Pájaros

May 31, 2020

Los pájaros caen en la tierra como la levadura caliente sobre la harina sagrada. Ellos señalan la bendición que regalan las cosas a todo aquel que las mira sin deseo, sin afán de posesión, sólo dejándolas volar su vuelo: “Cantó un pájaro, oí/ su decir claramente,/ y en todo el universo solo había/ certeza y gratitud.”[i]

Todo el universo lírico está colmado de ellos. Habitan llameantes los árboles de la palabra poética como el canto el aire en primavera. El reino viaja de la semilla hasta su vuelo, y en ellos se cumple la promesa de la espera. “¿A qué se parece el reinado de Dios? ¿Con qué lo compararé? Se parece a una semilla de mostaza que un hombre toda y siembra en su huerto; crece, se hace un arbusto y las aves anidan en sus ramas?”[ii]

Al final, el grano es desde su inicio ya vuelo. Esa es su condición primera y su destino último. También el del hombre. Alas y más alas para poder volver los ojos a lo alto y llenarlos de exclamación y de misterio. “Él no sabe que canta para mí,/ que estoy quieto, consciente/ de la fragilidad de este prodigio”[iii], escribe Arturo Tendero al escuchar en primavera el canto del ruiseñor. Hablar de amor humedece los ojos más que la tristeza. 

 

A veces un pájaro puede ser una hendidura luminosa en lo real. “Escucho ese tesoro -continúa Tendero- hasta colmarme/ y lo dejo después,/ resonando en la fronda,/ para que su secreto/ mantenga vivo el mundo al que regreso.”[iv] Un signo de que no estamos abandonados a nuestra suerte en este mundo. El símbolo es poderosísimo, y así lo han reconocido todas las tradiciones. Su vuelo habla, y siempre dice una verdad grande, a pesar de su tamaño, como ocurre con los místicos. Así lo relata Viktor Frankl, en un pasaje profundamente íntimo y tembloroso. El hombre -todos los hombres- ha caído en el pozo más profundo que se puede imaginar: la herida causada por alguien que debería llamarse hermano, en lugar de cuchillo y enemigo. Hundido, dañado, perdido, desesperanzado… Un pájaro, entonces, se hace flecha y mensaje. Cambia la dirección de la vida. Introduce de nuevo la esperanza. Ojos que comunican otros ojos:

 

“En otra ocasión estábamos cavando una trinchera. Amanecía en nuestro derredor, un amanecer gris. Gris era el cielo, y gris la nieve a la pálida luz del alba; grises los harapos que mal cubrían los cuerpos de los prisioneros y grises sus rostros. Mientras trabajaba, hablaba quedamente a mi esposa o, quizás, estuviera debatiéndome por encontrar la razón de mis sufrimientos, de mi lenta agonía. En una última y violenta protesta contra lo inexorable de mi muerte inminente, sentí como si mi espíritu traspasara la melancolía que nos envolvía, me sentí trascender aquel mundo desesperado, insensato, y desde alguna parte escuché un victorioso "sí" como contestación a mi pregunta sobre la existencia de una intencionalidad última. En aquel momento y en una franja lejana encendieron una luz, que se quedó allí fija en el horizonte como si alguien la hubiera pintado, en medio del gris miserable de aquel amanecer en Baviera. "Et lux in tenebris lucet, y la luz brilló en medio de la oscuridad." Estuve muchas horas tajando el terreno helado. El guardián pasó junto a mí, insultándome y una vez más volví a conversar con mi amada. La sentía presente a mi lado, cada vez con más fuerza y tuve la sensación de que sería capaz de tocarla, de que si extendía mi mano cogería la suya. La sensación era terriblemente fuerte; ella estaba allí realmente. Y, entonces, en aquel mismo momento, un pájaro bajó volando y se posó justo frente a mí, sobre la tierra que había extraído de la zanja, y se me quedó mirando fijamente.”[v]

 

El pájaro señala en la poesía los caminos que hay que transitar para que la palabra nos anide en el hueco del espacio verdadero e íntimo del ser. “Eh, tú, pájaro de este lugar, sigue cantando o muéstranos para siempre el camino exacto y sin salida de nuestras quemaduras”[vi], le pide el poeta al ave, sintiendo que en su seno blanco es posible la curación de todas las heridas de la tierra… Y eso es así, porque los pájaros -bien los saben los poetas, que comparten con ellos esta ascensión de plumas y de trinos- llevan sobre sí el mensaje de la luz: “Los pájaros que vemos muchas veces/ tienen su luz, su propia luz,/ que nadie la ha visto nunca todavía”.[vii] Abren, igualmente, las vías al misterio: “Contemplar cómo unas alas poderosas/ Baten el aire y siguen un propósito/ Que desconozco, pero que comprendo.”[viii] Cuando uno se acostumbra a su vuelo -igual que ocurre con la vida- percibir su muerte es algo extraño, como abrir una ventana que da a un patio interior donde nunca llega la luz: “Lo vi en el borde del camino; estaba/ todavía caliente./ Abierta el ala hermosa y extendida/ muy delicadamente sobre el pico,/ ocultándole el rostro con pudor,/ como si avergonzado de no ser/ ya cosa de los cielos.”[ix]

Porque llevar sobre sí todo el destino del mundo pesa mucho. Como un Cristo agonizante que hubiese dejado tras de sí su naturaleza de Dios y sólo fuera ya carne y su destino, así también el pájaro, así también su salvación: “Ya dio al aire a los muertos/ este gorrión que pudo/ volar pero aquí sigue,/ aquí abajo, seguro,/ metiendo en su pechuga/ todo el polvo del mundo.”[x]

 

[i] Gallego, Vicente, “Cantó un pájaro”, en Mundo dentro del claro, Barcelona, Tusquets, 2012, p. 63.

 

[ii] Lc, 13, 18-20.

 

[iii] Tendero, Arturo, “El ruiseñor”, en El otro ser, Sevilla, La Isla de Siltolá, 2018, p. 71.

 

[iv] Ibídem.

 

[v] El hombre en busca de sentido, Barcelona, Herder, 2015. Ebook.

 

[vi] Valero, Vicente, Vigilia en cabo sur, Barcelona, Tusquets, 1999, p. 37.

 

[vii] Valero, Vicente, Canción del distraído, Madrid, Vaso Roto, 2015, p. 85.

 

[viii] Fernández Gonzalo, Jorge, Una hoja de almendro, Madrid, Hiperión, 2004, p. 14.

 

[ix] Velasco, Miguel Ángel, La vida desatada, Valencia, Pre-Textos, 2000, p. 21.

 

[x] Rodríguez, Claudio, Alto Jornal, Sevilla Renacimiento, 2005, p. 108.

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