SEÑOR DE LAS PERIFERIAS

Hay maneras poderosas de contar la verdad. Ninguna vida puede ser narrada en su plenitud de detalles, por eso el biógrafo escoge los momentos que él considera relevantes de una vida, y en esa opción también se construye a sí mismo. El cronista que posa la mirada literaria sobre la existencia ajena permite, en ese sentido, mayor plenitud que si optara por la pura biografía histórica.

Jesús Montiel, poeta por antonomasia, muestra en su último libro Señor de las periferias, publicado en la editorial Pre-Textos, cómo llevar la atención lírica al relato de una vida ya de por sí profundamente poética. Ha escogido para ello como objeto de su contemplación lúcida al escritor suizo Robert Walser, interesantísimo -y sobre todo muy verdadero- para cualquiera que ame la poesía, tanto como escritor como en su faceta personal.

Jesús Montiel divide en cinco capítulos el libro, cada uno de los cuales contiene un fragmento de la vida del escritor, desde la infancia (“Un niño es todas las edades”), hasta la muerte (“Un truco de magia”). De esta manera, ya desde el inicio se revela la apuesta autorial por el enfoque creativo. Tan importante es lo que se cuenta, como la manera de contarlo. Discípulo y heredero estilístico de Christian Bobin, Jesús Montiel coincide con él en el don de la palabra, límpida y acendrada de emociones intensas. “Cada muchas literaturas la historia alumbra un niño ensimismado que pasará entre los suyos como una anomalía”, comienza el libro. La infancia primero como desposesión (“lo que nos falta, más que lo que tenemos, es lo que nos edifica. Lo que edifica a Robert Walser es el hueco, lo que no se ha colmado”).

Se entrecruzan los acontecimientos con la reflexión lírica de Montiel sobre ellos, hermosamente. El lector desea avanzar, saber no tanto lo que se aconteció a Walser, como conocer los sucesos tamizados por la tinta fulgurante de Montiel: “Una madre es una cabaña con vistas a la ternura”, escribe relatando los primeros años de Walser. “Pero ella tiene los muros endebles, no da calor ni protege de la inclemencia”, continúa. Así se va haciendo el niño con el daño, también el futuro hombre, frágil, roto…, y después, llega la muerte de la madre. Y también adviene la vocación por la palabra, a la que uno no puede evitar responder. Es la rama y también el canto de un pájaro que aprende a volar. En un mundo fragmentado y con heridas, igualmente es una forma blanca de salvación: “Un niño sensible vuela nervioso, busca un lugar donde posarse. No conseguirá descansar en ninguna rama del mundo: amistades, dinero, profesiones. Una tarde caerá sobre una hoja de papel. Entonces cantará con la alegría de los ruiseñores. Habrá encontrado su nido.” Termina la primera parte.

Comienza entonces a ser “Un cero a la izquierda”, como se denomina este segundo apartado, donde se recoge la juventud del escritor. “Su corazón no es nunca tibio: o arde o se congela”, así es su naturaleza, y así también aquello que escribe. Cambia de trabajo y en todos ellos ensaya su intemperie. En todos ellos anhela encontrar ese sendero, ese, que le conducirá al futuro que le corresponde; “La escritura es celosa, no admite compañía”, señala Jesús Montiel. Y de este modo se inicia su camino. “Ven a triunfar conmigo” es el título de la tercera parte, su ingreso en la vida literaria. Le aburren las reuniones literarias, los críticos, las amistades por interés. Sufre en las lecturas, en los recitales. “La literatura es una soledad, una mesa, un papel en blanco y mucho tiempo sin hacer nada importante”, defiende Jesús Montiel, hablando tanto de sí mismo como de Robert Walser.

Avanza el libro al ritmo de la vida. “Una ruina es un cimiento”, titula el autor el siguiente  apartado. Jonás y su destino lo inician como una lúcida alegoría que habla de un destino que te agarra y te lleva hacia donde está escrito que deberás ir. “Como un profeta, un pájaro pía sobre las vías del tren: Robert Walser”. El fracaso le espera con los brazos abiertos, primero en Berlín, después en Biel mientras espera poder dedicarse profesionalmente a la escritura. Cartas a editores, el desánimo posterior, el desencanto, el alcohol, la ruina… “La sociedad del espectáculo no soporta el fracaso. Nadie enseña a fracasar”, escribe Montiel y sigue. “el fracaso es el nido donde debe madurar para alcanzar el vuelo”.

Y Robert Walser acaba volando. “Un truco de magia”, denominación con la que se bautiza a la última parte del Señor de las periferias, relata la etapa final de la vida del escritor, la de la enfermedad mental. Del sanatorio de Waldau hasta el de Herisau el protagonista realiza el viaje de la sensibilidad desmesurada y su daño hasta la contemplación y su sliencio. En este último encuentra la dosis de paz necesaria para respirar. Camina y mira la nieve. “Caminar así, desafiando la agenda, es pura revolución” sostiene Montiel. “Cuando camina, todo cobra protagonismo y él desaparece”.

Anda sobre el frío y sobre el blanco cada día, y escribe también sobre un páramo hecho de hielo. Había anticipado ya su fin deseado en la obra Los hermanos Tannen. Esta le llega el día de Navidad como un regalo. Finalizando un rastro de huellas está su cuerpo caído, como un quieto mirlo cansado sobre un campo de nieve. “Nunca un hombre se ha parecido más a una mota de polvo”, escribe Jesús Montiel quien, precisamente hace unos años, en un poema titulado “Hogar”, perteneciente al poemario Memoria de pájaro (XXXI premio Hiperión) había escrito: “No hay nunca habitación en los lugares:/ hogar solo es otro/ que siempre abre la puerta a nuestro barro.” El hogar que nunca llegó a tener totalmente en vida Robert Walser estará hecho en su momento final de una cuna de nieve, y de su nana de viento frío. Detrás, un reguero inmenso de palabras que habrán vencido al tiempo.

 

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