MIS FANTASMAS

May 10, 2019

El escritor Juan Pablo Zapater, autor de obras tan memorables, como La coleccionista, premio Loewe a la creación joven (Visor), o La velocidad del sueño, premio de la Crítica Literaria Valenciana (Renacimiento), acaba de publicar Mis fantasmas, XLV Premio Ciudad de Burgos, en la editorial Visor.

Mis fantasmas es un poemario que se articula en tres partes, cada una de las cuales se centra en uno de los grandes temas de la existencia: la vida, el amor y la muerte. Poesía elegiaca, reflexiva, profunda y hermosa. En ella se pueden encontrar tratados prácticamente todos los asuntos que importan al hombre, y se ha hecho en poemas cuidados, con un gran dominio del lenguaje. Así mismo, en el libro no faltan imágenes poderosas, un profundo ritmo, mucha inteligencia y hasta, en alguna ocasión, ciertas dosis de un sutil humor matizado intensamente por la nostalgia.

Son, como se ha señalado anteriormente, poemas que hablan de asuntos variados asociados al paso del tiempo y sus consecuencias, como, por ejemplo, el primer poema que habla de la juventud perdida. En él la estructura refuerza la impresión de huida del tiempo y la alegoría asociada a ciertos relatos de la infancia consigue ahondar en él en la sensación de pérdida: “Inesperadamente/ la juventud tomó cualquier camino/ y se extravió de mí.// No confío en su vuelta,/ tengo buenas razones/ para creer que el tiempo, lobo infame,/ la devoró en el bosque del espejo.”

Pero si algo caracteriza la obra de este poeta valenciano es su madurez expresiva y la riqueza verbal y de símbolos que emplea en sus poemas. Expresiones hechas que rescatan su origen alegórico para hablar de lo importante, de esos momentos de la vida que nos han hecho ser: “Modelado en el tono de una madre/ por los líquidos dedos del silencio/ naciste siendo un cántaro vacío,/ un hueco virginal donde alguien puso/ el instinto del barro por llenarse.”

Empleando la memoria como hilo conductor, la primera parte titulada “Apariciones” se articula en torno a las reflexiones líricas en relación a la vida. En ella se nos regalan relatos visuales hermosos, a veces cargados de añoranza, como si fueran imágenes fijas que se contemplaran desde lejos, iluminadas por la emoción de quien las recuerda y dialoga con el niño que fue: “y me trae las ventanas luminosas/ orientadas al este,/ a mi padre sentado en su butaca/ con traje azul marino/ releyendo un periódico a la espera/ de que obre mi madre ante el espejo/ el sencillo milagro de volverse/ más bella todavía.”

Un otoño que se marcha, un sauce que es “estatua de la pena”, dos náufragos en los que se ha estancado el tiempo, el pan bendito sobre la mesa familiar… y tantas cosas bajo las que late una profunda melancolía por lo que se marchó (“Confusa ceremonia la de ir envejeciendo,/ la de andar estirando poco a poco/ los días que se acortan,/ mientras vas descontando una por una/ las noches que se alargan”). Pero también la luz que ilumina aquellos recuerdos, y también el presente esperanzado (“Cada día supone/ una pequeña y deslumbrante vida”).

“Presencias” es el título que agrupa los poemas que constituyen la segunda parte del poemario. En ella se despliegan -como mantel precioso- los poemas que hablan del amor. De nuevo, la mirada plástica poderosa transmite la fuerza de la emoción y de la escritura del poeta: “El amor es a veces/ una ruleta rusa,/ el tambor de un revólver que da vueltas/ con una sola bala”. Amor como destino o azar, como esperanza, como posibilidad en la escritura (“Sabré por fin que es ella/ cuando se haya marchado y en la página quede/ la marca de sus labios a los pies del poema”), y tantas otras cosas. Lo que pudo ser y no fue, y que ahora vuelve para preguntarse qué hubiera pasado, anudado en imágenes como látigos, el carro de la infancia lleno de dulces, las nubes que no llegaron a descargar su agua contenida, los versos que se quedaron sin llegar a ser, y el tópico clásico del tren que divide la vida en dos andenes en los que los amantes, separados, ya no pueden volverse a encontrar, la dualidad o la belleza (“La belleza es casual, como un incendio/ que arrasa cuando menos te lo esperas/ el bosque de tus ojos”), la pasión…

Todos los rostros del amor y de la amada se presentan como un lienzo impresionista en el que, a modo prisma poliédrico, el sentimiento adopta las variadas formas afectivas que puede contener un ser sensible. Y también en ellas se cuela la tristeza y su nudo de tiempo desplegado: “Es verano y caminas/ tan huérfano de amor como a los veinte”. Y la madre huyendo lentamente de la memoria, pero presente, en un poema que toma su acertado título del cine: “Fundido en negro”. En él se acumulan las anáforas con toda su insistencia, deslumbradoras y tristes, para sumar en ellas los momentos de ausencia, de olvido y de añoranza: “Cuando la densa niebla se hace fuerte (…) Cuando cada vez más y más veladas/ aparecen las fotos de otro tiempo (…) Cuando pierde la música su magia (…) Cuando unos ojos claros, diminutos,/ nos miran (…) Cuando ya eso ha llegado y todo sueño/ es un fundido en negro, me pregunto/ quién hurga cada noche en los cajones/ que guardan la memoria de mi madre/ y roba impunemente sus recuerdos”.

La tercera parte, “Visiones”, habla de otra imagen de la muerte, aquella que tiene que ver con el paso del tiempo y lo que arrastra: “cada día que vuela/ es un pájaro menos” sentencia Juan Pablo Zapater. En ella se construyen una colección de metáforas que unen la mejor la tradición a la más creativa originalidad. Entre ellas, la del ajedrez: “su instinto ya lo habría resignado/ a entablar y perder toda partida/ de ajedrez que disputa con la muerte”; la de la danza: “ese baile sin música y sin pasos ensayados”; los lobos que acechan: “Yo conozco sus nombres:/ el tiempo y el olvido, el dolor y la muerte,/ los lobos que me acechan”; la muerte como infante: “que la muerte es un niño amamantado/ por la leche materna de la vida”. La luna, la batalla, la playa vacía…, entre otras de sus variadas formas.

Pero en ella también se rescatan los logros que adicionó el hombre es su paso por la vida. No todo es pérdida, también hay aceptación. De nuevo, la gran conquista del poema tiene que ver con la suma entre emoción, palabras y mirada: “El alma es el país del sueño eterno/ donde todos nacemos y al que todos/ sabremos regresar con nuestros muertos”.

A un poeta le hace ser lo que contempla, y también aquel modo de nombrarlo. A un poeta le hace ser la forma en como filtra el mundo en su pupila, mas también la manera en cómo lo despliega sobre el folio. A un poeta le hacen ser aquellas cosas que le unen a la tradición, y también las que le separan y le nombran único. A un poeta, en definitiva, le hacen ser aquellos objetos que decidió iluminar en sus poemas, y también los que volvió opacos con su sombra. Y tantas otras cosas. Juan Pablo Zapater es un poeta que acumula en su obra todos esos dones. El libro que hemos reseñado aquí, Mis fantasmas, tiene todas las cualidades de la mejor poesía. Léanlo, y saldrán de él crecidos y alumbrados.

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