Nunca había mirado tanto al cielo como durante esta cuarentena. Ha escrito Karmelo Iribarren que “una sola nube basta/ para que el sol desaparezca.// Deberíamos/ tomar nota”. Lo que me sorprende de este símil aplicado a la situación actual es que ya hemos tomado nota, es decir, que los ciudadanos se están comportando de manera adecuada y, gracias a la cuarentena, podemos también comprobar cómo de sencillo–otra cosa es que exija un esfuerzo grande– es hacer que vuelva a aparecer el sol. 

Tal vez no sea un sol radiante desde el primer día, de ahí que, de cara al futuro, y dado por supuesto que la salud nos acompañe a nosotros y a nuestros seres queridos, dos son las preocupaciones de todos: por un lado, la económica; cómo nos afectará directa e indirectamente a cada uno la crisis posterior a la cuarentena. Creo que tendremos que demostrar generosidad y solidaridad, principalmente, quienes salgan menos perjudicados y hacer de “tutores” para permitir el crecimiento de los más...

No hay mejor catequista que Lucas cuando relata el encuentro de Emaús (Lc 24, 13-35). Aquel momento que, para los cristianos, tuvo la promesa de la abundancia. Cuando la cuarentena se levante y volvamos a la vida normal… ¿nos reconoceremos unos a otros?; ¿se dará un Emaús entonces y arderá nuestro corazón cuando volvamos a encontrar a los amigos? O, por el contrario, ¿volveremos a pasar de largo ante nuestros semejantes como hacíamos antes de que la cuarentena nos mostrara sus fauces? Emaús fue en realidad un reencuentro. Escribirá Juan años más tarde: “Lo acompañaron, vieron donde vivía y se quedaron aquel día con él, serían las cuatro de la tarde” (Jn 1, 39). 

Por cierto, y ya que hoy es 14 de abril, y hablamos de catequistas y encuentros (y reencuentros), escribe José Manuel Hernández en su “In memoriam. Fructuoso Mangas Ramos”, que los catequistas –en la parroquia de la Purísima–“llegaron al centenar”. Pero eso es humilde modestia que no explicita que, si bien en...

Ayer, Domingo de Resurrección, los aplausos adoptaron una forma aún más épica, si cabe, y dejaron espacio a las caricias sonoras de nuestras campanas, que se unieron al apoyo y al reconocimiento tanto de los que sufren estos días, como de los que les ayudan. Por lo demás, aun con toda la alegría que un día como hoy supone para el creyente, continúo añorando a los que ya no están con nosotros. Pareciera que la imposibilidad del duelo evitase cicatrizar las heridas. Hoy ha sido Cernuda quien la abre de nuevo: “Así olvidaste,/ amando su existir, temer su muerte”.

Y hablando de amor, decía Gabriel Zaid, en uno de sus juegos de palabras, que en los inicios del Cristianismo “lo esencial era el amor, no la ascética que fue haciendo del éxito una nueva religión”. Creo que estos días de la cuarentena desprenden algo de cristianismo primitivo, si no en relación al amor, sí en cuanto a algunos de sus aspectos como el compartir ratos de balcón, hablar con los prójimos y hasta ay...

Como todas las mañanas, Fernando acaba de alimentar a los gatos y a los pájaros. Los gestos más nimios parecen heroicos en el contexto adecuado; muchas veces el fondo dota del mayor sentido a lo que está en un primer plano. Hoy no es un día cualquiera, ni siquiera en medio de esta rutina de chicle que se estira periódicamente. “Es invierno en la mirada. Es ceniza cansada,/ Gólgota del hambre y musgo ajado sobre el aire”. 

Hay una oquedad opaca pero esencial en la historia del Cristianismo que es la razón de ser del Sábado Santo y constituye asimismo la esencia de esta cuarentena. Jesús Montiel se ha referido a la espera con estas palabras: “Hay una espera para cada persona. Cada uno cuenta con su propia espera, como un traje hecho a medida. […] La espera crea el hilo de la Historia, su ingobernable continuidad. Si rastreamos cualquier biografía encontraremos un rosario de esperanzas”. Así tanto en la biografía de los discípulos de Jesús como en la nuestra hoy. 

Hace ya mucho tiempo escri...

Como tradición hogareña mantenida en la familia desde hace décadas; como sagrada costumbre que la cuarentena no se atreve a rozar; como principal necesidad en este Viernes Santo, la Pasión según san Mateo se ha escuchado por toda la casa a lo largo del día. Venero inagotable de espiritualidad, la música de Juan Sebastian Bach me acompaña desde niña y contribuye hoy a reforzar mi voluntario aislamiento –como lo fuera para Montaigne su torreón forrado de libros– cuando el mundo hostil se siente cercano, como ocurre en estos días.

Que de todas sus cantatas solo una fuese publicada en vida, o que su figura musical tuviera que esperar durante más de un siglo desde su muerte hasta ser recuperada por el melómano siglo XIX, refleja lo transitorio que es el presente en cualquier época, ante el implacable juicio del tiempo venidero. Escuchando esta música se siente lo certero del verso de Juan Antonio González Iglesias que proclama que “el verdadero don no es la musc...

Son demasiados días escribiendo este diario como para que no se acaben filtrando entre sus muros los temas esenciales que, no por pretender obviarlos, conseguimos eludirlos. “A veces creo que el Dolor es la única verdad”, escribió Oscar Wildeen la que quizás fue su obra más difícil de escribir, De profundis. Allí mismo reiteraba: “el secreto de la vida es el Sufrimiento”, y esas mayúsculas, en la traducción del gran poeta José Emilio Pacheco, hacían hincapié en la capacidad vertebradora de ambos términos en una vida humana. 

Evocar esto en medio de la cuarentena y en vísperas de un Viernes Santo no es sino hacernos eco de una de las oraciones más desgarradoramente agónicas que he leído en mi vida, y que citan explícitamente Marcos (14, 34) y Mateo (26, 38) en la versión de Schökel y Mateos –¡qué importante cómo se escancian las palabras del odre a la jarra!– y que dice: “Me muero de tristeza”.

Cuenta Homero (versión Maciá Aparicio y de la Villa Polo) en la I...

Los grandes autores siempre ofrecen una lectura actual de sus palabras y, aunque no siempre uno esté de acuerdo, nunca te dejan indiferente. Es el caso del novelista italiano Cesare Pavese y su diario publicado bajo el título El oficio de vivir. Es una relectura siempre agradabilísima pero especialmente sabrosa estas tardes de cuarentena primaveral. Varias son las anotaciones suyas que darían para debatir en el marco de esta cuarentena.

Por ejemplo, el tema del sufrimiento y la muerte, que se hallan muy presentes en su diario e incluso en su propia vida. De hecho hay párrafos difíciles de leer, y con muchos de ellos no estoy de acuerdo. Pavese no debió de tener una vida fácil; fue un hombre al que, me atrevería a decir, solo los libros le otorgaron estabilidad en su andadura vital y, desde esta perspectiva, a pocas obras como a El oficio de vivir se puede uno referir con es verso de la poeta extremeña Ada Salas que dice: “hay libros que se escriben sobre la carne misma”....

No sé si debido al aparente parón de las cifras, o al hecho de que la Semana Santa se ha posado en mi cuarentena, “espiritualizando” de alguna manera mis hábitos, lo cierto es que estos días estoy de acuerdo con Jesús Montielcuando dice que le parecen “más interesantes que los telediarios los gatos”. Tal vez esta relajación nos permita a todos, quedándonos en nuestras casas, disfrutar en la medida de lo posible de una Semana Santa en la que yo no paro de hallar ecos de la cuarentena.

Santiago Guijarro, teólogo y profesor de la UPSA, nos recuerda en un escrito enviado a la comunidad universitaria (“La Pasión de Jesús desde el trauma”), la cercanía de la Pasión con lo que muchas familias están viviendo en directo, al evocar “tras la muerte en soledad, el silencio de la sepultura; al haber sido enterrado Jesús casi a escondidas, como muchos de los muertos de esta pandemia”. También ha señalado algunas coincidencias el misionero brasileño Luis Modino al señalar que “Los mismos que aplaudier...

Leí hace algunos años una frase que, últimamente, siento especialmente mía: “mi fe crece con los años, como el follaje de una silenciosa primavera”. Probablemente porque esta primavera avanza no solo con sigilo sino, sobre todo, con la esperanza en un mundo mejor por bandera, resulta inevitable para mí, como creyente, no afrontar las lecturas que realizo a la luz iluminadora de esta cuarentena. Un domingo como este, hace aproximadamente dos mil años, se produjo una manifestación en Jerusalén que dio lugar a un acontecimiento histórico, de gran trascendencia social y religiosa en todo el mundo. 

También para los no creyentes esta primavera puede incrementar la esperanza en un mundo mejor, surgido de la semilla arisca de estas semanas duras, pero verdaderamente examinadoras de nuestras capacidades amorosas, solidarias o como cada uno prefiera denominarlas. El nacimiento del Cristianismo se caracterizó por un espíritu de fraternidad semejante al que parece brotar estos días entre vecinos y...

Parece que este diario de la cuarentena vuelve a nutrirse de reflexiones más surgidas de buenas lecturas que de malas experiencias. En cualquier caso, es sorprendente cómo surgen las ideas cuando uno escribe. Una de las escasas actividades en las que coincidimos todos en estos días –quizás no sea lo único pues nos sentimos muy cercanos unos a otros en esta cuarentena– es en la del aplauso a los profesionales de la sanidad en nuestro país. Nosotros les aplaudimos, y resulta paradójico cómo ellos, que con sus manos nos curan, hallan asimismo el reposo (mental al menos) que su trabajo requiere en el aplauso que les damos, también con nuestras manos, cada día a las ocho de la tarde. 

Llego a esta reflexión leyendo Elogio de las manos en Grecia y primeros pensadores cristianos, la lección inaugural del curso académico hace 30 años en la Universidad Pontificia de Salamanca. Su autor fue Alfonso Ortega Carmona, maestro querido de Fructuoso Mangas, y en ella me entero de que fue Galen...

Mientras el mundo, sin que sepamos bien cómo, está cambiando, la cuarentena nos pide equilibrios extraños. “¿Puedes amar con tu mente/ y razonar con tu corazón?”, escribió Henry D. Thoreau hace más de siglo y medio. Él, que había decidido confinarse por voluntad propia en mitad de la Naturaleza, nos legó unos bellísimos poemas que llaman la atención por el mensaje que trasladan al lector acerca del amor y la solidaridad entre los hombres y, por supuesto, hacia el entorno natural.  

Algunas noticias empiezan a prepararnos para asumir que el estado de sitio al que nos somete la cuarentena será más largo de lo que pensábamos hace unos días: “Una veintena de universidades no volverán a las clases presenciales este curso”. Poco a poco, como quien no quiere la cosa, nos empezamos a hacer al hueco en que moramos, como si una versión low cost (la globalización sigue respirando) del “síndrome de Estocolmo” se nos hubiera inoculado junto a la razón de la cuarentena. Y pienso q...

Quién sabe si la sensación de la pérdida de los maestros o sencillamente la nostalgia, me llevan a releer una de estas tardes de primavera cautiva un –viejo ya– tomo de artículos de mi añorado Juan Goytisolo en que leo lo siguiente: “Para quienes miran y ven más allá de sus narices y advierten la catástrofe que se incuba en un plazo relativamente cercano, la necesidad de un cambio de rumbo, de un “bienser” general y una vuelta a los valores ético-culturales que alentaron las precarias conquistas del ser humano es algo acuciante, tanto más acuciante cuanto más demorado”. 

El texto, escrito en septiembre de 1994, tiene ya más de un cuarto de siglo, pero sirve para enseñar a los más jóvenes, y recordar a los menos jóvenes, que hace décadas ya que los hombres y mujeres de este planeta sabemos que hay cosas que no estamos haciendo bien. La cuarentena se está encargando de que nos quede claro –tiempo hay para reflexionar entre paseo y paseo por el pasillo– que nuestro mund...

¡Quién iba a decirle al 2020 que abril abriría cerrado en sí mismo como una mañana que la niebla oculta! ¡Quién iba a decirle a este año que tan rápido ha envejecido que su mes más juvenil iba a ser incierto, oscuro y, en absoluto, brillante! Pero así son las impresiones y experiencias que emergen ante nosotros estos días: extrañas, paradójicas, realmente cercanas y distantes, a la vez. Desde que empecé este diario, apenas 20 días, tengo la sensación de que hubiera pasado toda una vida. 

He visto el sol intenso en el invierno. También nevar en primavera. He contemplado esperanzada cómo brotaban las flores en el manzano, en el joven almendro tan querido por los gatos, en el membrillo, el guindo y los ciruelos. Aún resisten las primeras flores de un peral hermoso regalado hace años por alguien que ya no está, pero que sé que me quiere y me cuida. También he asistido a cómo el viento arrancaba todos los pétalos con su furia a esas flores de los frutales. He leído cifras terribles en los pe...

Hay días en los que uno piensa que la escotilla se ha roto para siempre y nunca más volverá a cerrarse.

“¡Oh, capitán, mi capitán!” Noche y día no ha cesado de soplar el viento. Mas en esta ocasión no era Eolo que venía a jugar contigo, sino el viento huracanado que precede a la brisa suave que supo escuchar Elías. Esta vez sí que vuelves por fin a Ítaca, al castro de Yeltes, tu Troya de niño. Me ha quedado pendiente, para otro momento, que hablemos de Penélope y las doce criadas, de Margaret Atwood, enésima variación del mito que tanto te cautivó. “Interesante”, habrías dicho, como solías. ¡Parece mentira cuanto espacio tenías aún para el asombro! 

Recuerdo con especial cariño tu homilía el día de nuestra boda. Unas fechas antes, Emilio Lledó había publicado en La Vanguardia un artículo sobre el poder del símbolo. Y, como siempre compartíamos contigo lecturas y reflexiones sobre lo leído, te lo llevamos, sabiendo que te encantaba todo lo que tuviera que ver con las palabras. Recuer...

Hay un texto de Chantal Maillard que, por su lucidez y su acierto, me gusta mucho citar. En él concluye la escritora: “No nos engañemos: la comunicación es un acuerdo o, a lo sumo, la conciencia de que todos compartimos la misma oscuridad y la sospecha de que, en el naufragio, tratamos de romper la misma escotilla”. Sin duda alguna esta es la razón de ser de este diario, que intenta reflejar una, de las muchas posibles, manera de vivir la extraña/terrible situación que todos estamos atravesando.

A través de esa citada escotilla rota, percibo en este primer y hermoso domingo –pese a todo– de la primavera, que la tierra respira y se prepara, como todos los años, para su particular renacimiento. Todo me habla: las aves; una primera mariposa entre las tímidas primeras flores; una amapola nerviosa y los lirios, exuberantes ya sus hojas, ignorantes de nuestra cuarentena. Parecen querer decirme en este festival de sonidos y colores que es esta estación esperanzada: “¡la vida brota de nuevo, es...

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  EL DESCANSO DE LA HERIDA

(Poética)

La Palabra como un ciervo de agua,

como un pecho blanco en que anidar

el cansancio infinito de las alas.

Porque en sus aves no tiene nombre la tristeza.