MEMORIA DE LA NIEVE

April 27, 2019

Memoria de la nieve de Julio Llamazares se ha convertido en un clásico tal y como consideraba a estas obras Italo Calvino, es decir, un libro que constituye una riqueza para quien lo ha leído y amado, pero también de manera no menor para quien lo lee por primera vez en las mejores condiciones para saborearlo. Y, aunque yo soy de los primeros, envidio a los segundos, porque palpita todavía en mi memoria la conmoción que me produjo hace años su lectura inicial.​​

Esta obra se publicó por primera vez en 1982, después de que su autor ganara el premio de poesía Jorge Guillén, organizado por el Consejo General de Castilla y León. Después la editorial Hiperión volvió a publicarlo en un libro que sumaba La lentitud de los bueyes, poemario primero de Llamazares, con Memoria de la nieve, reunidos ambos en un solo volumen. Finalmente, una edición última, anterior a la que hoy reseñamos aquí, corrió a cargo de nuevo, en 2009, de la editorial Hiperión, bajo el título de Versos y ortigas, volumen que volvía a reunir a ambas obras y les añadía algunos poemas inéditos del autor.

Casi cuarenta años después, ahora es Nórdica Libros la que acaba de publicar una última (por el momento) edición, hermosísimamente ilustrada por Adolfo Serra. Todo un acierto. En ella nos volvemos a encontrar con unos versos que de nuevo nos nombran la memoria en la forma simbólica -y real- de la nieve: “Mi memoria es la memoria de la nieve. Mi corazón está blanco como un campo de urces”, comienza el poemario.

En largos versos libres, el poeta va desgranando la evocación de su infancia, cargada de melancolía. Lo hace preguntándose por el pasado perdido: “¿Dónde encontrar ahora el amargor del muérdago y el agua?/ ¿Dónde la ocultación de las leyendas y los bardos?” Y también bautizando los signos doloridos que la habitaron: “desolación”, “amargor”, “desposesión”, “tristeza”… Pero sobre esa oscuridad que impregna lo vivido se impone siempre lo blanco, un paisaje indeleble, porque ha quedado tatuado en el recuerdo: “Este es un paisaje de miradas de nata y tejados helados./ Es un paisaje helado e indestructible.” Y sigue: “Como si todo fuera igual. Como si no hubieran pasado/ tantos años.” Porque el tiempo parece dejar sobre lo que se vivió una pátina de melancolía que cala todo el poemario. Y que aún hoy, décadas después, continúa mostrando a quienes se acercan a la obra aquella impresión inicial que le produjera al primer lector.

Hace unos años RTVE realizó una serie de programas encabezados por el título “Esta es mi tierra”, en los que de la mano de un escritor y de su obra, se iban recorriendo distintos territorios españoles. León le correspondió a Julio Llamazares. En aquel episodio el escritor relataba cómo el paisaje le había condicionado la vida. Defendía la existencia -igual que ocurre con el lenguaje- de un paisaje materno, aquel en el que se aprende a ver el mundo, y que en el caso de un escritor le influye en toda su obra. “En mi caso -afirmaba Llamazares- está muy claro que tiene una importancia fundamental en mi vida y en mi obra la nieve y el frío. Esa nieve que se va derritiendo poco a poco, como la memoria que se lleva los recuerdos”.

Esa es, en esencia, la clave de este libro. El poeta sostiene que “hace ya mucho tiempo que camino hacia el norte, entre/ zarzas quemadas y pájaros de nieve”. Por eso escribe, por eso sigue nombrando en forma de libros lo que fue, y hoy solo es añoranza helada: “Les digo este relato para ahuyentar el frío”. Un frío que ya no es el del paisaje ni el del tiempo, sino que tiene que ver con esa sensación de estar ya siempre alejándose de todo lo que amamos cuando éramos pequeños, y de lo que, según van pasando los años, nos vemos privados: “Recordaré esta noche aunque nunca regresen”.

La nieve ocupa el corazón helado de quien la vio en el pasado y sigue viviéndola como una noria que diera vueltas, obsesiva, eternamente. La nieve, símbolo -además- de lo puro que tanto ha inspirado a los escritores. Sólo hay que recordar aquella imagen impactante que queda grabada para siempre en la pupila de quien ha podido imaginarla una sola vez, la de un hombre caído sobre la nieve. Negro sobre blanco. Robert Walser, muerto el día de Navidad de 1956 sobre el frío que tanto amó en su retiro en el manicomio de Herisan, donde pasó sus últimos años y donde había escrito: “El frío es para mí un fuego abrasador, indescriptible”; o ese “reino de la blancura” del precioso villancico de José Hierro en Central Park; o aquella lluvia de copos que emocionó a Tsvetáieva y de la que escribió: “Y en la única ventana,/ nieve, nieve, nieve”; o ese viaje profundo de Peter Matthiessen en el que afirmó que “jamás un copo de nieve cae donde no le corresponde”; o el “farol de la oscuridad” de Eugenio de Andrade; o el canto asombrado de Xuan Bello, muy cercano a la mirada de Llamazares: “No se concibe que algo tan simple puede producir el milagro y se sigue calle adelante, camino de una vida donde la nieve, copo a copo, se deshace”; o, cómo no recordar El crujido de la luz de Antonio Colinas, donde comienza rememorando: “Cuando, tantos años después, cerraba los ojos para arrancar de su interior lo más esencial del pasado, lo más esencial de su vida, surgía el resplandor de la nieve”. Y tantos otros en los que, ante este radiante fenómeno meteorológico, los ojos del hombre se sitúan en el espacio intermedio entre el asombro y la aceptación del milagro.

En Llamazares ese idioma de lo blanco y de lo frío establece con el escritor una profunda intimidad, como la de los cuerpos que se aman y también, el mismo diálogo trastornado, “lenguaje helado y gris que sólo yo conozco”. Termina el poemario con esa anáfora deslumbradora, obsesiva y desolada: “Solo estoy, en esta noche última, coronado de cierzo y/ flores muertas.// Solo estoy, en esta noche última, como un toro de nieve/ que brama a las estrellas”.

Yo que amo profundamente los libros, que colecciono libros extraños sobre temas extraños, quizá porque todos me hablan de lo mismo: de los pájaros, de los árboles, del silencio, de la nieve…, cuando me vuelvo opaca a los mensajes hermosos que emite el mundo, no por el mundo sino por mi propia oscuridad, vuelvo a ellos, los abro y cualquier párrafo me reconecta o me reinicia, y retorno a escuchar la música que todo lo sostiene. Memoria de la nieve es, de entre ellos, uno de los más eficaces, pero sobre todo, para mí, uno de los más amados.

 

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