LEYENDAS DE TRADICIÓN ORAL EN LA PROVINCIA DE SALAMANCA

May 17, 2019

José Luis Puerto acaba de publicar un libro poético no con palabras suyas, sino con las palabras de la tradición. Lo hizo hace unos años en León y lo ha vuelto a hacer ahora en Salamanca: ha recogido las leyendas de tradición oral de la provincia en un libro importante que pasará a formar parte ya de nuestro acervo bibliográfico al enlazar con eslabones tan señeros como las obras de Luis Cortés o César Morán, por citar dos de los grandes. No es casual, en este sentido, la cita del historiador Huizinga que abre el libro anticipa la visión del autor: “En cualquier forma que el mito nos haya llegado a nosotros es, siempre, poesía”. Mas si el historiador parte de la poesía, el novelista puede acabar llegando a la verdad. Hace un cuarto de siglo el libanés Amin Maalouf escribió La Roca de Tanios, una hermosa novela en la que se acercaba a cómo se originan las leyendas. En ella, el narrador concluía con esta afirmación “¿No había buscado yo la verdad más allá de la leyenda? Y cuando creí alcanzar el corazón de la verdad, estaba hecho de leyenda”. Así de evanescentes resultan las apariencias.

Como poeta que es de lo frágil y de lo que se halla a punto de fracturarse, como poeta consciente de lo importante que es lo callado, José Luis Puerto ha ordenado este hermoso cancionero de lo atemporal que constituyen las leyendas de tradición oral de nuestra provincia. De la mano de la palabra dicha y transmitida de unos a otros hombres y mujeres el autor despliega ante nosotros el mundo rural (en realidad rural fue todo el mundo hasta hace apenas unas décadas) en su totalidad. Solo la lectura del índice ya prefigura lo que de enciclopédica tiene esta obra. “El cielo, el cosmos, el tiempo” recoge, en un primer apartado, las leyendas vinculadas al cielo, el sol, la luna, las estrellas, las nubes, el arco iris, el viento, la tormenta y el rayo. Qué poco pensamos en que durante milenios en la evolución humana los cielos lo fueron todo.

Un segundo apartado es “La tierra”, y en él se relatan las leyendas que hablan de los nombres, traslados y límites de los pueblos, de las fundaciones sagradas (iglesias y santuarios) y profanas (castillos y palacios), las piedras y montañas (muchos años después, ante el libro de José Luis Puerto, la autora recordó aquella tarde a principios de los 90 en que su amiga maestra, Inés Pérez, la llevó a conocer La Peña), simas, tesoros y lugares desaparecidos, castros y, pero no menos importante, campanas. El aprecio que este poeta tiene por las campanas es digno de mencionar. Podría resumirse en algo que escribió hace años una discípula del arqueólogo Gordon Childe acerca de que a veces pensaba que era mejor no descubrir las cosas, no darlas a conocer, por si en el futuro venía una generación incapaz de conservarlas. Las campanas podrían resumir todo el afecto que José Luis Puerto siente hacia el mundo en su totalidad que se contiene en este libro de leyendas.

De un modo parecido a como también observó la evolución de la palabra en el paisaje otro de los eslabones de la tradición a la que antes hemos aludido, mi profesor don Antonio Llorente Maldonado, cuando estudiaba la toponimia salmantina, José Luis mira lo que pasa desapercibido y descubre la claridad donde otros ven costumbre. No basta con ver y oír; al poeta le define la mirada y la escucha. Desde esta perspectiva, es preciso convenir en el hecho de que el poeta, en este libro, más que escribir, ha -sobre todo- escuchado a quienes habitan los lugares, ya sean naturales o humanos. Y luego él ha dispuesto lo relatado según los temas, hasta cartografiar la memoria de la provincia extraída a través de lo narrado por cientos de informantes de más de doscientas localidades salmantinas. La riqueza que todo esto aportará –en realidad la viene aportando desde hace años– a sus versos es incalculable. El lector de José Luis sabe desde siempre de su hermanamiento con la tradición y de los puros manantiales en los que siempre ha brotado su poesía.

Precisamente el agua con todas sus manifestaciones en el paisaje (fuentes, canales, ríos, lagunas y charcas, y aguas termales) da la excusa para agrupar en un tercer bloque las leyendas orales recogidas en torno a este tema. Incluso los ahogados, como una consecuencia del agua, tienen cabida en la memoria de los informantes. La naturaleza ocupa un cuarto grupo de leyendas, y en ellas se dibuja el imaginario colectivo de la provincia acerca de las propiedades mágicas de las piedras (la denominada piedra del rayo, por ejemplo), las plantas y los árboles y arbustos.

Un quinto grupo de leyendas lo constituyen aquellas que están relacionadas con los santos y los héroes: imágenes religiosas aparecidas (de Cristo y, sobre todo, de la Virgen), relatos sobre héroes y santos, huellas impresas en las rocas, y otras varias. También las leyendas étnicas, sobre los pueblos vecinos, los moros, los franceses, los carlistas, y otros, tienen cabida en el libro en un sexto apartado. Y tras ellas, hasta formar otros cuatro bloques temáticos más, se disponen las leyendas que tienen relación con el miedo (personajes de lo más diverso que atemorizan a los niños, fantasmas y duendes, almas en pena); con el humor; con los animales, y, por último, los seres de la imaginación, fantásticos y fabulosos (ya sean gigantes, la mora encantada, brujas, ancianas legendarias, seres míticos y, como no, el demonio).

A través de la lectura de muchas de estas narraciones, el lector entronca con momentos de su vida pasada: recuerdos vividos, personajes evocados, expresiones escuchadas de idéntica o similar forma a como se narran aquí. Esta cercanía la siente el lector, sobre todo, si tiene ya una edad que le acerque al mundo tradicional (el que, por otra parte siempre ha sido en definitiva el real, hasta la llegada del mundo virtual en que vivimos las últimas dos o tres décadas). Sin duda alguna, por esta evidente pérdida de sentido para las generaciones jóvenes es más importante la salvaguarda –hermosa palabra tan del autor– que José Luis Puerto lleva a cabo con las leyendas recogidas en esta obra.

En la secular pugna entre las humanidades y las ciencias que tanta literatura ha dado desde hace tiempo se olvida con frecuencia, más allá de los debates metodológicos y el rigor con que se lleven a cabo unas y otras, una diferencia que a mí me parece fundamental. La mirada hacia adelante siempre ha empujado las velas de las ciencias hasta extremos cuando menos vertiginosos en las últimas dos centurias. Por el contrario, las humanidades se han preocupado siempre por ir recogiendo en la retaguardia a los heridos. El arte, la filosofía, la poesía nos salvan de nosotros mismos y de los abismos a los que la historia nos empuja. Este libro, a principios del siglo xxi y en un contexto tecnológico que no describo porque todos conocemos, preserva de algún modo buena parte de lo espiritual que nos ha hecho como somos y de lo que nos hemos ido alejando. Ignoro si algún día se podrá restituir pero si tal cosa es posible la base estará en libros-archivo como este.

Además, junto a lo que esta obra nos cuenta está el hecho importantísimo –cada día más– de cómo se cuenta. Esto es, el método de la tradición oral que José Luis Puerto nos ha traído aquí, porque su libro traslada al papel las leyendas y a aquellos que las relatan. Dice Bonifacio Sánchez Sánchez acerca del nombre del pueblo salmantino de Cabrillas lo siguiente: “Pues eso, que el nombre de Cabrillas pues deriva de eso, de las Cabrillas, las Cabrillas, las estrellas estas que llamamos, pues estas cosas.” Y además de la poesía que emana de un modo tan natural de las palabras del informante merced a la imagen del nombre de las estrellas para denominar el lugar, está el elemento especular por el que durante miles de años la especie humana se ha medido y reflejado en el universo mirando hacia arriba. Y hace incluso que una se pregunte quién tiene más derecho a nombrar un pueblo: si el erudito que ha leído y conoce la historia del territorio o el hombre o la mujer que ha habitado casi un siglo en el terruño, el monte o la ladera, en no pocas ocasiones sin alejarse de él más que para ir a la ciudad a comprar o vender aquello de que carecía cerca de su casa. Llegados a este punto hay que decir, por otro lado, que este libro da nombre, además, a cientos de personas que nunca pensaron siquiera aparecer en un libro. Y sin embargo ellos –con sus nombres y sus edades– son la tradición, ellos han mantenido y mantienen aún viva la llama de la vida tradicional. No me parece mala muestra del mundo globalizado y de autoría colectiva en el que vivimos hoy en nuestras redes sociales.

Ha publicado José Luis Puerto un libro que, sin ser de poesía, desborda poesía por los cuatro costados. Constituye lo más esencial de la otra parte del poeta que conocemos y que no es otra que el amor por el conocimiento de su tierra castellana y la necesidad por transmitirlo a los demás a través de su palabra. Un compendio extraordinario y maravilloso (en sus múltiples significados) que debemos agradecer al autor. Una enciclopedia poética que leer por cualquier página, escuchando las voces de nuestros ancestros. Algunos de los míos vienen de las tierras de Alba y de las Quilamas, y creo profundamente que cada persona se arraiga en origen complejo que va más allá de la familia más cercana. En cualquier caso, Leyendas de tradición oral en la provincia de Salamanca es una obra que proclama la fe en las palabras (y en ella sí que me siento arraigada), en la herencia ancestral de una comunidad natural en la que todos hemos crecido y cuyos ecos suenan en todo a nuestro alrededor.

 

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