Diario de la cuarentena. Día 12

Hoy tendría que estar en Plasencia y pregonar la Semana Santa 2020 desde la catedral. He estado trabajando en el pregón, como en otras muchas cosas, durante meses desde que empezó el curso. Ahora esos proyectos, como otros míos y tantos de otra mucha gente, han quedado varados en la arena como aquellos barcos fantasma del Mar de Aral que veíamos hace años o, más exacto aún, inmóviles en el agua, esperando un empuje de la marea, como el bergantín con el que Conrad inicia El corazón de las tinieblas. Ojalá que el agua de la ilusión y el trabajo los vuelva a poner a rumbo a su destino.

Uno de esos proyectos de muchísima gente es la Semana Santa. La cuarentena la ha golpeado en dos de sus aspectos, el cofrade y el turístico, pero queda una vertiente esencial de la Semana Santa que es la de la fe: esos días de recogimiento y espiritualidad en los que se evoca el final de la vida de Cristo. Por eso, hoy viernes 27 de marzo de 2020 yo quiero, si no pregonar, sí al menos recordar desde aquí la Semana Santa de Plasencia, y la de Salamanca, y la de otros tantos lugares de España donde sé que se vivirá con intensa fe los próximos días. Sin duda alguna con menos fervor, pero no importa pues a veces el ímpetu y exceso de calor nos acerca a la fiebre. No es malo que, un año al menos, vivamos una Semana Santa diferente, íntima, silenciosa, enclaustrada (que no deja de significar vivirla monacalmente).

El prólogo a su Pasión lo vive Jesús, no lo olvidemos, en silencioso recogimiento en el Huerto de los Olivos. Como el deportista que se concentra antes de la competición, solo con el Padre, Jesús se prepara mentalmente para lo que físicamente habrá de sobrellevar. Acababa de decir “Esto es mi cuerpo” y unas horas más tarde lo iban a profanar. Pero aquello iba a poner el Reino de los Cielos en la historia del hombre y también en sus manos, y desde entonces las Bienaventuranzas –también convocadas por muchas personas estos días de dolor y sufrimiento– han sido su himno.