Diario de la cuarentena. Día 40

Lo he contado alguna vez. Cuando niña mis padres nos hacían memorizar libros a los cinco hijos ofreciéndonos premios. Así aprendí, hasta hoy, La vida es sueño, de Calderón. La cárcel en que Segismundo estuvo bien podría ser reflejo de nuestra cuarentena. En ella Segismundo monologa; también yo, de algún modo, lo hago en este diario. De ella, como de la cuarentena, así como del peor de los sueños, se sale. Tarde o temprano llega el amanecer.

No ha habido un soñador mayor que Don Quijote, pues no llegó a despertar sino para morir, que es como hacerlo para volver a dormirse y seguir soñando. Sin embargo, el sueño de Don Quijote, al igual que el de Segismundo y el de tantos otros, les sitúan –como al sufrido condenado por esta cuarentena– frente a la realidad que habitan, permitiéndole aceptarla o resistirse a ella.

Un día podremos parafrasear a la inversa a Monterroso y decir que, al despertar, la cuarentena ya no estaba allí. Ocurrirá. Aunque… esperemos que no nos suceda como a Segismundo que, pese a verse libre, vuelve de nuevo a hallarse encadenado. Si es así, y la naturaleza decide poner a prueba nuevamente a la especie humana, aquí estaremos esperándola. Con libros y con aplausos, “y así, quien vencer aguarda/ a su fortuna, ha de ser/ con prudencia y con templanza”. Y el aplauso de hoy, también para los veterinarios, especialmente para los de mis gatitos, los de la clínica “Las nieves” de Santa Marta que ayer, al menos, me consta que salvaron una vida más. A ellos y a todos, gracias.