La distancia que media entre la realidad y nuestros ojos la cubre la palabra. 

“Comprender es dar cuenta de las coincidencias que resultan de la comparación de pedazos de realidad muy diferentes. El mérito de una comprensión es tanto mayor cuanto más grandes sean las coincidencias detectadas en pedazos de realidad cuanto más diferentes mejor”[i]. 

Pero esa distancia puede ser muy grande, ya sea apertura de la realidad inmensa tienen que abrirse también las palabras, haciendo entonces labor de nudo, de bastidor sobre el barranco de la distancia donde se ajusta el nuevo ejemplar de experiencia, porque la realidad y lo percibido, aunque esto último pertenezca al terreno de la reflexión forman parte de la misma trama.

“Las formas de lo pensado atraviesan con facilidad el límite entre el sujeto y el predicado, con una extraña familiaridad que intercambia a menudo los papeles, y en la que la objetividad es tan solo una ilusión de residencia en el cuerpo. Lo que ocurre fuera es tan real como lo...

La gratitud es la manera más verdadera de ofrecerse desnudo ante el mundo y también, la de estar más indefenso. 

A cambio se nos regala la plenitud de su desgarro. Y con él, su conmoción. 

“Hay en el interior de cada uno/ un hombre conmovido/ que no nombra las cosas con grandeza,/ sino con gratitud.”[i]

Ese es el poeta. 

La gratitud tiene su asilo en la mirada, y desde allí recorre todo el cuerpo y también la vida. 

Existen “dos clases de seres humanos: los que se detienen a contemplar, y los que no”.[ii]

De los primeros nace el manantial de la palabra sumada con la música. 

No se puede escribir poesía sin haber mirado antes. Sin sentir sobre la piel la intensidad constante de la resurrección de cada cosa en cada soplo. entonces el cuerpo se rompe en la palabra, en el poema. 

“Ni aun el cuerpo resiste/ tanta resurrección”.[iii]

No se siente agradecido quien tiene motivos para serlo, sino quien tiene la gratitud como adn, clavada como arpón entre los ojos. 

Los motivos existen casi siempre y...

La fragilidad no es una cualidad de la materia, sino de la sensibilidad. 

Tiene que ver con sentir la vida como un bastidor horadado por las carcomas de la realidad y sus desvelos. Con las capas heridas del tiempo sobre nuestros ojos. 

La vitrina del mundo nos devuelve el rostro de la identidad del cuerpo. Somos tiempo y los minutos nos dejan signados de pequeñas heridas que se van acumulando, para sumarlas en luz o en desencanto. 

En el descenso siempre está la herida.

“Las flores negras del pantano/ son voces de hojas caídas./ Todo lo oscuro,/ toda la ruina/ permanece”.[i]

La caída se lleva detrás un trozo de nuestra mirada, y lo que permanece es siempre fluido, lágrimas, lluvia o restos de mar que quedaron estancados en la playa. 

Quien les pone nombre huye del frío

“El lenguaje del mar/ es el de los ascetas, el de los ermitaños./ El buscador de esponjas no conoce la nieve”.[ii]

Un estremecimiento cruza un instante la conciencia del hombre. Es su fragilidad la que pronuncia el destello de l...

Con mucha frecuencia la lectura no sirve para volcar los anhelos que nos llevan y nos traen. Anhelos que no pocas veces la lectura ha ayudado a generar. 

Es entonces cuando necesitamos pasar a volcarnos en un recipiente distinto y llegamos hasta el umbral de la escritura. La escritura tiene todos los posibles rostros del hombre y, con ellos, también su fulgor o desamparo. 

Uno comienza a escribir guiado por una necesidad casi puramente biológica, tan intensamente obstinada que no puede sino entregarse a la melodía de los textos, a esas “palabras que me cantan”, como escribe Ida Vitale[i]. Y entonces, la página en blanco se vuelve amiga y enemiga a la vez. 

Es el cuenco en el que se contienen los afectos y los miedos, la mejor confidente; pero también el vacío, un proceso de aprendizaje en la espera y en la escucha, aquello en lo que Marta era aventajada por María. 

Todos los que escribimos sabemos lo que es esperar a que llegue la musa. Escribe Joyce en una carta a un amigo: 

“Me gusta la i...

Los destellos expresan la naturaleza de una de las propiedades más profundas de la materia, su brillo íntimo y secreto.

El destello, como el reflejo, ensambla la simetría en el tiempo y el espacio para hacer de ella un elemento del arte. 

Es un hueco por el que los ojos caen hasta llegar a sí mismos. 

“Por el sendero/ una corza/ contempla sosegada la luna en el arroyo”.[i]

Naturaleza entregada en insistencia, dobladillo entre lo alto y lo bajo, sementera del sosiego de las nubes o la luna que caen como lluvia reincidente en los lagos incrustándoles en su espesor bruñido su ritmo.

También en él se comprenden los hilos segregados por la sensibilidad, que toman y se hacen señores de los ojos o de cualquier otro sentido. Por ejemplo, el del tacto. Y la huella, como si fuera una tinta indeleble, queda entonces tatuada por un ascua. 

Con ella a partir de entonces en las caricias se despierta el incendio. Andrade de nuevo: 

“Es sólo el comienzo. Más tarde duele,/ y se le pone nombre.”[ii]

Es solo el...

La palabra también implica un proceso físico. Devoramos las palabras con la carnalidad un pensamiento que exige nutrientes emocionales o narrativos para sobrevivir. 

“Escribe la historia de tu cuerpo” animaba Thoreau, y esa recomendación alienta también a los escritores, como bien lo muestra Gioconda Belli en esa obra, cuyo sugestivo título “El país bajo mi piel”, ya anticipa esa carnalidad física de la escritura, su descubrimiento en la protagonista cuando el origen del tesoro que se incrusta en la realidad como una gema en el anillo de los días. 

“yo me ponía mi piel de esposa y madre, jugaba con Maryam en el patio y el verdor de la grama me provocaba frases, versos saltaban en mi cerebro como palomitas de maíz friéndose en el aceite caliente de mi vida secreta. Se me ocurría que golpeaban a mi puerta palabras que querían ser escritas pero no hacía el gesto de levantarme, tomar papel. Apenas lo hiciera se disolvería el encanto, la emoción se trocaría en artificio. Mejor quedarme inmóvi...

El mundo no existe antes de ser nombrado. Su mera denominación genera su existencia. 

Antes, el caos, la indefinición de los perfiles luchando por salirse de sus bordes, por delimitar su existencia con palabras. 

Las palabras adiestran a las cosas para que sean lo que son. Los sonidos domesticados dicen mucho más de lo que dicen, se multiplican, generan nuevas realidades y enfocan las existentes bajo una mirada diferente. 

El léxico hace ser al objeto, como un fogonazo en la noche permite ver entre las sombras: 

“Sobre la nieve escucho/ un crepitar de pasos./ El frío,/ las palabras/ que de pronto se iluminan./ Y en el filo del instante/ veo el blanco deslumbramiento/ donde comienza a arder el mundo.” [i]

Así se escribe el mundo en el poema.

El instante puede ser cortado. Y en él la palabra adiestra a los sentidos para nombrar, para estirar con sus sílabas el tiempo de la mera impresión. 

Pero primero, siempre primero, está la mirada. Sin el contemplar lo que se ha dejado de ver por frecuente...

Conversamos con todo lo que la vida nos ha regalado para poder dialogar con ella y sus espacios. El cuerpo es el cauce de ese diálogo abarcador e inmenso, y las palabras se ponen en este sentido al servicio de todo lo vivo. 

Conversamos en el poema también con los otros y con lo otro, y el contenido de nuestro conversar dice lo que somos: 

“el cultivo de un árbol se muestra en el fruto, la mentalidad de un hombre en sus palabras”[i]. 

La diferencia siempre es necesaria para una forma de intercambio acostumbrada, pero la identificación o, en su extremo, la identidad, también permite el diálogo de la voz consigo misma. En el hombre que ha viajado a su centro y este es el diálogo más fecundo.

La conversación necesita siempre de la escucha temprana para poder dar respuestas lúcidas, es decir, iluminadas. Todo lo demás es vano. Solo así podremos conversar con toda nuestra vida y con todo el cosmos. 

El mundo entero lanza sus señales, sus cantatas de pequeños gestos cotidianos, que nos muestra en...

El canto da sentido a todo lo vivido. 

Le pone bridas al destello para que pueda hacerse carne de melodías y palabras. 

No tiene su origen en los labios, sino que estos son sus profetas más atentos, los que le silabean en la cúpula del día sus fulgores: 

“Entonces él canta. Entonces encuentra en su canto más que una luz y más que un mundo: encuentra su verdadera casa, su verdadera naturaleza y su verdadero lugar.”[i]

El canto es anterior a la palabra, y consecuencia de una mirada iluminada y su posterior asombro, el testigo de que, escondidas bajo su sombra, todas las cosas pequeñas poseen un costal de luminosidad que indica a los hombres el sentido de todo: 

“Canta el mundo/ restituido a los hombres, los aromas/ del lado más remoto de mi tiempo,/ el brillo de las cosas diminutas/ y los ojos que saben descubrirlas.”[ii]

De hecho, el canto es su profeta necesario. Su flecha más certera. El resultado más claro del reconocimiento del milagro: 

“alabar es poner en la luz”[iii]

El canto se impone s...

Las bienaventuranzas son la manifestación más clara del poder realizativo del lenguaje. 

El derrame de todas las bendiciones que lleva aparejadas la luz sobre lo más pequeño y frágil, siempre a punto de romperse en su aquietamiento: 

“Los bienaventurados que son seres de silencio, envueltos, retraídos de la palabra. Salvados de la palabra camino van de la palabra única, recibida y dada, sida, camino de ser palabra sola ellos.”[i]

Las bienaventuranzas se hacen realidad al ser pronunciadas, especialmente en el poema, porque su fuerza no procede de ellas mismas, sino de quien enuncia. Es un orden inverso de quien nada puede perder porque nada espera[ii]. 

Es la fuerza del corazón quien las dirige y se las regala al hombre. Luego, éste las puede repetirlas haciéndolas carne en la carne de su vida, y volverse, así, también poeta o abismo blanco[iii]. 

Detrás de cada una de ellas hay una lámpara en cuyo fulgor se moja la pluma de los deseos sin nombre: 

“Que la luz de una lámpara se encienda, aunq...

No se puede nombrar sin haber dado cobijo antes de iniciarse la palabra al asombro, ese don que abre las compuertas del decir verdadero: 

“La admiración es la puerta del amor, es ya el amor mismo”[i].

La palabra entonces es una forma de piedad amorosa y de ternura, un abrazo que acoge en su seno todo lo que puede ser mirado en soledad. 

“Cuando comprendemos que el asombro es la raíz del lenguaje, que la opción de estar solos ha de tener también su dignidad.”[ii]

El asombro conduce siempre al silencio, es el silencio su tentación. ¿Cómo podría nombrarse el cortejo de lo bello, el enlace de la impresión de lo mirado sin traicionar en el nombre la emoción pura? 

“Pero no puedes llegar con tu silencio a recoger lo que tus ojos rozan.”[iii]

A la vez, la mirada interior sobrepasa al mundo, excava en este hasta llegar al núcleo último de la realidad, a la que los sentidos solo alcanzan levemente, pues no consiguen desbrozar de su canto lo accesorio. 

“En mis entrañas hay una noche/ que la noche no e...

El amor atraviesa horizontal la historia humana, abrasándolo todo como un venablo incendiado. 

Y allí están ellos, el granizo de la luz sobre la tierra, su lluvia esperanzada, su voz hecha de barro, los poetas, los escogidos, los elocuentes, que sienten sus lenguas abrasadas con tizones, inspirados en una desazón enferma de vocablos, ante la que no se puede volver el rostro. 

El amor adquiere a lo largo de los siglos, en la voz de los poetas, todas las tonalidades de lo imposible. 

El poema derrama su fertilidad sobre la tierra. Eugenio de Andrade habla del amor como se habla de un nido frágil, como de un cristal de oblea a punto siempre de quebrarse, y para ello emplea la metáfora clásica del ave como símbolo del alma, el gesto más aéreo de lo sagrado: 

“El amor es un ave temblando/en las manos de un niño.[1]

Alma o ave, pequeña, contenida en las pequeñas manos de lo más pequeño, de un niño que se acerca con pasos susurrantes al ámbito de lo más puro, sin saber que lo sagrado apenas puede...

Padre es roca, es tronco, es sal, es tarde, es lluvia y viento. 

Es nube y caricia. 

Ternura, relato e infancia… Silencio y llanto. 

Memoria.

“Al escuchar tu voz nocturna, padre, […] yo descendí del más hondo silencio/ y me hice llanto.”[1]

La memoria fecunda en su nombre la genealogía del destello y del canto. Entonces brota como hierba fresca la presencia, y en sus algas se reconstruye el mejor pasado. 

El tiempo siempre selecciona, de entre todo lo que fue, aquello que nos hizo más felices. Pero los años lo vuelven hondonada a la que hay que descender, como Orfeo, para poder viajar a rescatar su canto. 

Padre, o mejor papá, cuyo nombre enciende la saliva al pronunciarse, y cuya repetición invita al llanto cuando llega la herida. 

Papá que siempre fue roca y altozano y castro tierno, y que ahora sólo pide ayuda para entrar en el reino de la lumbre. 

Papá cuya herida produce un desconsuelo inenarrable. 

Papá que está atado a la vida en cada hijo, en aquellos que escucharon diariamente en la ete...

Dos partes con título tan sugestivo como “Vulcano” y “Después del incendio” recogen los quince hermosos poemas de que consta la edición de Arder o quemar, poemario escrito por Carlos Asensio y publicado por Maclein y Parker. No es frecuente mostrar un poemario tan redondo y coherente, tan seguido, tan conseguido en definitiva. No poemas sueltos, ni siquiera acerca de un mismo tema o sentimiento. No, Arder o quemar podría decirse que es un único poema separado tan solo por la respiración entrecortada de los cuerpos que lo inspiraron.

Mas no son las caricias de Venus o Afrodita las que caprichosamente encauzan la pasión aquí descrita sino los golpes tormentosos y embravecidos de Vulcano. Porque estos versos de Carlos Asensio logran tornar novedosa la imagen elegida por el trato que el autor otorga a esta, tanto por el escenario mitológico (tan operístico en la primera parte) como por el ritmo del poemario (aun cuando el autor abandona el verso para deslizarse onduladamente por una prosa l...

Resucitar de Christian Bobin es un canto agradecido a la vida. Escrito tras la muerte de su padre, en él Christian Bobin relata, recrea, y disfruta de las lecciones aprendidas a través del dolor de alguien cercano. Como todos sus libros está lleno de la conciencia de lo perecedero, pero esa conciencia lúcida no aparece cargada de una melancolía previsible, sino de una percepción de lo verdadero. Lo que no parece importante nos salva, lo que no nos pertenece nos nombra: “Contemplar sin tocar, e incluso sin comprender: los gorriones, lo mismo que los muertos, nos invitan a ello con sus cantos”, escribe.

Bobin tiene el don de los poetas, de hecho, su prosa está hecha de fragmentos profundamente líricos. Pero más allá de que escoja palabras tocadas por la música, tiene sobre todo la mirada de aquellos que han sido abrasados por el dardo de la verdad, la belleza y el bien, y necesitan clavarlo en quienes leen sus textos. En ellos vuelca esa revelación demencial – y revolucionaria- de que en...

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MIS POEMAS

  EL DESCANSO DE LA HERIDA

(Poética)

La Palabra como un ciervo de agua,

como un pecho blanco en que anidar

el cansancio infinito de las alas.

Porque en sus aves no tiene nombre la tristeza.