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“CEREMONIA DE LA LUZ. UN VIAJE INICIÁTICO DEL ALMA”

Esta no es una presentación sin más, de un libro de poesía. En cierto modo, más que un poemario o, además de un poemario, el poeta ha escrito una oración. De ahí que mis palabras hoy no sean solo como poeta o profesora, sino ante todo y fundamentalmente como creyente. Si no lo fuese mi lectura del libro de José Manuel Ferreira Cunquero quedaría coja.
En este contexto es en el que Ceremonia de la Luz es uno de sus libros más redondos y completos. Pues en él se hallan los ingredientes tradicionales de su cocina poética como son la religión, la fe y la preocupación social, el cuidado de la palabra, pero además ha conseguido en esta ocasión fundirlos con un elemento literario de primer orden: el papel del viaje como génesis de la escritura. Y no de cualquier viaje, sino del viaje por antonomasia para el cristiano, que es el viaje a las fuentes de nuestra fe, el viaje a Tierra Santa.
Desde su inicio –en el acertado título “Ceremonia de la Luz”– el libro comienza hablando de la suma de lo humano con la trascendencia. Así, como ejemplo del primer aspecto se cita el término ceremonia, pero se traspasa esta con la segunda parte del sintagma, la luz. Se apuntan así, con “ceremonia” a la ritualización, a la celebración, al encuentro constante. Todo en la vida es, de este modo, ceremonia: los saludos, los momentos compartidos, las celebraciones…
Pero la luz tiene su propia ceremonia, esta se manifiesta en una forma impactante de dejarse resbalar sobre las cosas y los paisajes y dotarlos de sacralidad, hondura y profundidad. La luz define distancias y emociones y, más íntimamente, da cobijo a las heridas, entibiándolas y concediéndoles esperanza. Y, pienso que así podría resumirse este libro, como un espacio donde se celebra el descenso de la luz por los territorios recorridos, exteriores o íntimos, concediéndoles esa densidad esperanzada de la que acabo de hablar, porque, como recordaba Claudio Rodríguez, “siempre la claridad viene del cielo”
El libro está estructurado como un viaje iniciático, como una historia de vida de la que el sujeto lírico vuelve transformado, y que se desarrolla en un espacio que es más interior que externo, a pesar del protagonismo del lugar físico, los Santos lugares, que actúa a modo de Ítaca del alma. Por otro lado, este viaje presenta múltiples dimensiones: hay un viaje físico evidente y el encuentro en él con los distintos paisajes, reales todos ellos, pero también el viaje histórico en el que se reviven ciertos pasajes evangélicos, que son la prehistoria de cualquier creyente, y en los que el sujeto lírico adopta la mirada y, a veces, hasta la voz, de los protagonistas de la historia cristiana, dándonos a entender que todos somos parte de aquel relato en el que se inició la historia de la fe.
Pero, sobre todo, está el viaje íntimo, personal del autor, el encuentro del “yo” protagonista del poemario con Jesús, el Cristo vivo, lleno de gestos de amor, de palabras, diálogos, susurros, y que nos recuerdan a aquel otro diálogo del Cántico espiritual de San Juan, que también se estableció sobre una búsqueda.
De ahí que no extrañe al lector el constante transitar del poemario entre las conversaciones silenciosas entre Jesús y el poeta. Todo el poemario está inscrito en una vocación, entendida –etimológicamente– como una llamada que el poeta siente como “el agua de tu voz” que “regaba en mi raíz” (dice en el poema “Desde el lago”), con la que se construye un diálogo hecho de preguntas, de respuestas, y, a veces, también como Jonás, de traiciones y de huidas.
Así se inicia, por ejemplo el texto titulado “Varón de dolores”: “Me preguntaste Señor,/ por qué esgrimía sobre la espalda/ la rabia de aquel látigo de muerte”. Igualmente, en “Supe que eras tú”, el poeta escribe: “Me preguntaste donde escondí/ la palabra que clavaste/ a conciencia en mis costados”. También se escucha esa llamada en otros poemas: “Yo estaba buscando en el rebaño/ aquel Cordero que con tierna suavidad/ decía mi nombre”, o: “escuché tu voz punzándome la nuca”, o: “Escuché, Señor, lo que enseñabas/ pero hui de tu mensaje hacia la vida.”
El viaje se vuelve, así, cita amorosa con el Dios cristiano que nos ama. En varias ocasiones lo manifiesta el poeta, como cuando en el poema “Silencio total”, en el mar de Galilea, siente “la marea incontenible/ de instantes que me llevan/ hacia las costas de tus manos” (35). Y especialmente intenso es, también en este sentido, el final del poema “Te llamé, Señor” en el que, con un tono profundamente lírico e íntimo, la voz lírica nos hace partícipes de su encuentro profundo con el Señor, ante el que confiesa: “Me mirabas a los ojos todavía/ cuando una hoguera de silencios/ por dentro blandía con tu amor.” Y aquí no puedo dejar de ser profesora al llamar la atención sobre esa maravilla de construcción que suma el adverbio “todavía” a esa forma verbal semánticamente continuativa: “mirabas”, que dilata el tiempo y hace larga también la emoción, pero que, sobre todo, apunta a la fidelidad de Dios con los hombres, y que nombra, así, la esperanza que domina la vida de todo creyente.
Así, como un evangelista de nuestro tiempo, que necesitara señalar la veracidad de lo vivido, Ferreira dibuja una mirada que testimonia su encuentro, siempre anhelante: “Prendiste en la ansiedad de mis ojos/ tu alegría” señala en el poema “Me quedabas tú”. En “Me miraste” se entabla un diálogo de ojos entre el escritor y Jesús: “Y te vi”, dice el poeta, y más adelante, en otra estrofa añade: “me miraste”. Y sigue en otros textos: “Te vi caer hacia el regazo de la tierra”, o en otro: “Te miré, Señor, en la cruz que te colgaba”. Y, así, poema tras poema: “Cuando te vi, Señor, / supe que eras tú”; o: “Como siempre, Señor, vuelvo a ver/ en tu semblante el cansancio”; o “Te vi, Señor, hundido en el desamparo” etc. Y junto a la vista otros sentidos, la escucha y la voz, también verifican esa verdad honda y real de ese encuentro que establece su tienda en el corazón.
Se trata de un diálogo con la fe que se extiende por todo el libro y en el que el poeta vierte sus preocupaciones espirituales y sociales en un mismo molde, como un único Evangelio que compendiara las palabras y los hechos de Jesús para hablarnos del Reino de Dios y sus bondades. Por un lado, está el malestar que la voz del creyente siente ante su comportamiento, nunca a la altura de lo esperado.
Pero, por otro lado, también dialogan con esa voz arrepentida el gesto cálido y la amorosa caricia del Señor que vuelve una y otra vez a tender su mano y su mejilla. Así se muestra ante el poeta como Dios ante el profeta Elías en el monte Horeb: no como un viento fuerte o un terremoto o cualquier otro prodigio de la naturaleza, sino como una suave brisa que acaricia.
En varias ocasiones nos hablan de ese susurro las palabras de José Manuel. Desde esa perspectiva, es también este poemario un diálogo entre los sentidos y la fe, que se muestra al hombre y a la mujer de nuestros días con toda la vivacidad de los primeros tiempos del cristianismo. La mirada y la escucha del lector se van agudizando a medida que se adentra en esta Ceremonia de la luz.
De igual manera reflejan en estos versos las actitudes de quienes poblaron aquel contexto primero de nuestra historia de fe. Uno a uno los personajes van pasando a través de la voz lírica que asume los arquetipos, empezando por cualquiera de los discípulos primeros, llamados uno a uno por el pescador de hombres. “Yo estaba mendigante/ en las esquinas sin almíbar/ cuando tú, al borde de las horas me pescabas” (11). Mas también el peor de entre aquellos nos sirve de modelo en nuestra vida para arrepentirnos luego: “No importó que yo te delatase/a las huestes que vertían la venganza,/ para darme con plena infinitud/ el pan, que desde entonces me alimenta” (42). Y junto a esos sentimientos, están las distintas actitudes de sus amigos en los difíciles momentos de la noche. Son unos versos en los que, una vez más, todo creyente puede reconocerse: “y como si un todo de amargura/ acordonase mi cuello en las deshoras,/ irrumpí de repente en otra huida” (9).
Más sin duda alguna es Pedro quien más nos ha representado siempre a los creyentes en nuestro caminar por los sinuosos senderos de la fe: “Y ahí sigo, Señor, negando/ que estuviste muchas veces a mi lado/ […] –nos dice el poeta– y solo cuando otra vez cantaba el gallo/ en las tapias de la sarrosa madrugada/ bajó una soledad de plomo a bendecirme” (13-14). Y son numerosas las ocasiones, y los versos, en los que la voz lírica refleja esa identificación con el apóstol que hizo asomar la debilidad humana sobre la que Dios quiso asentar su Iglesia.
Así, el poeta nos permite recorrer de la mano de la fe los paisajes y las almas transitados por Jesús en sus felices días galileos, primero, y en la agónica Semana de Pasión jerosolimitana, después. Podemos, a través de este poemario, revivir los Evangelios y los múltiples, y significativos siempre, encuentros de Jesús con las gentes que se le acercaban curiosas o espiritualmente inquietas. Puede así el lector repetir instantes esenciales de su fe. Y de este modo, por ejemplo, en “Humus de vida”, somos bautizados en el Jordán de la mano del poeta a través de una hermosa alegoría en la que el cuerpo del bautizado se torna el paisaje de Galilea que florece al verse recorrido por el río Jordán.
Jesús como agua de vida es sentido también por la voz lírica en el poema “Supe que eras tú”, en la Gruta de Belén: “Cuando te vi, Señor,/ supe que eras Tú/ en el remanso de los ríos/ que descolgados de las cumbres/ bajaban a humedecer/ la sequedad hosca de mis labios” (33). Es este un hermoso poema en el que junto a la sinestesia anterior (de ver al Señor al sentir el agua en los labios) y la aliteración reiterada de los versos “Cuando te vi, Señor,/ supe que eras Tú” torna, de ser una presencia espiritual (agua y viento, con todas sus connotaciones teológicas) de Dios, a presentar al Señor como carencia y dolor de quienes se hallan faltos de compasión y ungidos de miseria. Y muchas otras son las alusiones a un sinfín de conocidos secundarios de los Evangelios.
Igualmente hay que decir que el poemario está cruzado por un desgarro. Hay un cuadro del pintor Hans Holbein el Joven, titulado “Jesús muerto en la tumba”, del que la mujer de Dostoievsky recordaba haber oído decir al escritor que ante ese cuadro podía perderse la fe. De igual modo que el pintor, nuestro poeta nos entrega escenas profundamente impactantes, ante las que sólo cabe el silencio. Dice así en un poema: “Te bajaron de la Cruz, y yo, Señor,/ herido de interrogaciones/ maldije tu imagen sometida” (46).
Todo creyente que se enfrenta a ese momento no puede por menos que ser campo de siembra para la duda. De nuevo vuelve el poeta a subvertir con su magia el orden de la sintaxis emocional que nos embarga tras la Pasión: “¿Volverás, Señor, de la sorda calma/ que te ha besado, a las sendas y al camino?/ ¿Serás otra vez el arroyo que fluía/ en el madrugar de mis montañas?” (48).
Y hablando, precisamente, de sintaxis, hay que señalar que, sin duda alguna, uno de los elementos lingüísticos característicos de la poesía de Ferreira Cunquero es el originalísimo desorden gramatical mediante el que refleja el shock emocional que experimenta el poeta ante las sorpresas de la vida, y con el que se enfrenta a la vez a ellas. El lenguaje de José Manuel Ferreira Cunquero es un lenguaje poético –permítanme decirlo– de Pasión. Un lenguaje no gestado en la Semana Santa, pero sí formado y nutrido en ella, y por eso da su mejor expresión en este poemario que, sin ser semanasantero, manifiesta –por dentro y por fuera– el ser y la esencia de lo que es la Semana de Pasión. La peculiar y llamativa escritura de Ferreira Cunquero permite al lector toparse en ese recorrido urbano-poético-espiritual con algunos recodos sobresalientes.
La sintaxis se muestra, de este modo, peculiar, dice su original modo de nombrar, expresando con encabalgamientos que, a veces, alargados a lo largo de una estrofa, muestran el discurrir intenso del dolor. También sucede esto en las estructuras gramaticales en las que se focaliza la atención sobre algunos términos muy expresivos y hasta sonoros, nudo gráfico del daño. Así, por ejemplo, en el poema “Hace un momento” podemos casi ver el goteo de la herida cuando Ferreira escribe que “de su cuerpo a borbotones goteaba/ un reguero de sangre calle abajo”.
De igual manera, con una magnífica capacidad para la expresión metafórica, en el poemario nos encontramos con construcciones deslumbrantes, que humanizan los paisajes, vertiendo sobre ellos los propios sentimientos del poeta, algo que desde siempre ha caracterizado la escritura de José Manuel Ferreira. De este modo, cuando el poeta llega a Tierra Santa, el horizonte “rezuma en sus poros la acogida”, el sol muda “La intensidad de su hoguera/ a los opacos puñales de la tarde”, o la noche “tallaba el sarro/ de un miedo vertebral”, cuando es el poeta el que se siente invadido por tales sensaciones. Los ejemplos de esto son también numerosos: “retorcidos en el abrazo vegetal”, o: ”La vida era un crucigrama de calle y de años”, o “la cúpula del templo se insinúa/ con promesa de emociones”, y tantas otras construcciones en las que el poeta y el escenario del relato se funden en uno y trasladan el sentir del primero sobre el segundo.
Precisamente, en este sentido, hay una extraordinaria expresión en la que intuyo que el lenguaje taurino ha conducido al poeta a encontrar una de las más hermosas imágenes que yo he leído sobre cómo el Señor nos sale al encuentro. Dice José Manuel Ferreira Cunquero en “Varón de Dolores”: “Y me citaste, Señor,/ en los sedientos rescoldos de alborada,/ calmo aposento de tu entorno/ para hacerme saber que me querías/ en la sutil llanura del abrazo/ floreciendo por julio junto al trigo” (15). Quedémonos con el primer verso: “Y me citaste, Señor”. Así, como cuando el torero provoca al toro, pero con todo el cuidado y romanticismo de una cita amorosa, de un encuentro planificado por el Señor con cada uno de nosotros. Solo este verso podría justificar la razón de todo el poemario.
Quizá, para terminar, hay que señalar que estamos ante una lectura profundamente lítica y personalísima del Evangelio. Y de ahí mi aclaración obligada al inicio de estas palabras sobre la naturaleza íntima de este acto. Tal vez Ceremonia de la Luz no sea sino un holograma presente de la conjunción de poesía y fe del autor, eco de una de las minúsculas esquirlas doradas y brillantes que se desprendiesen de aquel big bang espiritual acontecido hace dos mil años en Jerusalén.
O tal vez no sea este libro sino un viacrucis personal del poeta que siguiendo a una voz interior llegó hasta Tierra Santa. O, mejor aún, se me ocurre también, que a lo mejor todo esto no sea sino un regalo último que el autor recibe de su tío fray Romualdo Fernández Ferreira, “quien desde niño le enseñó a mirar hacia las tierras del Señor y a comprender la importancia de la misión de los frailes franciscanos” …
Al final del poemario, el lector no puede sentirse igual que antes de iniciar su lectura. Si es creyente, sin duda alguna su interior no dudará en sentirse en comunión con el gozoso estado de la voz lírica de principio a fin, y como al final de una oración que concluyese, en palabras del poeta, diciendo: “Supe que eras Tú/ porque en lo más profundo de mi ser/ lentamente me habitabas” (34). Y si es creyente hasta el punto de creer que el Reino del que Jesús hablaba empieza a construirse en esta vida, acabará concluyendo, junto con José Manuel Ferreira Cunquero, que la vertiente social es inseparable de una verdadera fe: “Me pregunto, Señor, mirándote a los ojos/ si no son parte de la Tierra Santa/ las calles donde mora,/ tantas veces, a mi lado,/ el prójimo investido de amanecer y cercanía” (60).
Se trata, en definitiva, como si al término del camino, el viajero descubriese que solo era necesario el viaje para saber que no era preciso moverse; que Ítaca está en nosotros allí donde estemos, que toda tierra es santa si el mensaje evangélico se siembra y se cosecha en ella. Cuando se reflexiona sobre eso, ya no cabe otra pregunta sino la que se hace el propio poeta cuando nos dice: “¿Por qué no te busco en las barriadas/ que se erigen en el desasosiego de tu angustia?/ ¿Por qué no te busco en los fríos antros/ donde bebes junto al hombre sus penurias?”(63). El libro se muestra extremadamente rico en sensaciones gratísimas, algunas de las cuales hemos desgranado desde nuestra percepción, mas cada lector habrá de hacer suyos los versos.
Sin duda, su lectura en los pasados días de inicios de mes, previos a los Reyes, ha sido como un hermoso pregón de Pasión en Adviento, porque, al fin y al cabo, anunciar en primavera lo que está presto a nacer aporta alegría, pero no inunda tanto de esperanza como anunciar, cuando empieza el invierno, un tiempo de luz y renacer una vez que ha pasado este.




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