Cuerpo

La palabra también implica un proceso físico. Devoramos las palabras con la carnalidad un pensamiento que exige nutrientes emocionales o narrativos para sobrevivir.


“Escribe la historia de tu cuerpo” animaba Thoreau, y esa recomendación alienta también a los escritores, como bien lo muestra Gioconda Belli en esa obra, cuyo sugestivo título “El país bajo mi piel”, ya anticipa esa carnalidad física de la escritura, su descubrimiento en la protagonista cuando el origen del tesoro que se incrusta en la realidad como una gema en el anillo de los días.


“yo me ponía mi piel de esposa y madre, jugaba con Maryam en el patio y el verdor de la grama me provocaba frases, versos saltaban en mi cerebro como palomitas de maíz friéndose en el aceite caliente de mi vida secreta. Se me ocurría que golpeaban a mi puerta palabras que querían ser escritas pero no hacía el gesto de levantarme, tomar papel. Apenas lo hiciera se disolvería el encanto, la emoción se trocaría en artificio. Mejor quedarme inmóvil en la mecedora del corredor, ver a mi hija retozar mientras las frases me pasaban frente a los ojos como los rótulos que arrastran los aviones”.[i]


La escritura como un estado puro de experiencia consciente existe antes de la escritura encarnada, materializada corporalmente. Debajo del cuerpo, separado por la piel del mundo, laten frecuencias de sentido, también así ocurre en la palabra. Y con frecuencia es más intensa y verdadera. Más sensual, incluso rozando sentidos no frecuentados normalmente, encargados de ordenar lo más prosaico, pero que también tuercen lo animal del hombre para hacerle broche de luz.


“En la escritura paladeo el alfabeto antiguo, mi conocimiento tiene lugar en la boca. El hebreo antiguo gira como un bocado entre lengua, saliva, dientes y velo del paladar. Abierto a todo despertar, es un resto de maná, adquiere el gusto deseado en cada momento, como le ocurre a los besos”[ii]


No en vano, defiende Vicente Valero en su poética la vista y su plenitud carnal de alas.


“el poeta es aquel que se ocupa de las posibilidades de su vista o de su oído, pero también de su olfato, de su tacto o de su gusto, siempre en su máxima extensión, sumergiéndose plenamente en la realidad”[iii]


La poesía se escribe, en primera instancia, siempre con el cuerpo, con las relaciones de los sentidos con el mundo visible o invisible. Por eso, cada mañana, al levantarse, hay que recomponerse de nuevo en la carne y en el lenguaje y asignar a cada uno nuevos usos:


“Cada mañana el mundo aparece blanco/ y ella emprende con ahínco la tarea/ de volver a crearse en el lenguaje.// Recompuestos unos pocos nombres,/ adjudica a cada objeto un uso, incluido su propio cuerpo.”[iv]


Porque el cuerpo es la sustancia última del poema.


[i] Belli, Gioconda, El país bajo mi piel, Barcelona, Plaza y Janés. Ebook.

[ii] De Luca, Erri, Los peces no cierran los ojos, Barcelona, Seix Barral, 2012. Ebook.

[iii] Valero Vicente, Poética y poesía, Madrid, Fundación Juan March, 2009, p. 22.

[iv] Collado Cabrera, Bibiana, “María” en El recelo del agua, Madrid, Rialp, 2017. Ebook.