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Descendimiento

El último libro de la poeta Ada Salas, titulado “Descendimiento” y publicado por Pre-Textos, comienza, entre otras, con una cita tomada de la “Pasión según San Juan” de J. S. Bach, en la que se escucha -casi- cantar: “Cuenta a la tierra y al cielo tu dolor”. La música la pone después Ada Salas.

Descendimiento, el último poemario de esta magnífica poeta cacereña, suma así todos los componentes que hacen ser al poema por antonomasia: la música con la que se abre el telón del libro; la mirada lírica sobre el cuadro de “El Descendimiento” de Roger Van der Weyden, manifestada en el origen de los versos; y ya sólo queda nombrarlo todo con las palabras. De ahí nace esta obra. Dividida en dos partes, la primera, titulada “Descendimiento”, es un acercamiento personal y poético al cuadro del pintor flamenco. En la segunda, titulada “Descendimiento (Oratorio)”, se les va dando la palabra a los protagonistas del cuadro: Nicodemo, María, las mujeres, Jesús, José de Arimatea, María Salomé, separadas sus intervenciones por el coro….

Un libro que suma el canto al lamento y vuelve tan melódica como elegíaca la caída del hombre, rodeada de símbolos oscuros: tarántula, escorpión, y también de las palabras que los acompañan, humillación, desdicha, desgracia… Latiendo al fondo, no se puede evitar oír un ruego para que lo incomprensible cobre sentido. Una oración que también se inicia en las palabras. Se piden nuevos términos para nombrar la muerte, vocablos como pozo que no apunta a la oscuridad, sino que señala el hueco de acogida, o azadón, para sembrar lo posible, y cuerda que alza al hombre en el agarre. También presentimiento, con la que se prepara el caminar lento hacia la espera.

Después la mirada va conduciendo al lector, que contempla el cuadro de Van der Weyden: “Miras/ lo que pintó el maestro. Pintó/ la diagonal el rayo/ del dolor”. La manera en que Ada Salas habla de la muerte es magistral, con esa peculiaridad sintáctica de sostenerse en el fragmento, que sentimos como astilla que se clava mientras se van leyendo los versos, incluso en la partición de las palabras entre ellos, como si se quisiera también fracturar el lenguaje: “en-/ sordecedor”, “in-/ candescente”, des-/ aparecer”. Recursos estos, empleados con gran delicadeza y gran maestría, y que nos recuerdan a aquel otro poemario, también herido y magnífico, de Chantal Maillard, titulado “La herida en la lengua”.

La muerte no es sólo la de Cristo: “Cristo no/ nos importa/ él tenía un porqué” sino, sobre todo, la de los que le rodean: “Piensa en el cuerpo de/ la Magdalena/ -cómo/ se apoya sobre nada cómo/ se vuelve sobre sí-./ Observa la columna de María/ -cómo se ha/ derribado.- Escucha/ en su caída el ruido/ de una rendición.” En esa muerte, sin escenario: “No hay paisaje no hay cosas”, morimos todos y cada uno de los que volvemos a contemplar el cuadro: “Estamos todos/ muertos. Ninguno de nosotros/ ya es/ una persona.”

Aunque el poemario responda, ante todo, a esa mirada que se repite herida a lo largo del tiempo (“Y mira hacia su pecho/ mira/ esa asta que tiembla”, “Observa cómo ella se vuelve hacia sí misma”, “Escucha y mira ya/ lo hemos conocido”), a la que se añaden todos los matices emocionales de lo pictórico (”azul/ para lo puro y lo divino/ verde/ para la compasión/ rojo para el amor para el pecado/ negro/ la vejez que sostiene”), también contiene en él la reflexión sobre el sentido de nombrar en medio del dolor. En esta dirección, la poeta reconoce no sólo la insuficiencia del decir, sino incluso la total imposibilidad de hacerlo o su falta de sentido pues, al final, está el fracaso, “las palabras/ como si fueran/ nada”.

El poeta se encuentra siempre en su escritura con la experiencia límite, la del silencio, la de la falta de capacidad de la lengua para decir lo incomprensible, y también la imposibilidad de hacerlo ante tanta soledad: “Lo que más me obsesiona/ es tanta soledad”, concluye la escritora en uno de los poemas. La única posibilidad del encuentro es en la identificación total de la carne. Hay que entrar en el dolor corporalmente, hay que habitar a los que sufren, penetrar hasta sus vísceras para poder alcanzar la comprensión: “Entra hasta/ su estómago. Deja que/ te digieran. Hazte carne en su carne/ sé/ lo que quieren decir”, escribe la voz coral en el Oratorio.

El poemario recoge todas las posibles formas del dolor, la de la madre, con la forma de un pozo ya sin estrellas (“En el pozo/ escuchabas/ respirar a los astros/-qué nuevos/ animales/ en esas aguas negras-“); el del hijo confundido con el de María (“Amar/ y desmayarse. Sangrar/ y desmayarse./ Amar/ como morir// y desangrarse”); el de María Cleofás (“¿Puede/ el brillo de un cadáver/ iluminar la noche?”). También se muestra el daño del sujeto lírico: (“Ser yo/ ese cadáver”).

E, igualmente, el tiempo se muestra en el poema herido de muerte. El antes y el después entrechocan y producen un destello que abrasa a quien contempla, -cuadro, poema o vida-, con esa consciente ausencia de comas y de puntos, con esa sintaxis descuajada que nombra la quebradura corporal y sentimental y deja derramarse en vertical los versos: “Tú eras el amor todo se abría/ todo/ bebía de tu luz. Ahora este cadáver/ que/ hay que enterrar/ este despojo/ que/ se nos cae de las manos.” Es como si la forma de los versos escenificase el significado del poema. Una estructura que busca ir más allá de la razón, porque la palabra no vale, no sirve, no dice, no comunica, sólo establece distancia ante una grieta que hace clamar al sujeto lirico: “no te puedo/ decir/ quiero sólo/ romper/ esto que/ nos separa”.

Todo está embebido en la contradicción, la luz, el mundo y la belleza entrando por un resquicio, siempre insuficiente, “lo ligero en lo denso”, “un lirio en el estiércol”…También el horror y el perdón, la luz y la oscuridad, el amor y la bestia…, y a pesar de ello, la poeta no puede evitar escribir inútilmente anhelante: “Quién se atreve a decir que todo está cumplido”. Y uno recuerda triste y se pregunta con Hölderlin: “Y para qué poetas en tiempos de penuria”. Aun así, el poeta no puede renunciar a su misión de profeta, aunque siempre tenga la certeza que no fue suficiente: “lo que digo es más grande que yo”, se reconoce en un verso.

El poemario “Descendimiento” de Ada Salas es hermoso, incluso nombrando intensamente el dolor, o quizá por ello. Está escrito como si se caminara sobre cristales rotos y astillados, y uno tiene siempre la sensación de que algún fragmento se le clavará en los ojos, y de que será imposible a lo largo de su lectura no sangrar. Pero también da cobijo a la esperanza y a la ternura que se muestra, entre otros momentos, en esos diminutivos afectivos que con tanta intensidad expresan la desolación de la madre: “El sí es un puñalito/ abriendo una granada/ para siempre”, o el de los amigos que acompañan a Cristo: “Y con esta lengüita yo voy/ a limpiar esa sangre”.

Escrito con un hondo lirismo y con una enorme sensibilidad, “Descendimiento” es un libro profundamente desgarrado. Al final, el lector sospecha que ese descendimiento no es sólo el del cuadro, tampoco el de aquel momento único y permanente que lo inspiró, sino que es esa caída que está constantemente repitiéndose en cada momento de cada vida. Al final, el lector sabe con certeza que, como en el poema de John Donne, las campanas también están doblando por él.

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