Diario de la cuarentena. Día 29

Como todas las mañanas, Fernando acaba de alimentar a los gatos y a los pájaros. Los gestos más nimios parecen heroicos en el contexto adecuado; muchas veces el fondo dota del mayor sentido a lo que está en un primer plano. Hoy no es un día cualquiera, ni siquiera en medio de esta rutina de chicle que se estira periódicamente. “Es invierno en la mirada. Es ceniza cansada,/ Gólgota del hambre y musgo ajado sobre el aire”.

Hay una oquedad opaca pero esencial en la historia del Cristianismo que es la razón de ser del Sábado Santo y constituye asimismo la esencia de esta cuarentena. Jesús Montiel se ha referido a la espera con estas palabras: “Hay una espera para cada persona. Cada uno cuenta con su propia espera, como un traje hecho a medida. […] La espera crea el hilo de la Historia, su ingobernable continuidad. Si rastreamos cualquier biografía encontraremos un rosario de esperanzas”. Así tanto en la biografía de los discípulos de Jesús como en la nuestra hoy.

Hace ya mucho tiempo escribí: “Ese precipicio que es la espera/ me hace entornar los ojos, que suponen que el blanco/ me abraza a la vuelta del día”. Y también: “Pero tu alabanza es la zarza en que acurruco/ mi tiempo, su alcázar y su sombra./ Te reconozco en la calidez y en el milagro,/ en la simetría que no rezuma el viento./ Y ante el blanco que rasguea mis latidos,/ y la cicatrización de mi espera en carne viva,/ "tiembla mi corazón y se me salta de su sitio”.