Luz

La luz llueve intensamente sobre la vida a cada instante. Hace temblar álamos y chopos bajo el espejo roto de su providencia. La construcción del mundo en cada amanecer es una tarea de orfebres y de pájaros. Y los poemas le dan cobijo en su sembrado porque no podrían hablar de nada sin rendirle antes la pleitesía que se les concede a los emperadores. Porque ante ella no pueden sino quedarse mudos por el asombro: “Si pudiera nombrarse/ eso que hace la luz/ con sus objetos, cómo/ nos los pone en la mesa,/ para que nadie diga/ que no quedó conforme.”[i] Pero no lo hacen para nombrarla como limosna, sino como una forma de obediencia ciega y entusiasmada, aunque no lleguen a rozar siquiera su milagro

“Reina una luz unánime que iguala/ a todo ser, al darle a cada uno/ su cantidad exacta de presencia”[ii], escribe sometido al amanecer y su apertura cotidiana de las sombras, Antonio Cabrera. La luz que él describe entrega a cada ser la total legitimidad de su existencia, al concederle la forma.

También el tiempo se abre a ella entregado como una alfombra plegada, envuelta y guardada tras el verano. “Dorado y breve el tiempo compartido./ Ramas de luz. Rosas de viento.”[iii] El tiempo se acelera en su fulgor, y suele tener el rostro de la infancia, que se refugia vigilante, llena de fogonazos y alegrías, en la galería atenta de la memoria.

 

 

 

 

[i] Gallego, Vicente, A pájaros y migas, Madrid, Visor, 2019, p. 41.

 

[ii] Cabrera, Antonio, En la estación perpetua, “El obstáculo”, Madrid, Visor, 2000, p. 13.

 

[iii] Jurado López, Manuel, La luz es una espada, Madrid, Hiperión, 2005, p. 51.

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