Intentando luchar contra la apatía y el dolor que pugnan por adueñarse de mi cuarentena, corrijo pruebas de un texto escrito hace meses, con motivo del día del libro, que supongo que no celebraremos comprando (pero sí leyendo). Me reencuentro así con el bello texto El cuarto del Siroco, del poeta Álvaro Valverde. En él nos dice que, en las casas patricias sicilianas, el cuarto del Siroco era el lugar de refugio de los habitantes frente a este viento agresivo y caliente. 

Me informo de las características de este viento en Wikipedia, y me entero de su excesiva virulencia en otoño y primavera, ya que alcanza sus máximos en marzo y noviembre. No hace falta leer más para volver a sentirme nuevamente sumergida, esta vez por el asfixiante siroco, que nos envuelve y que ha hecho de todas las habitaciones de nuestros hogares “cuartos del Siroco”. Leo también que es un viento de procedencia africana, que llega procedente del Sahara. Presiento, sin embargo, que el particular siroco que nos ha enc...

Hoy tendría que estar en Plasencia y pregonar la Semana Santa 2020 desde la catedral. He estado trabajando en el pregón, como en otras muchas cosas, durante meses desde que empezó el curso. Ahora esos proyectos, como otros míos y tantos de otra mucha gente, han quedado varados en la arena como aquellos barcos fantasma del Mar de Aral que veíamos hace años o, más exacto aún, inmóviles en el agua, esperando un empuje de la marea, como el bergantín con el que Conrad inicia El corazón de las tinieblas. Ojalá que el agua de la ilusión y el trabajo los vuelva a poner a rumbo a su destino.

Uno de esos proyectos de muchísima gente es la Semana Santa. La cuarentena la ha golpeado en dos de sus aspectos, el cofrade y el turístico, pero queda una vertiente esencial de la Semana Santa que es la de la fe: esos días de recogimiento y espiritualidad en los que se evoca el final de la vida de Cristo. Por eso, hoy viernes 27 de marzo de 2020 yo quiero, si no pregonar, sí al menos recordar desde aquí la...

Quienes creen que “el siglo xx es un naufragio que no acaba” se agarrarán a que esta cuarentena, pese a ser un suceso global característico del siglo xxi ha tenido lugar un siglo después de la gripe que sacudió a la población mundial a principios del siglo pasado. El periodista Daniel Mediavilla nos informa en El País de que, en España, en 1918, “la gripe mató a 147.114 personas, en 1919 a 21.245 y en 1920 a 17.825”. España tenía entonces 20 millones de habitantes. Un siglo después, esto parece el juego de la Oca y hemos caído en la calavera: vuelta a empezar. Algo falla en nuestra especie.

Algunos analistas, como el filósofo Byung-Chul Han ya empiezan a señalar consecuencias, y no se deja llevar por el optimismo: “El virus nos aísla e individualiza. […] La solidaridad consistente en guardar distancias mutuas no es una solidaridad que permita soñar con una sociedad distinta, más pacífica, más justa. […] Confiemos en que tras el virus venga una revolución hu...

Ayer fui por vez primera a la compra durante la cuarentena. Algunas cosas me llamaron la atención y otras me preocuparon. Por ejemplo, aunque los supermercados están bien abastecidos, había productos que habían desaparecido de los estantes, y estos parecían la boca de los niños cuando empiezan a perder los dientes. En concreto los de limpieza, lo que me hace pensar que nuestro grado de higiene, ahora que no hacemos vida social, es mayor (o responde más a cierta obsesión) que cuando la hacíamos. En cualquier caso, volví a casa sin lejía. Con lo que les gusta a mis gatos que huelan a ella sus alcobas. 

Del papel higiénico no digo nada, se podría escribir la Enciclopedia Británica con lo que esta cuarentena está dando de sí con él y con sus fans. Decía María Kodama que Borges –sí, lo siento, le cité también ayer creo, pero viene a cuento– que a pesar de su ceguera siguió comprando libros toda su vida. ¿Dirá alguien dentro de 50 años que, pasada la cuarentena, su cónyuge continuó toda su vi...

Desde ayer ya sabemos que la cuarentena viene para quedarse; al menos para acercarse, propiamente, a los cuarenta días de su nombre. Para paliar su efecto nos dan una noticia buena: el clima de nuestras ciudades ha mejorado enormemente. Tengo la sensación, por lo que hablo con los conocidos y familiares, que todos empezamos ya a intentar dar con una postura lo más cómoda posible para pasar el tiempo que le quede a (o se alargue) la cuarentena.

Habrá quienes se sientan seguros a la sombra del teletrabajo y en ella hallarán cobijo, al tiempo que evitan pensar en otras cosas. Estos serán los que mejor lo lleven; aunque “de lejos”, trabajan al menos. Quienes piensan, en positivo, que esto nos va a hacer mejores, que sepan que nada que no sea ayudar a los otros irá en esa dirección cuando acabe esta primera fase. Nicolás Gómez Dávila escribió, en este sentido, que “el hombre es más capaz de actos heroicos que de gestos decentes”. 

Otros se centrarán en este cierto modo de comportarse cívicame...

Hoy tengo la conciencia de que no hay nada más perecedero que una palabra. Una palabra que se pierde entre millones de palabras entre millones de oraciones, entre millones de textos, entre millones de libros y discursos… No hay nada menos relevante que una palabra cuando uno contempla la historia plagada de mensajes que se ha llevado el viento. Sin embargo, también, con la contradicción que parece dominar en las grandes verdades, percibo que nada hay más poderoso. Desde el “yo tengo un sueño” o “yo acuso”, hasta el canto de miles de personas reunidas estos días, cada tarde, alrededor de un aplauso, de un “ánimo”, “todo pasará”, “ya queda menos”…

Hoy estoy extrañamente triste. Profundamente triste porque, en mi desconcierto, he llegado a dar gracias porque mi padre murió hace tres meses. Porque pude despedirme de él y le acaricié y pude decirle todas las palabras que tenía guardadas, atesoradas en el corazón como siemprevivas escondidas en un rincón del jardín, durante toda mi...

Cuando de niños jugábamos a pillarnos unos a otros, había unos lugares predeterminados de antemano en los que, al llegar, decíamos: “¡Casa!”, y automáticamente estábamos salvados, mientras permaneciéramos allí. Me lo recuerda Josep Maria Esquirol en La resistencia íntima. Ensayo de una filosofía de la proximidad. Pocas veces un libro me ha hablado tan lúcidamente del presente. Esperaba en mi mesa, en el grupo de los “pendientes de leer” desde hace unos meses, y esta semana, justo esta semana, ha visto llegar su turno. La lectura, por momentos, me sirve de “casa”, como el seto boscoso al petirrojo.

También hablaba José Luis Puerto del origen de este espacio sagrado (en definitiva, estamos hablando de la poesía también) en su precioso libro Trazar la Salvaguarda. La salvaguarda es en su origen el espacio en torno a las Iglesias que servía como refugio. En los tiempos en los que lo sagrado estaba por encima de todo, allí se paraban las guerras, se detenían los puñales, se apartaba la viole...

Desde mi encierro contemplo una porción de cielo, percibo también la línea recta de un horizonte que hoy parece no ser señal de nada bueno ante los datos, a cuyo dolor es difícil resistirse ya con nombres conocidos y cercanos. Es misión del poeta, también de todo hombre, encontrar señales en las cosas. Que lo insignificante signifique algo en lo que poder hacer perdurar el ánimo, nutrir el espíritu para poder sobrevivir. Esta serie de textos, resultado de la cuarentena, busca esto: escuchar lo que las señales esperanzadas de lo habitual me dicen. 

En este retiro obligado, en ocasiones asfixiante, miro al detalle el mundo y todo me revela su sorpresa, su señal, su símbolo: una flor que quiebra con su aparición amarilla, la pesadez lenta y profunda del asfalto. Quizá me esté diciendo lo que viene. Ojalá sea así en este día. Ojalá su mensaje anticipe lo cercano: la ascensión siempre luminosa de todo lo que vive, y también su esperanza y fortaleza. Su perduración más allá de este breve inst...

Creo que en estos pocos -largos- días todos hemos aprendido algo: que tenemos que darnos a los demás en la manera en la que los dones que atesoramos cada uno nos permita. Desde una inyección, a un aplauso; desde una canción, a colgar un chiste en la red; desde abastecer una tienda, a una palabra reconfortante; desde cuidar a otra persona, a compartir un vídeo de veinte segundos; desde una clase on line, a una sonrisa. Es tiempo de generosidad y muchos likes, es momento de decir a la gente que nos gusta lo que hace, de agradecer su trabajo, su dedicación, su compañía. Todos tenemos dones que, cuando llega el momento, han de ponerse al servicio de los demás. 

Hace medio siglo que escribió el poeta zamorano Jesús Hilario Tundidor: “Qué aliento prodigioso/ remueve la ceniza”. Y esta certeza hoy es más cierta que nunca, y también más poderosa y eficaz. Lo estamos viendo cada día, cada hora, cada minuto: la gente intenta pasarlo y hacérselo pasar a los demás de la mejor manera posib...

Sin duda alguna, el mal tiempo contribuyó hace dos días a que todos llevásemos un poco mejor la cuarentena. La nieve y la lluvia acentuaron la desolación de un paisaje desierto de antemano, y sobre el que el frío parecía dejar caer una condena imposible. La salida del sol, sin embargo, nos recuerda a todos que la vida está fuera, y la reclusión vuelve a constituir una prueba que sobrellevar. Pero el viaje va a ser largo, y habremos de acostumbrarnos a nuestra celda íntima como al mareo durante una travesía en barco.

Viendo lo positivo, creo que tenemos que aprender de la cuarentena todo lo que podamos. No digo de medicina o de pandemias, no. Me refiero a aprender algo sobre nosotros mismos. Por ejemplo, en relación a cómo convivimos con los demás. Especialmente con los más cercanos, quienes comparten espacio estos días, codo con codo, con nosotros. Dicen los sociólogos que los periodos vacacionales multiplican las separaciones entre las parejas. 

De nuevo, como ayer, se nos impone el des...

Hace unos días manifestaba yo en las redes, compartiendo una viñeta firmada por “72 kilos”, mi esperanza de que pasara lo más pronto y de la mejor manera posible la causa de la cuarentena. “Esperemos”, decía el protagonista del dibujo en lo alto de una montaña a otra persona que se hallaba, rente a él, en lo alto también de un montículo, separados ambos por un amplio valle o precipicio. Con su “me gusta”, mi amigo Xabier Pikaza me contestó: “Esperamos”. Y me di cuenta entonces, a través de la modificación de esa letra letra (la “a” por la “e”) de hasta qué punto nos falta la confianza que creemos tener en los momentos importantes de la vida.

Yo misma, queriendo manifestar esa confianza, asumí como bueno el modo subjuntivo, que lo que realmente expresa, en el mejor de los casos, es un deseo; cuando no una convencida resignación. Se trataba de una incoherencia lógica que Xabier Pikaza echó abajo con su “Esperamos” que me abrió los ojos. Frente a mi dubitativo ¡Esperemos! Él contestó dicie...

Esta noche la nieve ha cubierto el paisaje, como hicieran -oscureciéndolo- ayer las nubes, al interponerse entre el campo y el sol. Pero de igual modo, aunque con mayor lentitud, la lluvia deshizo lentamente, como si esta se batiera en retirada, a la nieve. Esta segunda mañana de la cuarentena esta nieve que nos ha amanecido extendida como una sábana blanca sobre el campo, no era la nieve feliz de mis poetas leoneses. No era, precisamente, el crujir de la luz en la infancia de Antonio Colinas; ni tampoco aquella a la que yo aludía desde esta misma ventana al evocar la Memoria de la nieve en la que Julio Llamazares escribía aquello de: “Todo es tan lento como el pasar de un buey sobre la nieve”. 

Si acaso esta nieve, y la posterior lluvia, tras ella, se nos mostraban a todos como parte del atrezo, junto a las calles vacías y los comercios cerrados, del escenario en que se desarrolla la cuarentena y su recientemente nombrado portavoz: el estado de alarma. Hoy la nieve y la lluvi...

A media mañana, una sombra avanza rápida cubriendo los campos frente a mi casa y me estremezco; tardo en percibir que son las nubes, rápidas, que cubren el sol. Hölderlin, que vivió la segunda mitad de su vida recluido conviviendo pacíficamente con la locura, habló en uno de sus poemas de esa segunda época de la “enorme y cenicienta bóveda”. Lo he visto muchas veces: el amarillo luminoso del campo se cubre y se transmuta en un oscuro verde, aunque, sin darme cuenta, pronto vuelve a estar claro como siempre, como es en realidad. Ese paso de las nubes es cíclico, todo en la vida lo es, toda vida es, en cierto modo, simétrico y circular.

Ayer comenzó todo y este fin de semana ha sido distinto, raro como un día de niebla que no viésemos aclarar. Como una tormenta de arena que destruye nuestro trabajo callado del invierno y todos nuestros anhelos de la primavera naciente. La naciente cuarentena cobra desde hoy significado aún desconocido que otorga una solemnidad especial a la cuaresma de es...

La palabra lo inicia todo. En el origen de toda cultura hay un mito que guarda la presencia del hombre en el mundo. Todo origen tiene su asiento en el lenguaje. 

Luego llegan las guerras y los amores en los que se apoyará el relato de la tribu, vienen los desastres y los dolores y deberán ser narrados para dar sentido y continuidad al linaje. 

Y la palabra asienta la continuidad de la cultura que encuentra en el relato su razón de ser.

En el principio siempre está, por tanto, el verbo. El verbo testimonia y crea. 

Narra los sucesos de los héroes al tiempo que construye las tramas magnificadas de las profecías en que se inicia la historia. Primero, durante miles de años desde la noche de los tiempos, la escuchamos. 

Actualmente, aunque lo hagamos en libros de papel o aparatos electrónicos, la leemos. Se trata de una apasionante aventura que Alberto Manguel ha narrado bellamente en Una historia de la lectura. 

Al fin y al cabo, no otra cosa sino un espejo de lo humano es la literatura. Se...

El poema es la manifestación más clara de la intemperie en la que habita el poeta. 

Se podría decir que también en ella ha hecho su casa el hombre, pero el hombre sólo la tantea en su sospecha, y cuando se la encuentra de frente, le vuelve el rostro, mientras que el poeta le da forma de herida a su ceniza.

“A esta hora en que la vida ya nunca será nuestra/ con la misma sed que un día la habitamos,/ ¿será que nunca merecimos su belleza?”[i]

La intemperie se muestra al ritmo de las agujas del reloj y, cuando ya es nuestra, entonces dudamos de si hubo un tiempo en que existió lo bello, o sólo fue resultado de la belleza de nuestros ojos, como si un viento hubiera arrasado la memoria y dejara la profundidad de la mirada cansada, igual que un bosque tras el huracán.

“Después del viento el bosque está siempre cansado”.[ii]

La intemperie es el estado natural del poeta. 

Hambriento de todos los frutos que contiene en sí la carcasa del mundo y la del cielo, ante ellos adopta la postura de la página e...

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  EL DESCANSO DE LA HERIDA

(Poética)

La Palabra como un ciervo de agua,

como un pecho blanco en que anidar

el cansancio infinito de las alas.

Porque en sus aves no tiene nombre la tristeza.