Los grandes autores siempre ofrecen una lectura actual de sus palabras y, aunque no siempre uno esté de acuerdo, nunca te dejan indiferente. Es el caso del novelista italiano Cesare Pavese y su diario publicado bajo el título El oficio de vivir. Es una relectura siempre agradabilísima pero especialmente sabrosa estas tardes de cuarentena primaveral. Varias son las anotaciones suyas que darían para debatir en el marco de esta cuarentena.

Por ejemplo, el tema del sufrimiento y la muerte, que se hallan muy presentes en su diario e incluso en su propia vida. De hecho hay párrafos difíciles de leer, y con muchos de ellos no estoy de acuerdo. Pavese no debió de tener una vida fácil; fue un hombre al que, me atrevería a decir, solo los libros le otorgaron estabilidad en su andadura vital y, desde esta perspectiva, a pocas obras como a El oficio de vivir se puede uno referir con es verso de la poeta extremeña Ada Salas que dice: “hay libros que se escriben sobre la carne misma”....

No sé si debido al aparente parón de las cifras, o al hecho de que la Semana Santa se ha posado en mi cuarentena, “espiritualizando” de alguna manera mis hábitos, lo cierto es que estos días estoy de acuerdo con Jesús Montielcuando dice que le parecen “más interesantes que los telediarios los gatos”. Tal vez esta relajación nos permita a todos, quedándonos en nuestras casas, disfrutar en la medida de lo posible de una Semana Santa en la que yo no paro de hallar ecos de la cuarentena.

Santiago Guijarro, teólogo y profesor de la UPSA, nos recuerda en un escrito enviado a la comunidad universitaria (“La Pasión de Jesús desde el trauma”), la cercanía de la Pasión con lo que muchas familias están viviendo en directo, al evocar “tras la muerte en soledad, el silencio de la sepultura; al haber sido enterrado Jesús casi a escondidas, como muchos de los muertos de esta pandemia”. También ha señalado algunas coincidencias el misionero brasileño Luis Modino al señalar que “Los mismos que aplaudier...

Leí hace algunos años una frase que, últimamente, siento especialmente mía: “mi fe crece con los años, como el follaje de una silenciosa primavera”. Probablemente porque esta primavera avanza no solo con sigilo sino, sobre todo, con la esperanza en un mundo mejor por bandera, resulta inevitable para mí, como creyente, no afrontar las lecturas que realizo a la luz iluminadora de esta cuarentena. Un domingo como este, hace aproximadamente dos mil años, se produjo una manifestación en Jerusalén que dio lugar a un acontecimiento histórico, de gran trascendencia social y religiosa en todo el mundo. 

También para los no creyentes esta primavera puede incrementar la esperanza en un mundo mejor, surgido de la semilla arisca de estas semanas duras, pero verdaderamente examinadoras de nuestras capacidades amorosas, solidarias o como cada uno prefiera denominarlas. El nacimiento del Cristianismo se caracterizó por un espíritu de fraternidad semejante al que parece brotar estos días entre vecinos y...

Parece que este diario de la cuarentena vuelve a nutrirse de reflexiones más surgidas de buenas lecturas que de malas experiencias. En cualquier caso, es sorprendente cómo surgen las ideas cuando uno escribe. Una de las escasas actividades en las que coincidimos todos en estos días –quizás no sea lo único pues nos sentimos muy cercanos unos a otros en esta cuarentena– es en la del aplauso a los profesionales de la sanidad en nuestro país. Nosotros les aplaudimos, y resulta paradójico cómo ellos, que con sus manos nos curan, hallan asimismo el reposo (mental al menos) que su trabajo requiere en el aplauso que les damos, también con nuestras manos, cada día a las ocho de la tarde. 

Llego a esta reflexión leyendo Elogio de las manos en Grecia y primeros pensadores cristianos, la lección inaugural del curso académico hace 30 años en la Universidad Pontificia de Salamanca. Su autor fue Alfonso Ortega Carmona, maestro querido de Fructuoso Mangas, y en ella me entero de que fue Galen...

Mientras el mundo, sin que sepamos bien cómo, está cambiando, la cuarentena nos pide equilibrios extraños. “¿Puedes amar con tu mente/ y razonar con tu corazón?”, escribió Henry D. Thoreau hace más de siglo y medio. Él, que había decidido confinarse por voluntad propia en mitad de la Naturaleza, nos legó unos bellísimos poemas que llaman la atención por el mensaje que trasladan al lector acerca del amor y la solidaridad entre los hombres y, por supuesto, hacia el entorno natural.  

Algunas noticias empiezan a prepararnos para asumir que el estado de sitio al que nos somete la cuarentena será más largo de lo que pensábamos hace unos días: “Una veintena de universidades no volverán a las clases presenciales este curso”. Poco a poco, como quien no quiere la cosa, nos empezamos a hacer al hueco en que moramos, como si una versión low cost (la globalización sigue respirando) del “síndrome de Estocolmo” se nos hubiera inoculado junto a la razón de la cuarentena. Y pienso q...

Quién sabe si la sensación de la pérdida de los maestros o sencillamente la nostalgia, me llevan a releer una de estas tardes de primavera cautiva un –viejo ya– tomo de artículos de mi añorado Juan Goytisolo en que leo lo siguiente: “Para quienes miran y ven más allá de sus narices y advierten la catástrofe que se incuba en un plazo relativamente cercano, la necesidad de un cambio de rumbo, de un “bienser” general y una vuelta a los valores ético-culturales que alentaron las precarias conquistas del ser humano es algo acuciante, tanto más acuciante cuanto más demorado”. 

El texto, escrito en septiembre de 1994, tiene ya más de un cuarto de siglo, pero sirve para enseñar a los más jóvenes, y recordar a los menos jóvenes, que hace décadas ya que los hombres y mujeres de este planeta sabemos que hay cosas que no estamos haciendo bien. La cuarentena se está encargando de que nos quede claro –tiempo hay para reflexionar entre paseo y paseo por el pasillo– que nuestro mund...

¡Quién iba a decirle al 2020 que abril abriría cerrado en sí mismo como una mañana que la niebla oculta! ¡Quién iba a decirle a este año que tan rápido ha envejecido que su mes más juvenil iba a ser incierto, oscuro y, en absoluto, brillante! Pero así son las impresiones y experiencias que emergen ante nosotros estos días: extrañas, paradójicas, realmente cercanas y distantes, a la vez. Desde que empecé este diario, apenas 20 días, tengo la sensación de que hubiera pasado toda una vida. 

He visto el sol intenso en el invierno. También nevar en primavera. He contemplado esperanzada cómo brotaban las flores en el manzano, en el joven almendro tan querido por los gatos, en el membrillo, el guindo y los ciruelos. Aún resisten las primeras flores de un peral hermoso regalado hace años por alguien que ya no está, pero que sé que me quiere y me cuida. También he asistido a cómo el viento arrancaba todos los pétalos con su furia a esas flores de los frutales. He leído cifras terribles en los pe...

Hay días en los que uno piensa que la escotilla se ha roto para siempre y nunca más volverá a cerrarse.

“¡Oh, capitán, mi capitán!” Noche y día no ha cesado de soplar el viento. Mas en esta ocasión no era Eolo que venía a jugar contigo, sino el viento huracanado que precede a la brisa suave que supo escuchar Elías. Esta vez sí que vuelves por fin a Ítaca, al castro de Yeltes, tu Troya de niño. Me ha quedado pendiente, para otro momento, que hablemos de Penélope y las doce criadas, de Margaret Atwood, enésima variación del mito que tanto te cautivó. “Interesante”, habrías dicho, como solías. ¡Parece mentira cuanto espacio tenías aún para el asombro! 

Recuerdo con especial cariño tu homilía el día de nuestra boda. Unas fechas antes, Emilio Lledó había publicado en La Vanguardia un artículo sobre el poder del símbolo. Y, como siempre compartíamos contigo lecturas y reflexiones sobre lo leído, te lo llevamos, sabiendo que te encantaba todo lo que tuviera que ver con las palabras. Recuer...

Hay un texto de Chantal Maillard que, por su lucidez y su acierto, me gusta mucho citar. En él concluye la escritora: “No nos engañemos: la comunicación es un acuerdo o, a lo sumo, la conciencia de que todos compartimos la misma oscuridad y la sospecha de que, en el naufragio, tratamos de romper la misma escotilla”. Sin duda alguna esta es la razón de ser de este diario, que intenta reflejar una, de las muchas posibles, manera de vivir la extraña/terrible situación que todos estamos atravesando.

A través de esa citada escotilla rota, percibo en este primer y hermoso domingo –pese a todo– de la primavera, que la tierra respira y se prepara, como todos los años, para su particular renacimiento. Todo me habla: las aves; una primera mariposa entre las tímidas primeras flores; una amapola nerviosa y los lirios, exuberantes ya sus hojas, ignorantes de nuestra cuarentena. Parecen querer decirme en este festival de sonidos y colores que es esta estación esperanzada: “¡la vida brota de nuevo, es...

Intentando luchar contra la apatía y el dolor que pugnan por adueñarse de mi cuarentena, corrijo pruebas de un texto escrito hace meses, con motivo del día del libro, que supongo que no celebraremos comprando (pero sí leyendo). Me reencuentro así con el bello texto El cuarto del Siroco, del poeta Álvaro Valverde. En él nos dice que, en las casas patricias sicilianas, el cuarto del Siroco era el lugar de refugio de los habitantes frente a este viento agresivo y caliente. 

Me informo de las características de este viento en Wikipedia, y me entero de su excesiva virulencia en otoño y primavera, ya que alcanza sus máximos en marzo y noviembre. No hace falta leer más para volver a sentirme nuevamente sumergida, esta vez por el asfixiante siroco, que nos envuelve y que ha hecho de todas las habitaciones de nuestros hogares “cuartos del Siroco”. Leo también que es un viento de procedencia africana, que llega procedente del Sahara. Presiento, sin embargo, que el particular siroco que nos ha enc...

Hoy tendría que estar en Plasencia y pregonar la Semana Santa 2020 desde la catedral. He estado trabajando en el pregón, como en otras muchas cosas, durante meses desde que empezó el curso. Ahora esos proyectos, como otros míos y tantos de otra mucha gente, han quedado varados en la arena como aquellos barcos fantasma del Mar de Aral que veíamos hace años o, más exacto aún, inmóviles en el agua, esperando un empuje de la marea, como el bergantín con el que Conrad inicia El corazón de las tinieblas. Ojalá que el agua de la ilusión y el trabajo los vuelva a poner a rumbo a su destino.

Uno de esos proyectos de muchísima gente es la Semana Santa. La cuarentena la ha golpeado en dos de sus aspectos, el cofrade y el turístico, pero queda una vertiente esencial de la Semana Santa que es la de la fe: esos días de recogimiento y espiritualidad en los que se evoca el final de la vida de Cristo. Por eso, hoy viernes 27 de marzo de 2020 yo quiero, si no pregonar, sí al menos recordar desde aquí la...

Quienes creen que “el siglo xx es un naufragio que no acaba” se agarrarán a que esta cuarentena, pese a ser un suceso global característico del siglo xxi ha tenido lugar un siglo después de la gripe que sacudió a la población mundial a principios del siglo pasado. El periodista Daniel Mediavilla nos informa en El País de que, en España, en 1918, “la gripe mató a 147.114 personas, en 1919 a 21.245 y en 1920 a 17.825”. España tenía entonces 20 millones de habitantes. Un siglo después, esto parece el juego de la Oca y hemos caído en la calavera: vuelta a empezar. Algo falla en nuestra especie.

Algunos analistas, como el filósofo Byung-Chul Han ya empiezan a señalar consecuencias, y no se deja llevar por el optimismo: “El virus nos aísla e individualiza. […] La solidaridad consistente en guardar distancias mutuas no es una solidaridad que permita soñar con una sociedad distinta, más pacífica, más justa. […] Confiemos en que tras el virus venga una revolución hu...

Ayer fui por vez primera a la compra durante la cuarentena. Algunas cosas me llamaron la atención y otras me preocuparon. Por ejemplo, aunque los supermercados están bien abastecidos, había productos que habían desaparecido de los estantes, y estos parecían la boca de los niños cuando empiezan a perder los dientes. En concreto los de limpieza, lo que me hace pensar que nuestro grado de higiene, ahora que no hacemos vida social, es mayor (o responde más a cierta obsesión) que cuando la hacíamos. En cualquier caso, volví a casa sin lejía. Con lo que les gusta a mis gatos que huelan a ella sus alcobas. 

Del papel higiénico no digo nada, se podría escribir la Enciclopedia Británica con lo que esta cuarentena está dando de sí con él y con sus fans. Decía María Kodama que Borges –sí, lo siento, le cité también ayer creo, pero viene a cuento– que a pesar de su ceguera siguió comprando libros toda su vida. ¿Dirá alguien dentro de 50 años que, pasada la cuarentena, su cónyuge continuó toda su vi...

Desde ayer ya sabemos que la cuarentena viene para quedarse; al menos para acercarse, propiamente, a los cuarenta días de su nombre. Para paliar su efecto nos dan una noticia buena: el clima de nuestras ciudades ha mejorado enormemente. Tengo la sensación, por lo que hablo con los conocidos y familiares, que todos empezamos ya a intentar dar con una postura lo más cómoda posible para pasar el tiempo que le quede a (o se alargue) la cuarentena.

Habrá quienes se sientan seguros a la sombra del teletrabajo y en ella hallarán cobijo, al tiempo que evitan pensar en otras cosas. Estos serán los que mejor lo lleven; aunque “de lejos”, trabajan al menos. Quienes piensan, en positivo, que esto nos va a hacer mejores, que sepan que nada que no sea ayudar a los otros irá en esa dirección cuando acabe esta primera fase. Nicolás Gómez Dávila escribió, en este sentido, que “el hombre es más capaz de actos heroicos que de gestos decentes”. 

Otros se centrarán en este cierto modo de comportarse cívicame...

Hoy tengo la conciencia de que no hay nada más perecedero que una palabra. Una palabra que se pierde entre millones de palabras entre millones de oraciones, entre millones de textos, entre millones de libros y discursos… No hay nada menos relevante que una palabra cuando uno contempla la historia plagada de mensajes que se ha llevado el viento. Sin embargo, también, con la contradicción que parece dominar en las grandes verdades, percibo que nada hay más poderoso. Desde el “yo tengo un sueño” o “yo acuso”, hasta el canto de miles de personas reunidas estos días, cada tarde, alrededor de un aplauso, de un “ánimo”, “todo pasará”, “ya queda menos”…

Hoy estoy extrañamente triste. Profundamente triste porque, en mi desconcierto, he llegado a dar gracias porque mi padre murió hace tres meses. Porque pude despedirme de él y le acaricié y pude decirle todas las palabras que tenía guardadas, atesoradas en el corazón como siemprevivas escondidas en un rincón del jardín, durante toda mi...

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  EL DESCANSO DE LA HERIDA

(Poética)

La Palabra como un ciervo de agua,

como un pecho blanco en que anidar

el cansancio infinito de las alas.

Porque en sus aves no tiene nombre la tristeza.