CUADERNO DE CAMPO

April 5, 2019

Como la propia vida, Cuaderno de Campo de María Sánchez es un poemario quebrado y difícil. Como la propia vida este poemario, publicado por La Bella Varsovia, regala al lector hermosos destellos que, hallados al mirar hacia el pasado, se reflejan en el presente e iluminan el futuro. Es un poemario sorprendente, en el sentido literal y afectivo de este adjetivo, que proyecta sobre el objeto al que se atribuye tal cualidad, la reacción del individuo que lo contempla o utiliza. Uno abre ese espacio donde se van tomando anotaciones sobre los trabajos de campo realizados y pendientes, y lee y se encuentra con algo distinto: primero la idea, plasmada como una luz sobre el lienzo de la página. Luego los versos, como pinchazos, con un léxico desacostumbrado y que por ello resulta profundamente lírico. Hecho de contradicciones: despellejar y delicadeza juntos; gallinas y nanas, también… y tantas otras palabras que no suelen coincidir en el mismo discurso, y que abren el lugar de la voz poética al desgarro de la vida en la naturaleza. Quizás porque la poeta no ha renunciado a lo que es al escribir. Porque solo hay transparencia en Cuaderno de campo y a veces la realidad es cruda.

La mirada de esta poeta, de profesión veterinaria, suma así esos dos polos. La vida en el campo, con su intensidad y también con su lirismo brusco. Entre la naturaleza discurre el día a día, con su crueldad y también con su poesía que, al final, está en los ojos de quien la mira: “Algo así tiene que ser el hogar: /Oír fandangos mientras las ovejas van tras sus corderos”. En la poesía de María Sánchez, igual que hiciera San Francisco (así lo dice en un poema) el sujeto lírico hace callar a los pájaros y a las alas de la mariposa, para que se la escuche a ella. Porque es necesario y, sobre todo, urgente que el lector escuche lo que tiene que decirle. Y lo hace apilando ideas, impresiones, sensaciones, con una sintaxis acumulada que se va rompiendo a medida que avanza, sin comas y sin apenas puntos en muchos textos. En este sentido, es significativo el poema “Carta al padre”, nada kafkiano pero sí, probablemente, freudiano, en el que se van aglutinando aceleradas palabras, ideas, normas, sintagmas, recuerdos, mediante el recurso de la asociación automática: “No manches la piel al desangrar el cordero si/ del error nace la belleza al pasar la aguja en el/ silencio se hace el grito hombres de sangre y/ tierra nunca lloran mejilla quemada de hacerle/ sombra la voz de la casa torciendo al limonero/…”

En un poema escribe la voz poética su biografía: viaja desde la palabra, cruza por la montaña, avanza por un halo de luz y llega al destello que surge de la escritura. En otro, nos transmite los diez mandamientos que le enseñaron, duplicados según se miren desde un lado o desde otro (“Yo lo aprendí así” y “Me lo contaron así”), con normas que protegen para que no hagan daño al hombre, y que han de regir la vida en la naturaleza. En ese decálogo sólo se permite emplear las palabras “dolor” y “daño”, en sus últimos mandamientos. También se deja sentir la mano humana, que introduce en la carne la ternura, aunque igualmente el quebranto, las vísceras y la ferocidad: “se dejan acariciar por las mismas manos que/ confían en la cirugía y en la terapéutica; por las/ mismas manos que realizan el sacrificio y el de/ sollamiento”. Significativa fracción visual esta última, por cierto.

También, ya lo he adelantado, escribe cartas. Una al padre en forma de prosa lírica amontonada. Otra a la madre, con versos con el ritmo de una barca sobre el agua. La de él comienza con la orden. La de ella, incluye en el primer verso las palabras del amor. La de él enseña. La de ella ayuda. Representa, así, esa duplicidad de funciones familiares de las familias de antes, vigentes en muchos lugares todavía. También escribe al hermano, “hijo ternero con voz de pájaro”. Comparte con él igual destino: “sólo heredamos/ los síntomas y el frío,/ el cuerpo punzante,/ la misma lástima en las manos”. En esta genealogía, que mezcla el afecto humano conocido con el sufrimiento animal extraño, aparecen además los antecesores del linaje. El abuelo sutura animales y familia: “Era esto lo que siempre querías, tenernos a to-/dos en la misma casa”. Enseña a los nietos las verdades aprendidas en el campo, poderosas, que unifican toda la vida en torno a ellas: “Ahora que no sabemos diferenciar/ la voz del mugido/ el pasto del alimento/ aquí nosotros,/ aquí tus vacas,/ abuelo”. Quizás sea el momento de decir que la autora dedica esta obra “A mis abuelos”.

En el cuaderno en el que se va tomando nota de todo lo que sucede asimismo se da cobijo a la palabra y al pensamiento que gira en torno a ella. La palabra sirve, así, para registrar, para anotar, para contar. “Sólo hay una forma correcta de llevar un registro de aves”, señala la escritora. Esa dicción, mecánica y frecuentemente fría y distanciada, está siempre al lado de la caricia, que simboliza la piedad: “así la palabra pecho, así la palabra nido/ así esta sucesión de manos que han pasado/ siempre por la misma parte de mi cuerpo po-/ dría constituir una narrativa;/ no una sucesión de gritos, no una sucesión de/ espacios”. Esa narrativa obsesiva reproduce lo aprendido en los libros (“soy incapaz de responder si me preguntan: señorita, diga la región exacta, concreta, única, señorita, dígame todos los nombres correctos de vasos y venas, ganglios y linfa, músculos y grasa”), y a ella añade lo asumido en la experiencia de quien vio a sus antepasados tratar con animales (“y no soporto que escribáis sobre vísceras y venas sin haberlas tocado”.)

Luego, por último, está siempre la muerte, que espera quieta, encogida, buscando un lugar difícil para hacerse presente. La poeta se declara “la tercera generación de hombres que vie-/ nen de la tierra y de la sangre”. Una mujer que sigue el camino abierto de sus mayores, y que quiere seguir también el de los animales que mueren, porque ella siente cómo le hablan y se identifica con su dolor: “Pero yo sangro. Animal o mujer hecha de sueño/ y lágrimas”.

Termina el libro con una sentencia que contiene, como todo el poemario, una gran verdad. Uno es del mar o de la tierra. Y si procedes de esta última, se te reconocerá por la señal, que es cuchillo y hambre: “AQUÍ/ a los que no ven el mar/ se les reconoce/ porque siempre/ llevan/ una espiga/ clavada/ en el pecho”. De las múltiples maneras en que puede darse forma a la memoria y el agradecimiento, María Sánchez ha elegido la poesía en su más sincera expresión de la identidad conforme en la que uno habita cuando es un todo con su origen. Cuaderno de campo es un poemario duro, pero hermoso. Hacía mucho tiempo que no recordaba al primer John Berger, grandioso, de su trilogía rural, y este libro me lo ha evocado en toda su humilde grandiosidad. Confío en que sea el primero de muchos que, sin duda, vendrán para nombrarnos esas verdades del pasado a las que les hemos dado la espalda, y a las que ya no queremos mirar de frente por miedo a que nos resulten excesivamente dolorosas.

 

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