleses. […] quienes poblaron mis mañanas y dieron agradable horror a mis...

Ayer me preguntaron, al final de una charla junto a los alumnos y compañeros de mi querida Universidad Pontificia, cuáles eran mis nuevas lecturas en estos días y, de pronto, me di cuenta de hasta qué punto no estoy leyendo nada nuevo durante esta cuarentena. Es más, reflexionando para contestar a la pregunta, fui consciente de que este diario lo es de relecturas salvo cuando se enfrenta a la realidad. 

Solo más tarde ya, llegué a ser del todo consciente de que no solo no he sido capaz de leer nada nuevo estos días, sino de que me veo necesitada como nunca de acudir a lo conocido, a las palabras auténticas y que ya tengo contrastadas desde tiempo atrás, como ocurre con los buenos amigos. Por eso, probablemente en estos días han aparecido muchos de mis escritores de cabecera. No son todos los que están, pero sí que todos los que están lo son.

Todos deseamos si tenemos que pasar una cuarentena, hacerlo con nuestros seres queridos, ya sean familiares o amigos. También yo he buscado estos dí...

He de confesar que cuando escucho hablar a los gobernantes y a los grandes líderes políticos, pierdo la esperanza de que vaya a cambiar algo tras este paréntesis de varias semanas –meses quizás– que vamos a pasar en situación de cuarentena. Hay quienes ya se están preocupando más por la economía que por la salud, lo que, a mi entender, implica que estos la salud, al menos la mental, hace tiempo que la perdieron. Por otra parte, el paisaje que empieza a entreverse anticipa una situación económica alarmante. Cuando esto se dé, mucho me temo que la solidaridad internacional va a ser más escasa que la nieve en la playa.

Esta va a ser una de las consecuencias de la cuarentena. Como escritora, soy consciente de la importancia del uso de las palabras en este momento, Nunca podré dejar de estar segura de que siempre hay algo que podemos hacer, aunque sea a pequeña escala. La comunicación puede servir para esto, para tender puentes cuando el espacio es demasiado grande para abordarlo de un...

Se llama Ana Cristina Herreros y, además de escritora y editora, es especialista en los cuentos y la tradición oral africana. Sin embargo, yo la traigo hoy a este diario por una entrevista que le hace Javier Sánchez Salcedo en el número de este mes de abril de la revista Mundo Negro. Me llamó esta frase que abría la entrevista: “Todos los cuentos hablan de los cuidados”. En un momento como el que vivimos, no podía pasar desapercibido lo acertado del titular de la entrevista.

Tuve de leer las tres páginas de entrevista hasta llegar al desarrollo de las palabras que habían sido condensadas en el inicio. Ante la pregunta del entrevistador de si los cuentos africanos son diferentes a los nuestros, la autora responde lo siguiente: “Son idénticos a los que contamos en todas partes. Todos hablan de lo importante que es el cuidado, el apoyo del clan, del pueblo, el apoyo familiar, de que estar juntos es la manera de sobrevivir”. Es tan simple y tan sencillo que no entiendo cómo lo hem...

He hablado en este diario de los seres queridos y de las mascotas, pero aún no he hablado directamente de quien creo que es más importante: uno mismo. Pienso que nuestro rechazo a la cuarentena se debe, en gran medida, a que nos encierra y nos obliga a estar a solas con nosotros mismos, o con quienes vivimos habitualmente, que es otro modo de estar con nosotros mismos. Si por algo se caracteriza la sociedad actual, la anterior a la cuarentena -esperemos-, es por su falta de paciencia, de sosiego, de serenidad. La espera y la paciencia, creo haberlo señalado ya, me parecen más propias de los gatos que me rodean, que de nuestra especie.

De igual manera, tememos el aislamiento porque, a pesar de que pueda ser lo que nos salva, nos impide salir corriendo. Es la razón frente al instinto; la cultura y la civilización frente al miedo depositado estratigráficamente en nuestro ADN, generación tras generación, durante aquellos cientos de miles de años en los que la especie solo vagaba a tientas e...

Hablaba ayer con un familiar que me decía lo mal que lleva el confinamiento porque requiere estar luchando en todo momento contra la desidia y la tendencia a dejarse estar. Yo también, lo reconozco, algunas mañanas, pese a haber descansado, encuentro mi energía descolocada, y como tirada por el suelo al amanecer. Me hallo de nuevo, apenas levantada, en este teatrillo al que nos relega la cuarentena y me siento reptar por las horas entre unas tareas y otras. 

A veces pareciera que quien escribe convoca luego aquello de lo que habla. Solo hace unos días que este diario mostraba algunas de mis reflexiones haciendo uso de conceptos como la paciencia y la espera. Ayer, leyendo un bellísimo libro, para quien guste de la jardinería, del filósofo Byung-Chul Han, Loa a la tierra. Un viaje al jardín, doy con esta frase en la que me reconozco: “Durante mi trabajo en el jardín me he enriquecido de tiempo. El jardín para el que se trabaja devuelve mucho. Me da ser y tiempo. La espera incierta, la pa...

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  EL DESCANSO DE LA HERIDA

(Poética)

La Palabra como un ciervo de agua,

como un pecho blanco en que anidar

el cansancio infinito de las alas.

Porque en sus aves no tiene nombre la tristeza.