Inventar el hueso, último libro publicado por Olalla Castro, XXXIII Premio Unicaja de Poesía, es un originalísimo poemario construido a través de oposiciones y de identidades. Estructurado, muy expresiva e inteligentemente en cinco partes, en cada una de ellas se ofrece la mirada del sujeto lírico sobre una realidad: la del “yo”, la del “tú”, la del “nosotras”, la de “ellos”, la del “lenguaje” y la del dolor”.

En la primera, titulada “Decir yo es cavar una tumba”, se habla de la identidad, de su conciencia, y también de su escritura: “Aceptemos que ese yo/ que es capaz de nombrarse/ tiene a veces mi cara.” El yo es la grieta en la que se hunden las manos, es igualmente las huellas que se siguen y, viajando hacia arriba, las voces que antecedieron a la voz propia. Ese yo se construye frente al otro, y se resiste a su naturaleza consistente y pétrea. Oponiéndose a él se constituye lo frágil y roto como modo de habitar la vida históricamente; “A pesar de Platón y de su estirpe/ hubo quien,...

Hace años que surgió en Chicago la denominada poesía de suburbio (slam poetry) como un movimiento de práctica de la poesía rebelde con el entorno social y, de la mano del jazz en cuyos clubes o cabarets comenzó entonces, ha ido derivando hacia una fusión con el hiphop que hoy ya es una manifestación cultural característica en muchos lugares. Leo ahora sobre esto en el artículo “Slam Poetry: la poesía social que atrapa”, publicado en la revista Mundo Negro por Sebastián Ruiz-Cabrera, un buen conocedor de la realidad mediática africana, y me llama la atención la vitalidad que ha adquirido este género en diferentes países del continente africano en los últimos años, así como la forma de modo de protesta que, inevitablemente, está consiguiendo tomar.[1]

El ganador del primer certamen de lo que se ha denominado la Copa Africana de Slam Poetry (ACSP) ha sido un senegalés de nombre Abdourahmane Dabo (o Al Fàruq) que ha conseguido hacerse con los 762 euros de un premio en el que competían artis...

En un poema con el que se presenta líricamente en su espacio web, Basilio Sánchez escribe que es el hombre quien “para guarecerse/ necesita los nombres de todos los que ha sido, /recordar las palabras con las que cada día/ ha vivido o ha muerto.” Y eso es exactamente lo que hace en su último poemario, He heredado un nogal sobre la tumba de los reyes, ganador del último Premio Loewe, recordar y reescribir los nombres y las palabras que le constituyen y le han hecho ser. En este sentido es significativo y simbólico el último verso de la obra: “Las palabras son mi forma de ser”.

El libro se estructura en tres partes y una coda final, encabezada cada una con un título largo y sorprendente, tomado del verso final del último poema de la parte anterior (excepto la primera, que lo toma de un poema contenido en ella), que se van engarzando a modo de argollas de una cadena, conformando, de este modo, un libro perfectamente unitario en forma y en fondo.

Se abordan en él temas esenciales con una voz...

25 Jun 2016

El poeta a veces, solo a veces, tiene las respuestas. Pero la pregunta siempre hace danzar al pensamiento y a las palabras, daña la lógica de todo, cuestiona la verdad de lo establecido. Por eso, la poesía pertenece al reino blando de la duda, y los poetas siempre son gustosamente heridos por sus dardos.

El poeta desciende hacia el misterio, y se empapa de su mengua. Después solo silencio. La duda no se resuelve desde la razón, no se puede ofrecer, como anillo de diamante contenido en un cofre, la respuesta. Entonces solo sale al encuentro la certeza de lo que no puede ser negado.

“Qué bonita la vida” canta Dani Martín, pero añade “que da todo de golpe y luego te lo quita”. O como titula ediciones Universidad de Salamanca su antología del Premio Reina Sofía de  Poesía Iberoamericana a Ida Vitale, Todo de pronto es nada.

También Jesús Montiel pone nombre al mundo: Belleza. En su poema “Testimonio” inicia el proceso una pregunta, la de su hijo, el enviado que dispersa las semillas de lo cie...

Quizá sea esta la única forma verdadera de saber, por más que nos empeñemos en otra cosa. El inicio es ya una buena toma de postura. Emily Dickinson nos recuerda en el pórtico del libro “Que el amor es lo único real, eso es cuanto sabemos del amor”. Y, después, las señales, las certezas expresadas en cada poema. El afecto frente al conocimiento. No es una mala apuesta.

El primer poema, “Saber de grillos” condensa todo lo que después se irá dispersando en el resto del poemario. No en vano da título al libro. El grillo sabe todo lo que hay que saber: el canto, la nota, “lo nuestro más diáfano”… Ese cuchicheo (atención a la sonoridad onomatopéyica del término) al que también dedica su armonía ese otro poeta grande, Eugenio de Andrade, quien en su texto “las madres” hablaba de la chicharra (de nuevo la fonética haciendo de la palabra realidad) y su oficio –el mismo que el de los poetas– consistente en transformar la luz en canto. Glorioso destino este entonces.

Del libro de Vicente Gallego l...

Es un desafío. La rivalidad de la costumbre que resbala y empaña los resquicios de los días. Anuda palabras y sentidos en una restallante identidad. Lo invade todo cuando te elige, pues uno siempre es su víctima o su profeta. Y después te vuelves un intruso en la rutina, un inválido para el discurrir sin canto de los días. Porque todo canta a partir de la inmersión en las aguas de lo lírico, a partir de rozar su crisma con la piel del verbo. Todo dice su nueva cólera de viento y luz, y llega la poesía como un maná venturoso de ritmo y palpitar, como un candado de lo oscuro sobre el alma, como la flor que nace sola en la pared de piedra de un castillo…

Es ese “vuelo consolador” que “desciende a la herida del alma y alivia su dolor, para hacerse fraternidad, para hacerse belleza”, que escribe José Luis Puerto en su precioso libro La casa del alma. O esa flecha, que es solo de aire, nombrada por Mª Ángeles Pérez López en su recientísima Fiebre y compasión de los metales, donde “beben luz r...

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  EL DESCANSO DE LA HERIDA

(Poética)

La Palabra como un ciervo de agua,

como un pecho blanco en que anidar

el cansancio infinito de las alas.

Porque en sus aves no tiene nombre la tristeza.