Diario de la cuarentena. Día 35

He hablado en este diario de los seres queridos y de las mascotas, pero aún no he hablado directamente de quien creo que es más importante: uno mismo. Pienso que nuestro rechazo a la cuarentena se debe, en gran medida, a que nos encierra y nos obliga a estar a solas con nosotros mismos, o con quienes vivimos habitualmente, que es otro modo de estar con nosotros mismos. Si por algo se caracteriza la sociedad actual, la anterior a la cuarentena -esperemos-, es por su falta de paciencia, de sosiego, de serenidad. La espera y la paciencia, creo haberlo señalado ya, me parecen más propias de los gatos que me rodean, que de nuestra especie.

De igual manera, tememos el aislamiento porque, a pesar de que pueda ser lo que nos salva, nos impide salir corriendo. Es la razón frente al instinto; la cultura y la civilización frente al miedo depositado estratigráficamente en nuestro ADN, generación tras generación, durante aquellos cientos de miles de años en los que la especie solo vagaba a tientas en la oscuridad, huyendo de extraños sonidos y olores. Ha escrito el genial autor de aforismos Nicolás Gómez Dávila una frase enigmáticamente hermosa que, desde la primera vez que la leí hace años, siempre que me enfrento a ella, me sobrecoge por sus múltiples significados, al tiempo que por su profundo lirismo: “Basta que unas alas nos rocen para que miedos ancestrales resuciten”.

Cuando llevamos más de treinta días encerrados en nuestras casas, el miedo al aislamiento hace tiempo que ya se ha convertido en otra sensación. Podría decirse que ha ido evolucionando del desasosiego inicial hasta el hastío. También me he referido varios días a la espera, creo que el primero fue el Sábado Santo… ¿Somos capaces de dejarnos interpelar por ella? Ojalá estas semanas no se nos pasen enredados emocionalmente entre los días iniciales, dominados por el miedo, y los finales, vencidos por el hastío. Ojalá entre medias, o al final de este túnel que cada día parece ser más largo, hallemos el momento de estar en paz, y consigamos respirar -literal y metafóricamente- un aire (aun en la ciudad) como jamás habíamos respirado antes. Serían como unas vacaciones para nuestro espíritu.