Asombro


No se puede nombrar sin haber dado cobijo antes de iniciarse la palabra al asombro, ese don que abre las compuertas del decir verdadero:


“La admiración es la puerta del amor, es ya el amor mismo”[i].


La palabra entonces es una forma de piedad amorosa y de ternura, un abrazo que acoge en su seno todo lo que puede ser mirado en soledad.


“Cuando comprendemos que el asombro es la raíz del lenguaje, que la opción de estar solos ha de tener también su dignidad.”[ii]


El asombro conduce siempre al silencio, es el silencio su tentación. ¿Cómo podría nombrarse el cortejo de lo bello, el enlace de la impresión de lo mirado sin traicionar en el nombre la emoción pura?


“Pero no puedes llegar con tu silencio a recoger lo que tus ojos rozan.”[iii]


A la vez, la mirada interior sobrepasa al mundo, excava en este hasta llegar al núcleo último de la realidad, a la que los sentidos solo alcanzan levemente, pues no consiguen desbrozar de su canto lo accesorio.


“En mis entrañas hay una noche/ que la noche no es capaz de contener.”[iv]


El asombro aturde amorosamente los ojos de los hombres.


“La primera visión, el don intacto/ de la materia aún no pronunciada.”[v]


Atiza en fuego sus palabras después de que se hayan parado a contemplar el mundo, con la certeza de que en su centro íntimo se contiene toda la verdad:


“Cortar en dos al mundo/ y encontrar cobijado en su nudo/ en plenitud de flor a lo sagrado.”[vi]


Es el origen sagrado del nombrar. Es el origen sagrado de toda creación... La luz lo cubre todo y la palabra se entrega a ese esplendor al que no se puede asistir ya sin canto, con la respiración vasta y onda de la que habla Borges[vii].


No es un don efímero el asombro, sino que una vez que llega lo hace para quedarse en el corazón del hombre. El universo contenido en el propio yo, en el asombro propio.


“El asombro es otra forma de amor.”[viii]


El hombre no se asombra, sino que dice el asombro.


“He dicho asombro donde otros dicen solamente costumbre[ix]”,


Y el hecho de decirlo genera el afecto. y se derrama como una catarata por sus ojos cuando asiste al milagro del instante, en los pequeños gestos del aire que se entrega sin finalidad en hechos leves que son símbolo de todo.


Cuando se rasga la unidad de lo acostumbrado, surge la claridad interior y la conciencia del misterio. La boca que sentencia lo que el alma siente, aunque no se pueda comprender con la razón.


Solo hay que estar allí, en el instante preciso de los ojos abiertos al milagro:


“Nada existe en el claustro. De repente/ alza su vuelo la paloma:/ nace el aire.// No es cosa de entender.”[x]


La escritura sirve, entonces, para expurgar de lo que es, lo que parece, para rescatar la vastedad del ser en lo nombrado. Y la poesía es el alfabeto nuevo con el que volver a hacer al mundo como un hontanar seminal del que surgiera transparente todo:


“habría que mirar/ el correr del río/ hasta que nos lave los ojos del propio reflejo/ hasta permear su transparencia,/ hasta desnudar la mirada”[xi].


Palabra posterior al asombro, que corre el riesgo de dejarlo escapar cual agua entre los dedos…


La realidad y su emoción siguiente se imponen como un relámpago en la noche. Su nombre viene después como si fuera un cuenco en el que la realidad rebosa, en el comprobamos certeros la imposibilidad de contener en él el estremecimiento de la piel, su espasmo de vida ante los ojos:


“En el instante del relámpago vi tu rostro, en su fulgor helado te reconocí. Después llegaron las palabras, su eco confuso retumbando en la memoria. Pero ya era tarde.”[xii]


El rostro, lo primero, en el primer instante del encuentro entre el objeto y la mirada, como un golpe seco que se impone a la atención, soga vigilante que nos anuda al mundo.


La palabra la persigue, pero no puede recoger el agua derramada de su límite arbitrario, y este es el origen del poema, como un fluido que se derrama de todo aquello que pretende recogerlo, cobijarlo, limitarlo, atraparlo…


Siempre es mayor que la intención de quien escribe, de quien lee, de quien escucha.


El poema no puede ser enmarcado en las palabras que contiene y le contienen. Siempre fecunda sentidos que ensanchan la mera adición de términos.


Los niños presentan un estado inicial radical de apertura ante la realidad, todavía no moldeados por ella, todo lo que nombran lo hacen bajo el exaltado mirar en estado puro.


Sus imágenes no son aún un producto de la cultura, sino reflejos de la percepción no mediada, en la que no ha entrado aún el embrollo de los significados articulados por la multitud. En su decir se cobija el misterio, la trama inicial de todo.


Lo escribe acertadamente Xuan Bello: “A mí me ocurre lo mismo que a los niños y a los gatos: denme una grieta para asomarme y desde allí imaginaré que veo el universo entero. De alguna manera eso es la vida de todo quisque: una peregrinación hacia las fuentes de cada uno, una búsqueda incesante de un momento esencial que entrevemos donde menos lo esperamos y donde se descubre, con perplejidad encantadora, que el mundo al fin y al cabo solo es el destello de uno mismo”[xiii].


Esos instantes que dan lugar al prodigio y al poema salvan al hombre que los vive, fecundan en él un orden que afecta al sentido y a la relación con todo. Son como engastes de intensa realidad en la superficie caduca de la vida, es la percepción de que todo cabe en la escucha del hombre:


“Lo que mis ojos ven y lo que sueño,/ la luz de cada día, la extensión de las noches,/ el misterioso amor y el largo olvido,/ todo el dolor y toda la alegría./ En el pecho de un hombre cabe el mundo./ Lo inmenso en lo pequeño puede encontrar morada,/ y aún sobre mucho espacio”[xiv].


La palabra intacta entonces sale al encuentro.


“Porque en tu vibra entera todavía/ esa intacta emoción de la primera aurora,”[xv]


Hace del asombro una herida de los ojos frente al mundo.


Foto: Asunción Escribano

[i] D´Ors, Pablo, Entusiasmo, Barcelona, Galaxia Gutemberg, 2017. Ebook.

[ii] Sánchez, Basilio, La creación del sentido, Valencia, Pre-Textos, 2015, p. 97.

[iii] López Andrada, Alejandro, Los árboles dormidos, Sevilla, Algaida, 2002. Ebook.

[iv] Adonis, Epitafio para Nueva York, Madrid, Nórdica Libros, 2014, p. 91.

[v] Rey, José Luis, La luz y la palabra, Madrid, Visor, 2001, p. 94.

[vi] Escribano, Asunción, “Lo sagrado”, Salmos de la lluvia, Madrid, Vaso roto, 2018, p. 59.

[vii] Borges, Jorge Luis, “Yo anhelé alguna vez la vasta respiración de los psalmos”, Prólogo, Elogio de las sombras, Barcelona, Penguin Random House Grupo Editorial, 2011. Ebook.

[viii] Rivero Taravillo, Antonio, El bosque sin regreso, Sevilla, La Isla de Siltolá, 2016, p. 20.

[ix] Borges, Jorge Luis, “Casi juicio final”, Poesía Completa, p. 56.

[x] Praena, Antonio, “No es cosa de entender”, Yo he querido se grúa muchas veces, Madrid, Visor, 2013.

[xi] Mujica, Hugo, El saber del no saberse. Desierto, Cábala, el no-ser y la creación, Madrid, Trotta, 2014, p. 20.

[xii] Arginzonit, Beñat, Oscuro animal celeste, Bilbao, El Gallo de oro, 2016, p 31.

[xiii] Las cosas que me gustan, Zaragoza, Xordica, 2015, p. 100.

[xiv] Sánchez Rosillo, Eloy, Oír la luz, Barcelona, Tusquets, 2008, p. 137.

[xv] Gallego, Vicente, El sueño verdadero, Madrid, Visor, 2003, p. 149.