Madre

Madre es ovillo, es agua, es canto, claridad, aurora, niño y pájaro. Madre es memoria. Y el camino de vuelta hacia ella se inicia con una chispa de cualquier producto incandescente sobre cualquier materia espejeante. Puede ser simplemente un reflejo de algo luminoso y nómada que se sucede sobre el agua. Y entonces, como en vuelo incendiado de ballesta, se produce el viaje veloz hacia la infancia. Allí está ella, con aquella forma de mirar que no ha podido repetirse nunca, porque después las horas van acumulando su arena de cansancio sobre los días y sobre la acuosidad translúcida de sus ojos. Pero entonces todo era chispa ardiente: “En el arroyo se reflejan nubes,/ efímeras/ siluetas de oro y cadmio./ Oyes la voz azucarada y frágil/ de tu madre/ deshilvanando el tiempo./ Se acerca alguien. Rompes la cortina/ del corazón./ Crece en la distancia/ un trino sucio de melancolía;/ hay avispas/ fecundándote la sangre.”[i]

Tan solo unas nubes arañando el cristal del arroyo, y todo se trastoca hacia atrás en avispas que espolvorean la piel de alfileres que impiden respirar. Es como ahogarse en la tristeza. Su voz vuelve a poblar el silencio del presente y con ella se cicatrizan las lágrimas que durante tanto tiempo se han ido acumulando, y la memoria manifiesta su gesto sanador. Porque rasgando la cortina que separa la acumulación de vidas y de horas, uno vuelve a encontrarse consigo mismo en los brazos niños de la madre. Esos brazos que curan todas las heridas con sus cantos, consejos y oraciones. Plegarias que tienen la fuerza de un zarpazo sobre el cielo. “En la guerra –escribe Erri de Luca- las palabras de los poetas protegen la vida/ junto a las plegarias de una madre./ En la guerra los huérfanos y quienes no tienen un libro/ están al descubierto.”[ii] Las súplicas a lo alto de la madre, sus palabras como forma de salvación y buenaventura amarran la vida al templo, protegen frente a la polilla del frío y de la muerte, y a ellas se les reserva la vida más plena. El canto al cielo rogándole la reserva de un cendal de vida para los que amamos es la más esperanzada poesía posible.

Y allí está ella esperándonos, porque también ella fue pequeña, y la simetría nos la devuelve regresada, así, en su estación más pura, y también en nuestro deseo de protegerla frente al daño. Hermosamente, siempre, en la memoria, niña siempre, como en esa canción arrulladoramente paternal de Dámaso Alonso: “No me digas/ que estás llena de arrugas, que estás llena de sueño,/ que se te han caído los dientes,/ que ya no puedes con tus pobres remos hinchados,/ deformados por el veneno del reuma.// No importa madre, no importa./ Tú eres siempre joven,/ eres una niña,/ tienes once años./ Oh, sí, tú eres para mí eso: una candorosa niña.”[iii]

En la infancia nos igualamos compensados en amor los padres y los hijos.

Esa identidad soñada también es una deuda. Cuando enterramos a la madre, con ella lo hacen también los días luminosos de la vida: “Y una vez finalizado mi testimonio de su transformación en altar, que solo fue posible por el amor, la cultura y la piedad propios de su mundo, del cual provengo, siento que, al escribir este libro, hecho exactamente lo mismo, construyéndole este altar de palabras, a partir del amor, la cultura y la piedad que son propios del mundo al que emigré”[iv], escribe el hijo tras dejar colocada en el hueco exacto la tibieza de la carne frágil, ya dormida para siempre, de la anciana que un día nos regaló el nombre y el camino, y la lumbre para alumbrarlos a ambos. La madre, la lumbre, la claridad, el destello… “Madre, eras lumbre en mi fluir”, escribe tocada por la gracia Jeannette L. Clariond.[v]

También el camino es trazado por sus huellas: “Mi madre me enseñó a caminar el desierto sin quemarse los pies. Ella, descalza en un ángulo de sol, extendió hasta mí su sombra de árbol enfermo.”[vi] Si la madre escoge ser sombra, el hijo se hará árbol alto en el que anidarán los pájaros. Porque el desierto siempre saldrá a buscarnos, antes o después, y en ese momento no hará falta más que el recuerdo de la sombra de la madre para poder cruzarlo sin daño y hasta sin sed.

Por ello, la madre siempre será el rincón más íntimo, delicado y herido de nuestra memoria. En el pasado la noche en sus manos amorosas se volvía vaso de leche silencioso y dulce. Así, uno vuelve, siempre habrá de volver a esas manos cuando el mundo nos clave su puñal de vacío y sinsentido, y en ellas se podrá volver a descansar, aunque este sosiego sólo pueda tener la forma de un recuerdo: “Y me arrodillo/ a respirar sobre tus manos./ Bajo/ y tú escondes mi rostro; y soy pequeño;/ y tus manos son grandes; y la noche/ viene otra vez, viene otra vez./ Descanso/ de ser hombre, descanso de ser hombre.”[vii]

Cuando pasen los años y dejen sus huellas heridas sobre el camino que nos queda, únicamente en la evocación de aquellas manos será posible volver a respirar con placidez.




[i] López Andrada, Alejandro, El cazador de luciérnagas, Madrid, Visor, 1996, p.61.

[ii] De Luca, Erri, Solo ida, Poesía completa, Barcelona, Seix Barral, 2017. Ebook.

[iii] Alonso, Dámaso, Hijos de la ira, Madrid, Espasa Calpe, 1991, p.119.

[iv] Camon, Ferdinando, Un altar para la madre, traducción de Miquel Izquierdo, Barcelona, Minúscula, 2014, p.135.

[v] Clariond, Jeannette L., Leve Sangre, Zaragoza, Ediciones Monte Carmelo, 2018, p.44.

[vi] Clariond, Jeannette L., Leve Sangre, Zaragoza, Ediciones Monte Carmelo, 2018, p, 25.

[vii] Gamoneda, Antonio, “Caigo sobre unas manos”, en Antología poética, 2007. Ebook.