Diario de la cuarentena. Día 16

Hay días en los que uno piensa que la escotilla se ha roto para siempre y nunca más volverá a cerrarse.


“¡Oh, capitán, mi capitán!” Noche y día no ha cesado de soplar el viento. Mas en esta ocasión no era Eolo que venía a jugar contigo, sino el viento huracanado que precede a la brisa suave que supo escuchar Elías. Esta vez sí que vuelves por fin a Ítaca, al castro de Yeltes, tu Troya de niño. Me ha quedado pendiente, para otro momento, que hablemos de Penélope y las doce criadas, de Margaret Atwood, enésima variación del mito que tanto te cautivó. “Interesante”, habrías dicho, como solías. ¡Parece mentira cuanto espacio tenías aún para el asombro!


Recuerdo con especial cariño tu homilía el día de nuestra boda. Unas fechas antes, Emilio Lledó había publicado en La Vanguardia un artículo sobre el poder del símbolo. Y, como siempre compartíamos contigo lecturas y reflexiones sobre lo leído, te lo llevamos, sabiendo que te encantaba todo lo que tuviera que ver con las palabras. Recuerdo la sorpresa ese día, cuando comprobamos que habías compuesto tu homilía a partir del artículo. Hablaste de esas dos mitades que se encuentran, de Platón y su Banquete, de los primeros versículos de Marcos 6 y de cómo Jesús envió a sus discípulos de dos en dos.


Y convertiste ese destino en un sacramento. Y, a la vez, ese sacramento, en un destino. Ahora eres tú quien parte al reencuentro de tu plenitud, y Ulises y todas las palabras que en el mundo han sido dichas y escritas no son nada comparadas ya con ese acercamiento total, definitivo y feliz al Padre Dios, tan ansiado y esperado desde siempre (dentro de dos semanas hará 57 años de vuestra ordenación).


Esta cuarentena, que te ha hecho protagonista imprevisto de este diario, nos ha impedido despedirte como hubiéramos querido. Sé que tu muerte es esperanzada. Que estás ahora profundamente bien, lleno de Luz, de esa grande que es la única que puede iluminar estos momentos tan oscuros. Y sé que no debería estar triste. Pero lo estoy, y mucho… porque creo que hay personas que se llevan con ellas toda la luz con la que iluminaron los espacios que habitaban. Y tú eras una de ellas. También Jesús lloró por la muerte de su amigo Lázaro.


Ojalá no fuese más que un símbolo del dolor decir que el mundo sin ti será más oscuro… Consciente lo escribiste hace unos días en tu último artículo (Fructus cien por cien): “que la noche oscura es siempre cosa de mucha luz”. Esa ha sido tu despedida. Así te has ido, “¡oh capitán, mi capitán!”. A pie de obra.


Hay días en los que uno debe atarse fuertemente al mástil de la Palabra como único modo de que no lo arrastren los cantos de sirena de la tristeza.

Foto Asunción: Fructuoso/Ulises narrando sus aventuras en el ciclo “Ventanas" de la Diócesis (17/10/2017).