Creación


El mundo no existe antes de ser nombrado. Su mera denominación genera su existencia.

Antes, el caos, la indefinición de los perfiles luchando por salirse de sus bordes, por delimitar su existencia con palabras.

Las palabras adiestran a las cosas para que sean lo que son. Los sonidos domesticados dicen mucho más de lo que dicen, se multiplican, generan nuevas realidades y enfocan las existentes bajo una mirada diferente.

El léxico hace ser al objeto, como un fogonazo en la noche permite ver entre las sombras:

“Sobre la nieve escucho/ un crepitar de pasos./ El frío,/ las palabras/ que de pronto se iluminan./ Y en el filo del instante/ veo el blanco deslumbramiento/ donde comienza a arder el mundo.” [i]

Así se escribe el mundo en el poema.

El instante puede ser cortado. Y en él la palabra adiestra a los sentidos para nombrar, para estirar con sus sílabas el tiempo de la mera impresión.

Pero primero, siempre primero, está la mirada. Sin el contemplar lo que se ha dejado de ver por frecuente no se puede luego vestir la realidad de nombres:

Mirar es pronunciar. Vemos la silueta silábica de las cosas. Vemos palabras.”[ii]

Así se construye la historia, al desplegarse nominalmente por el vacío la temporalidad, tejiendo con palabras su camino, la labranza de su consumación:

“Hemos llegado pronto/ a decir el milagro de las cosas.”[iii]

El amotinamiento del hombre frente al mero percibir animal.

Y al final, el deseo, como un modo insurgente de rescate frente al eterno presente. La realidad como una grieta desde la que asomarse al mundo, al propio y el ajeno.

La consecuencia del nombrar deviene la posible causa que la crea. El decir es razón suficiente para hacer que sea, como una apuesta vital contundente por ser aquello que nombramos.

“Nuestro cerebro interpreta los actos de nuestro cuerpo y construye una narración en torno a ellos. Los psicólogos han descubierto que si sujeta un lápiz entre los dientes mientras lee algo, la lectura le parecerá más divertida, y eso ocurre porque la interpretación se ve influida por la sonrisa que tiene en la cara. Si se sienta recto en lugar de repantingarse, se sentirá más feliz. El cerebro asume que si la boca y la espina dorsal se comportan así debe de ser porque están alegres.”[iv]

Porque nacemos al mundo cuando lo nombramos, la creación nominal es la otra forma de la memoria, de la luz o de la alegría. En un nombre puede caber toda una vida.

[i] Arginzoniz, Beñat, Oscuro animal celeste, Bilbao, El gallo de oro, 2016, p. 37.

[ii] Cabrera, Antonio, Gracias, distancia, Madrid, Cuadernos del Vigía, p. 71.

[iii] Fernández Gonzalo, Jorge, “Gajos de naranja”, en Arquitecturas del instante, Madrid, Rialp, 2010, p. 17.

[iv] Eagleman, David, Incógnito. Las vidas secretas del cerebro, Barcelona, Anagrama, 2013, p. 164.