PLENILUNIO

Níveo como tú, un rayo de la muerte se aprendió de memoria la dirección doble de la playa abierta de nuestro corazón. Y aquella nocturnidad, aquella luz sin dueño, aquella vianda del éter entró, quedó abatida, tendida sobre nuestro lecho fértil como un parpadeo del infierno cae sobre el espejo de la mismísima faz de Dios. Nuestra oración fue el gemido: esa espada de fuego lácteo divide desde entonces nuestro cuerpo…La inmolación de nuestro nombre se escribe en verso blanco.Siempre nos han de quedar preces de silencio en este viciado tabernáculo o gélido prostíbulo de la invocación.

EduardoRico— Fotografía de Asunción Escribano —

25 Jun 2016

El poeta a veces, solo a veces, tiene las respuestas. Pero la pregunta siempre hace danzar al pensamiento y a las palabras, daña la lógica de todo, cuestiona la verdad de lo establecido. Por eso, la poesía pertenece al reino blando de la duda, y los poetas siempre son gustosamente heridos por sus dardos.

El poeta desciende hacia el misterio, y se empapa de su mengua. Después solo silencio. La duda no se resuelve desde la razón, no se puede ofrecer, como anillo de diamante contenido en un cofre, la respuesta. Entonces solo sale al encuentro la certeza de lo que no puede ser negado.

“Qué bonita la vida” canta Dani Martín, pero añade “que da todo de golpe y luego te lo quita”. O como titula ediciones Universidad de Salamanca su antología del Premio Reina Sofía de  Poesía Iberoamericana a Ida Vitale, Todo de pronto es nada.

También Jesús Montiel pone nombre al mundo: Belleza. En su poema “Testimonio” inicia el proceso una pregunta, la de su hijo, el enviado que dispersa las semillas de lo cie...

Quizá sea esta la única forma verdadera de saber, por más que nos empeñemos en otra cosa. El inicio es ya una buena toma de postura. Emily Dickinson nos recuerda en el pórtico del libro “Que el amor es lo único real, eso es cuanto sabemos del amor”. Y, después, las señales, las certezas expresadas en cada poema. El afecto frente al conocimiento. No es una mala apuesta.

El primer poema, “Saber de grillos” condensa todo lo que después se irá dispersando en el resto del poemario. No en vano da título al libro. El grillo sabe todo lo que hay que saber: el canto, la nota, “lo nuestro más diáfano”… Ese cuchicheo (atención a la sonoridad onomatopéyica del término) al que también dedica su armonía ese otro poeta grande, Eugenio de Andrade, quien en su texto “las madres” hablaba de la chicharra (de nuevo la fonética haciendo de la palabra realidad) y su oficio –el mismo que el de los poetas– consistente en transformar la luz en canto. Glorioso destino este entonces.

Del libro de Vicente Gallego l...

Es un desafío. La rivalidad de la costumbre que resbala y empaña los resquicios de los días. Anuda palabras y sentidos en una restallante identidad. Lo invade todo cuando te elige, pues uno siempre es su víctima o su profeta. Y después te vuelves un intruso en la rutina, un inválido para el discurrir sin canto de los días. Porque todo canta a partir de la inmersión en las aguas de lo lírico, a partir de rozar su crisma con la piel del verbo. Todo dice su nueva cólera de viento y luz, y llega la poesía como un maná venturoso de ritmo y palpitar, como un candado de lo oscuro sobre el alma, como la flor que nace sola en la pared de piedra de un castillo…

Es ese “vuelo consolador” que “desciende a la herida del alma y alivia su dolor, para hacerse fraternidad, para hacerse belleza”, que escribe José Luis Puerto en su precioso libro La casa del alma. O esa flecha, que es solo de aire, nombrada por Mª Ángeles Pérez López en su recientísima Fiebre y compasión de los metales, donde “beben luz r...

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MIS POEMAS

  EL DESCANSO DE LA HERIDA

(Poética)

La Palabra como un ciervo de agua,

como un pecho blanco en que anidar

el cansancio infinito de las alas.

Porque en sus aves no tiene nombre la tristeza.