AÑOS DE TRECE MESES. 13 AUTORAS DE LA POESÍA ACTUAL EN LENGUA ESPAÑOLA

Podría parecer un tópico hablar de poesía y escritura femeninas. Aunque ya se va extendiendo la certeza de que la escritura está igualmente al alcance de las mujeres y de los hombres, y de que lo único que diferencia a los sexos es el mayor reconocimiento del mérito a uno que a otro, debido a prácticas residuales lentamente en retirada, sigue siendo necesario hablar de ello. Quizá esta sea la razón por la que, en los últimos años, las editoriales se han lanzado a publicar obras cuya autoría recae sobre mujeres, y han encontrado aquí un nicho que merece la pena difundir.

De una manera clara ocurre así en el ámbito poético, tal vez por ser un territorio en el que las diferencias, en cuanto a reconocimiento y posibilidades de publicación, se han dejado sentir notablemente. Pero también porque, habiendo estado el mercado expuesto, tradicional y mayoritariamente, a la obra de autores varones, la explosión que en las últimas décadas (o lustros) se ha producido respecto a la irrupción en este espacio y en el escaparate editorial de mujeres poetas ha encontrado en los lectores una respuesta no solo satisfactoria sino, podríamos decir, que incluso agradecida.

En este sentido, y en ese contexto, el reciente libro editado por Demipage, Años de trece meses. 13 autoras de la poesía actual en lengua española, constituye una más de las espléndidas antologías que han visto la luz recientemente. Publicada por la editorial Demipage, la obra recoge una pequeña selección de poemas de 13 autoras que escriben sus versos en español. Compila y apadrina el libro Francisco Javier Irazoki, de sobra conocido y cuya labor semanal como crítico de El Cultural avala su criterio.

Porque siendo 13 podrían haber sido 130 o 1300 y hasta 13000, porque el número ya no es superstición. Siendo como somos siempre más las mujeres en la naturaleza y en la demografía, una se pregunta qué ha tenido que pervertirse para tener que estar luchando a estas alturas todavía por la igualdad, cuando todos sabemos de sobra que “las mujeres amplían nuestra sensibilidad poética”.

Una antología agrupa, favorece el encuentro y el diálogo, contrasta iluminando ambos extremos, señala un gusto personal del editor o de la editorial, pero no excluye. Así lo han entendido lúcidamente el compilador y la editorial. Y así se explicita al inicio de esta obra en una nota inicial, en la que se puede leer que “Demipage apuesta por la poesía y, en consecuencia, no desea fijar un canon literario. Ni negar la existencia de otras poetas valiosas no incluidas en este libro.

La obra incluye poemas de escritoras, entre otras, como Piedad Bonnet, Isla Correyero, Blanca Andreu, Maite Pérez Larumbe, Aurora Luque, Isabel Bono, Luisa Castro, Pilar Adón, Raquel Lanseros, Ioana Gruia, Berta García Faet, o Rosa Berbel. Siguiendo un criterio cronológico se puede asistir a un planteamiento coral de voces distintas de poetas con estéticas diversas en lengua castellana.

Se trata de trece españolas encabezadas por la colombiana Piedad Bonett (Colombia, 1951). Por edad y cultura se diferencia del resto claramente. Desde un punto de vista emocional, se injerta en el mismo tronco que todas. Pero más allá de esta peculiaridad en la selección, lo cierto es que su magisterio lírico lo reconocemos, a buen seguro, las que venimos detrás. “Tengo en la lengua/ la maldición, el rabioso improperio,// y en mi mano la piedra vengadora,/ la que mi pena adensa, afila”, escribe una de las autoras con mayor garra y fuerza de la poesía en nuestro idioma. Piedad Bonnet nos muestra toda la potencia de su verbo en textos hermosísimos como “Armonía” en el que se despliegan todos los sentidos para acercarse al esplendor de una naturaleza donde el hombre alimenta toda su energía, o “Daniel creciendo”, poema en el que el animal, la luz o el mar palpitan bajo la piel asombrada del hijo, y también con el dolor de su pérdida, ese al que se le pide que persevere, “para que de su mano cada día/ con tus ojos intactos resucites,/ con tu luz y tu pena resucites/dentro de mí.”

Isla Correyero (Cáceres 1957) dibuja en sus poemas el viaje que se desliza desde la pasión furiosa y la libertad, hasta el desencanto: “Todos nosotros./ Los desterrados ahora de aquel grupo./ Los olvidades, los oscuros, los ausentes./ Los abandonados y los destruidos”. Su poesía suma el profundo lirismo al arañazo de una tristeza entreverada en lo poético: “todos nosotros./ Los que ya no soñamos”, escribe en el poema “Todos nosotros”, que constituye su primera aportación a esta antología. Sus poemas están cargados de sexualidad, amor y belleza como maneras de sobrevivir al paso del tiempo y a su consecuente desengaño.

Por su parte, Blanca Andreu (La Coruña, 1959), aquella niña de provincias, expresa en estos poemas una libertad expresiva sin freno, que se manifiesta en la metaforización extrema. Esta le sirve para hablar del amor a través de la cicuta, el tomillo, o la paloma. Y para nombrar al otro recurriendo lorquianamente al caballo, a las estrellas o a los nervios de los ángeles. Siempre expresándose en diálogo con los hermanos en la palabra, sean estos Rimbaud, Rilke, o, con esa paranomasia preciosa, el cianuro Ciorán: “Extraño no decirlo y hablar hidras pensadas/ o hacer poesía y cálculo,/ extraño no contarte que el cianuro Ciorán viene/ sobre las diez,/ / o viene Rilke el poeta/ a contarte que sí, que de veras tú pasas a mi sangre/ pero de qué nos sirve.”

Maite Pérez Larumbe (Pamplona 1962) responde, en un ejercicio de intensidad expresiva, a las preguntas que nacen mientras construye sobre la nada sus poemas grandes: “Edificamos con enormes cantidades de nada./ Manos como termiteros dibujan planos megalómanos,/ prevén un vacío encima de otro y un vacío esculpido/ como adorno/ en papel, que aguanta la tinta a tramos sobre nada/ y en gran medida sobre nada se seca.” Con versos rítmicos y cuidada la palabra, sus poemas nos abren mapas y puertas.

Aurora Luque (Almería 1962), igualmente, se instala en el poema con el cuerpo y también con el deseo. Y a través de ellos fusiona conocimiento y vida con emoción y pensamiento: “El cuerpo -el organismo- cuenta con el aliento./ La mente -convengamos el nombre-/ cuenta con el deseo./ Un mecanismo es sabio y delicado./ El otro, muy precario y pretencioso.” Con esa amalgama fértil habla de la muerte y también de la vida. Igualmente, de los autobuses “Alsina”, en los que se revela la infancia, y de la memoria que deja en su cosecha, cereales, pólenes y vainas huecas.

También Isabel Bono (Málaga 1964), de quien ha dicho Fernando Aramburu que “sus poemas son como fragmentos de un gran poema interior” deja caer entre sus versos, como un fogonazo, al deseo (“quiero abrirte en dos”, “me gustaría atrapar al vuelo/ un puñado de lava incandescente”), y también al olvido, “hace mucho demasiado/ que la luz de las diez de la mañana de la vida/ no se me aparece”. Se pregunta, al mismo tiempo, por la infancia como posible salvación: “pero, ¿quién guarda células/ del sol de la infancia?”.

Del mismo modo, Luisa Castro (Lugo, 1966) expresa toda su potencia verbal en poemas diversos, enlazados por el hilo de la memoria y por el amor. Así, por ejemplo, el titulado “El cerdo”, donde el olor a sangre del animal sacrificado compite, real y simbólicamente, con el del “agua de colonia que “resbalaba por mi frente/ una vez al año, por diciembre, tibia.” También se hacen presentes el abuelo del que se aprenden las “virtudes del bosque” y “la humildad de los pastos bajo la helada”. La naturaleza en sus palabras se vuelve símbolo de vida: “Rebosante como nube que avanza/ se anuncia inclemente/ el animal ligero del desamor”.

Pilar Adón (Madrid, 1971) revela un mundo hecho de trozos de naturaleza rota, que es expresada mediante frases breves, como zarpazos, sin relaciones lógicas entre ellas, en las que se puede rastrear un universo interior desconcertante y, a la vez, profundamente atrayente y comunicativo. Los objetos materiales, y también los llenos de vida, se vuelven cauce de la emoción de quien los contempla: “Florecerá la rama que me raja por dentro./ Tantas hojas en torno a mí.” Escribe breve en su último poema de esta antología.

Raquel Lanseros (Jerez de la Frontera, 1973) abre el abanico de la vida y también lo cierra rápido en su primer poema contenido en la antología, “Potencialidad y biografía”. Su poesía, cargada de reflexión y contemplación lúcida y esperanzada, nos desvela un mundo de gran sensibilidad, y un tiempo que comienza a cerrarse delante de los ojos, como una serpiente: “Igual que una culebra fingidora/ el tiempo suele darnos la ventaja/ de pensar que no existe su amenaza.” Pero, frente a esa traición inesperada se alza el amor: “Cuando te encuentre morirá la muerte”.

Ioana Gruia (Bucarest, 1978), por su parte, es consciente de la necesidad de reivindicar la corporalidad como forma de expresión ante el mundo: “no hay nada tan rotundo como un cuerpo”, comienza su poema “Una mujer al sol”. Placer y luz compartidos en la carnalidad plena de un ser que es, al tiempo, pensante y sintiente: “Un cuerpo hecho de piel y pensamientos”. Su mundo lírico, rítmico y trabajado, está lleno de sensualidad y simbolismo. Pero también de memoria y de fracaso.

Berta García Faet (Valencia, 1988) repasa líricamente las condiciones de lo femenino, al tiempo que reproduce también, con ello, las expresiones del deseo y también del daño. El sujeto lírico se manifiesta a través de una voz que dice su naturaleza deseante. Igualmente cataloga los daños experimentados, de aquí el título de uno de los poemas incluidos en la antología: “Daño nº 8”. En él se muestra una niña de 8 años que ya puede ser madre: “a los 8 años llegó el peligro/ de poder reproducirme/ empieza la cuenta atrás de los 400/ óvulos símbolo/ del tiempo/ y la gomorresina/ se filtraba/ por la mínima boca del reloj de arena”, y la voz social que la golpea amenazante y estresantemente protectora. Una poesía poderosamente crítica.

Finalmente, Rosa Berbel (Sevilla 1997) inserta la memoria de la niñez y de la adolescencia con tristeza en los poemas: “Parece que me tocas como suelen tocarse/ las cosas mal prestadas”, y también con la certera anticipación de la devastación: “La intimidad sostiene los cimientos/ de las casas en ruinas que nunca construiremos”. De igual manera, en ella el deseo inicia la senda de la construcción de una identidad de mujer que no acaba de soltar la infancia. Bajo esta mirada de desencanto se esconde una voz crítica con los discursos desgastados de una sociedad que abandona a los niños a su soledad sin entenderlos. Así con este verso poderosísimo termina el último poema, titulado “Día de Reyes”: “Incluso sin gustarnos los regalos/ tenemos que jugar con ellos.”

Todas las integrantes de Años de trece meses comparten, de este modo, la conciencia de la pertenencia a un territorio simbólico más grande que ellas mismas. Todas ellas incluyen, de maneras diversas y con distintos símbolos y palabras, los grandes temas en sus textos: el amor, la vida y la muerte. Todas son conscientes de su corporalidad y de las variadas formas del deseo, y hacen de su palabra una vía de acceso para comunicarlos. Todas trabajan como orfebres el lenguaje y dejan, con ello, su huella en una historia que las trasciende. Tres de las autoras han nacido en los años 50 del siglo pasado; cinco lo hicieron en la década posterior de los 60; otras tres en los 70 para concluir con una representante nacida en los 80 y otra, finalmente, la más joven, en los 90. A mí me parece una punta de lanza de un movimiento cultural imparable en el que las mujeres tienen mucho que decir.

Poesía, en definitiva, de calidad. De aquella que un personaje del gran y añorado Bolaño decía: “Solo la poesía, y no toda, eso que quede claro, es alimento sano y no mierda”. A todas ellas nadie les ha regalado nada, lo que añade a su poesía un mérito añadido. Todas han viajado por diversas editoriales, consiguiendo un reconocimiento que, afortunadamente cada vez llega con mayor justicia a su debido tiempo. Quien quiera que escuche, tienen mucho que decir. Y lo dicen, cada una, a su manera.

Asunción Escribano