Lectura

La palabra lo inicia todo. En el origen de toda cultura hay un mito que guarda la presencia del hombre en el mundo. Todo origen tiene su asiento en el lenguaje.

Luego llegan las guerras y los amores en los que se apoyará el relato de la tribu, vienen los desastres y los dolores y deberán ser narrados para dar sentido y continuidad al linaje.

Y la palabra asienta la continuidad de la cultura que encuentra en el relato su razón de ser.

En el principio siempre está, por tanto, el verbo. El verbo testimonia y crea.

Narra los sucesos de los héroes al tiempo que construye las tramas magnificadas de las profecías en que se inicia la historia. Primero, durante miles de años desde la noche de los tiempos, la escuchamos.

Actualmente, aunque lo hagamos en libros de papel o aparatos electrónicos, la leemos. Se trata de una apasionante aventura que Alberto Manguel ha narrado bellamente en Una historia de la lectura.

Al fin y al cabo, no otra cosa sino un espejo de lo humano es la literatura. Sea cual sea la época o el género o técnica literaria empleada.

Por eso es tan importante para nosotros la recepción de historias, ya sea cuentos de niños, ya series de televisión; o, desgraciadamente, de las peripecias de los refugiados sirios durante semanas a lo largo de su larga marcha por Europa. Lo importante es conocer otras vidas, otras tierras y lugares, pasiones distintas o no de las nuestras, sufrimientos y bendiciones padecidas por los personajes en los que nos reflejamos y vemos nuestra suerte (o no) en la vida.

Si a los niños y jóvenes la literatura les abre caminos hacia mundos posibles y atrayentes, a quienes vamos teniendo ya una edad cierta los libros nos ayudan a colocar en su sitio multitud de experiencias que la vida nos dejó a penas ir recogiendo sin pararnos a ubicarlas y asumirlas con la plenitud de su significado.

Cuántas explicaciones hemos hallado en los últimos años a comportamientos y sucesos con los que nos fuimos encontrando a lo largo de las primeras décadas de nuestras vidas…

Leemos a Dickens y lloramos con él porque el sufrimiento de sus niños es el nuestro, y nos sorprendemos de que aún la infancia sea maltratada, aunque siga teniendo tanta fuerza y tirón una obra escrita hace 150 años.

En este sentido, podría decirse que los libros tienen algo elemental de cercanía a la tierra y a la vida.

“Las preguntas sobre el libro eran en el fondo/ preguntas sobre el alma-”[i]-

Quien se aproxima a ellos intenta encontrar lo que los antiguos nómadas buscaban en sus recorridos por el mundo, el contacto con la arena, la colección de colores que regala el pergamino del territorio, los olores del camino anudados a la piel.

“Si puedes labrar la tierra y leer libros, nunca fracasarás.”[ii]

Quien lee busca de alguna manera la indagación del mundo entre las páginas de lo leído.

Ascender a las cumbres sin moverse de casa, ambicionar territorios sin salir de los espacios de la tarde propia, conocer sin moverse…

Decir con pocas palabras, vivir vidas largas, anchas y ajenas, sin desplazarse de la propia biografía…

Leer es, por lo tanto, como respirar. No necesita esfuerzo y nos mantiene vivos mientras lo hagamos.

La lectura es una manera de dialogar en la distancia. Conversamos al acercarnos a las palabras de los otros, que cobran su forma penúltima en un libro; la última será la manera en que hagamos nuestras esas palabras.

Leer es, entonces, respirar por las branquias de las letras y ascender al espacio en sus sentidos.

“Penetro en otras vidas.”[iii]

Pero en realidad siempre se penetra no tanto en otras vidas como en otra dimensión más profunda de la vida, en el nexo íntimo y central del tronco de las cosas, superados los nudos emocionales que a nuestro alrededor se han ido formando con el desgaste de los días y de su encadenamiento rutinario de sucesos.

Por eso tomamos aire en los libros para poder respirar y seguir viviendo. En conversación con el tiempo y en el eterno sucederse de los instantes. Un diálogo que echa un pulso a la muerte y al deterioro.

“Llevo días leyendo pero ahora/ alzo los ojos porque me doy cuenta/ de que apenas sé nada de quien escribió el libro./ Me avergüenza no conocer más que su lucidez”.[iv]

Y es que, al final, no importa saber nada del autor, quién fue, qué pensaba o qué sentía… porque lo que sobrevive, pese a todo, es el diálogo, el amparo del pensamiento en nuestra vida, el destello fugaz de una emoción que sabemos cercana y bulliciosa en nuestro interior, que es la que verdaderamente nos acerca a quien nos habla desde unas páginas.

Este es el que, en definitiva, nos hermana y nos une a su autor mediante la lectura.

[i] Do Cebreiro, María, Los inocentes, Madrid, Vaso Roto, 2019, p.21.

[ii] Mernissi, Fatima, Encuentros en el umbral. Madrid: Muchnik Editores, 2002. Ebook.

[iii] Margarit, Joan, “Lectura”, en La sombra de otro mar, Madrid, Nórdica, 2016, p. 50.

[iv] Ibídem, p. 50.