El pájaro que solo canta para mí. Sobre "Los versos de mi amiga" de Esperanza Ortega
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1. INTRODUCCIÓN
Esperanza Ortega, nacida en Palencia y residente en Valladolid, es una figura esencial en la literatura española contemporánea. Su obra, ha dejado una huella profunda tanto en el panorama literario como en el cultural. Su trayectoria abarca la poesía, la narrativa, el periodismo, la crítica literaria y el ensayo, disciplinas en las que despliega una versatilidad admirable y una sensibilidad exquisita. Esperanza Ortega destaca por su dominio en el manejo del verso y en la creación de imágenes poéticas de gran plasticidad, abordando desde una perspectiva íntima y a la vez universal cuestiones fundamentales como la identidad, el tiempo y la memoria.
La producción poética de Esperanza Ortega destaca por la profundidad de su mirada y por la riqueza expresiva de su lenguaje. Entre sus títulos, sobresalen Algún día (E. Portuguesas), Mudanza (Ave del Paraíso), Hilo solo (Visor), Lo que va a ser de ti (Plaza Janés) y Como si fuera una palabra (Lumen), así como el reciente Los versos de mi amiga (Galaxia Gutenberg). Esperanza Ortega también figura en antologías relevantes como Ellas tienen la palabra (Hiperión) y Las ínsulas extrañas (Galaxia Gutenberg), lo que confirma su lugar en el canon poético actual.
Su labor literaria ha sido reconocida con prestigiosos galardones, entre ellos el Premio de Poesía Jaime Gil de Biedma, obtenido en 1995 por Hilo solo" el Premio Giner de los Ríos por su ensayo El baúl volador en 1982, y el Premio de Cuentos Jauja por El dueño de la casa, en 1994. Junto a su faceta poética, Esperanza Ortega ha destacado también por su valiosa aportación a la crítica literaria. En 2009 publicó Las cosas como eran" un libro que invita a recorrer con ella los recuerdos de infancia y juventud, mostrando una conexión profunda con sus raíces y con la tradición literaria. En 2020, Ortega reunió gran parte de su obra en Diario de lo no vivido (Dilema), un volumen panorámico que ilustra su evolución y su compromiso con la literatura, tanto en verso como en prosa, consolidando su figura como autora versátil y rigurosa.
La influencia de Esperanza Ortega se extiende más allá de sus libros. Como cofundadora y codirectora de la revista El signo del gorrión y directora de la colección Vuelapluma de Editorial Edilesa, ha impulsado la difusión y promoción de la literatura en España, fomentando el diálogo y la renovación poética. Su presencia constante en revistas especializadas y su colaboración con medios como El País, El Mundo, El Norte de Castilla y ABC han consolidado su posición como una voz relevante y comprometida en el panorama cultural español, aportando una mirada abierta y dialogante.
Hoy la celebramos desde el territorio de la poesía, con motivo de la publicación de su poemario Los versos de mi amigaen la editorial Galaxia Gutenberg. El libro se abre con una “nota” que actúa como una auténtica declaración poética. En ella, Ortega evoca los versos de Arnaud Daniel —“Nunca la tuve/ pero me tiene”—, leídos por ella en 1996 durante una jornada de poesía en Valladolid. Tras un largo periodo de sequía creativa, como ella misma confiesa, una voz femenina surge con fuerza, revelando que es la propia poesía la que dicta el momento de ser escrita, imponiéndose sobre la voluntad de la autora y haciéndose presente de manera inevitable. Estructurado en ocho apartados, precedidos y concluidos por un poema inicial y otro final, los poemas se agrupan temáticamente, sin título, simplemente numerados en cada parte, pero encabezados por un lema agrupador que da unidad al apartado.
2. POÉTICA
El poema que abre el libro, anudado al último de la obra, se erige como una auténtica declaración de intenciones, como una poética que abraza todo el poemario, abriendo el libro con la certeza de que “Escribir un poema te llena de dicha”. Esta afirmación contiene el júbilo compartido por quienes se entregan a la escritura, y la autora logra trasladar esa sensación al lector a través de imágenes evocadoras: “El mundo te acompaña”, “ya no estás sola, ya no eres frágil, ya no te duelen las/ rodillas”. Sin embargo, el texto no elude la complejidad del acto creativo; en su segunda parte, se subraya la dificultad de escribir, la espera paciente que exige (“no es tarea fácil”, afirma, “nacen los nietos/ y mueren los amigos”). Esperanza Ortega recurre a la potente imagen dual (como la propia poesía, como la propia vida) de la anciana inofensiva que “te mira de reojo” y que, sigilosa, se aproxima por la espalda con su guadaña, mientras tú, consciente de tu logro, sabes que “por fin has escrito/ un poema a su altura”. Así, el poema conjuga la alegría del proceso creativo con la sombra inevitable del tiempo.
En torno a esa reflexión metapoética se articula uno de los apartados más extensos del libro, titulado: “Escribir un poema”, constituido por 12 poemas que resumen la concepción poética actual de la escritora. El primero alude a la vergüenza de escribir lo que uno siente, lo que uno es, planteando el hipotético recurso de atribuir lo escrito a otro. “De nuevo”, comienza el poema, aludiendo a una situación conocida anteriormente “De nuevo me da vergüenza/ reconocer que escribo mis poemas”
Al modo del verso de Emily Dickinson: “Tengo un pájaro en primavera para mí sola canta”, en el que la poeta estadounidense hablaba simbólicamente de su experiencia en intimidad con la escritura, y de su dificultad para la relación con el exterior, Esperanza Ortega reconoce esa sensación sentida por casi todos los poetas de estar exponiendo en sus poemas todo su yo, de ahí ese juego irónico de distanciar la escritura y atribuirla a “alguna miga mía, una vecina/ o la vecina de una amiga mía” con esa tríada de sintagmas semánticamente alejadores de la autobiografía escritural. La escritora repite «Diré», siendo consciente de la llegada de los poemas al lector, que le pedirá cuentas, y de la vergüenza posterior por tener que reconocer su escritura. Por ello, acude la voz lírica al tópico de que la escritura también es una manera de quitarse un peso de encima, y poder caminar libre, “sin versos, sin amor, sin soledad/ y sin amigas”, termina magistralmente el poema.
El poema siguiente nace de un sueño. Un incendio se desata, y se escuchan voces que avisan, voces no familiares, que no hacen que la autora se levante, asumiendo la intoxicación. Pero, como si realidad y ficción se confundieran, se levanta más tarde, con dolores en la espalda y se pone a escribir. El tercer poema de la sección, por su parte, introduce la imagen del espejo. Dirigido a la amiga ¡oh amiga! en expresión afectiva, le reconoce su compañía, pero también su incapacidad de percibir lo que le está ocurriendo, “Cuánto me gustaría que observaras,/ tú que tanto presumen de extraños saberes,/ las sombra que se interpone entre mi vida y el espejo”. De alguna manera se esconde un reproche sobre la incapacidad de compartir plenamente el vivir de cada uno, “nada dices” señala el yo lírico, “de mi ascensión diaria hacia una cumbre/ donde me espera únicamente/ otra cumbre más alta.” “Como mucho me ayudas a subir otro escalón/ de los que me aproximan a la muerte”
Más adelante, la autora reflexiona sobre su propia escritura, vuelve a los versos desechados, los encuentra verdaderos: “Pero al releerlos/ me he dado cuenta de que decían la verdad”, señala, y añade: “La verdad es muy torpe y puede parecer artificiosa/ eso lo saben todos los poetas”. Y le parecen mejores que los que está escribiendo… una experiencia frecuente entre quienes escriben poesía.
El sexto poema de esta sección parte de una negación de la escritura: “Tú nunca escribirás sobre los lobos”…”No escribirás del hambre ni del frío”. “Del nacimiento y de las despedidas/ podrías escribir,/ de la melancolía y del remordimiento/ podrías escribir…” señalando la propia experiencia como motivo de la escritura. Al final, la poeta es consciente de que la vida pasa y acumula experiencias y se puede acabar escribiendo de todo lo vivido. El poema enfrenta la vida presente con la voz que antes señalaba (quizá hace años en el inicio de la escritura) aquellos temas desconocidos desde la propia experiencia.
La conciencia de que un niño será poeta cuando crezca, pues asegura que “su oficio/ será el de escribir cuentos, / pero solo comienzos de cuentos.” da paso a una singular definición del poema: “Eso es un poema, / un cuento que no avanza,/ detenido en el érase una vez, /donde todos se sumen en la noche del bosque,/ donde nadie regresa cargado de tesoros,/ donde nadie se casa/ porque nadie concluye su aventura…. El poema termina con varias puertas abiertas, que son las que marcan la dirección del poema, como bien se manifiesta en el texto que se incluye detrás del nexo adversativo, cuya dirección argumentativa siempre es la que se impone: “Pero hay lucha/incesante,/ pero hubo (y hay que fijarse en que se habla aquí en pasado) una herida,/ pero hay amor,/ pero hay/ esperanza.// Y unas perdices sabrosísimas.” El final a modo de broma, descarga la tensión emocional del resto del poema. Retomando el lugar común de los cuentos clásicos, “y comieron perdices”, la autora salta al proceso de deglución que supone el alimentarse de un manjar que solo estaba al alcance de los más pudientes y que simbolizaba en la tradición oral que le dio forma la felicidad permanente.
El octavo poema del apartado reflexiona profundamente sobre la naturaleza del verso y su aspiración a extenderse más allá del tiempo, atravesando años, cielos y caminos en un viaje inacabable. La autora propone que el verso ideal sería aquel capaz de prolongarse, de fluir sin límites ni fronteras, convirtiéndose en un hilo continuo que conecta el presente con el futuro y los recuerdos con las esperanzas. Esta imagen de expansión infinita se materializa en la estructura misma del poema, donde cada verso se encabalga con el siguiente, sin interrupciones de comas ni puntos, generando un ritmo ininterrumpido y casi hipnótico que transporta al lector a una experiencia sensorial única. Así, fondo y forma se funden magistralmente: el contenido trata de la eternidad y el fluir del verso, y la forma refuerza esa idea al permitir que la lectura sea también un viaje, una travesía que nunca se detiene. El lector no solo comprende intelectualmente la propuesta de la poeta, sino que la vive y la siente al leer, notando cómo cada palabra se enlaza con la siguiente y el poema parece no tener final, como si fuera posible habitar en él para siempre. Este juego entre la idea y la estructura convierte el poema en una invitación a percibir la poesía como experiencia viva y duradera, donde cada verso es una huella que se prolonga en el tiempo y en la memoria de quien lo lee, inspirando una sensación de infinitud que trasciende la página y se instala en el alma del lector.
“Un verso debería prolongarse años muchos/ muchos años/ y cielos y caminos y no terminar nunca de/ caer como la flecha que se lanza y no regresa un verso no/ debería detenerse no debería rendirse ni/ dejarse conquistar por el silencio pero los poetas/ se cansan/ de tirar de la cuerda y/ buscan excusas mientras abandonan/ las sílabas diseminadas sobre el prado por eso/ el manantial se seca y las palabras/ al fin desaparecen/ entre el vuelo ilusorio de los pájaros.”
Otro poema funciona como un conjuro contra el miedo que asalta por la noche. Una noche de viento, la autora se despierta y se levanta para escribir, piensa que no ha de temer al viento si puede nombrarlo en sus escritos: “¿Qué nos puede asustar a nosotros del viento/ si escribimos su nombre en un poema/ con letras cinceladas,/ igual que una inscripción sobre una tumba? …. Y sigue más adelanto: “Quién sabe si es ese el motivo/ de que en las noches de borrasca/ me sienta salvadora de las especies de la tierra/ que tiemblan cuando el viento/ se levanta y sacude.”
A continuación, el poema parte de una creencia extendida, cuestionada desde su inicio mediante ese verbo de uso distanciador: “dicen que”. “Dicen que los poetas aman las palabras”, y la autora lo cuestiona ¿De verdad aman las palabras los poetas? aludiendo a que quizá en el pasado pudo haber un poeta que las amara… “Pero hoy -bien lo sé- refuerza argumentativamente la escritora, y continúa “muchedumbres ingentes de poetas/ batallan a diario con los nombres indómitos/ hasta caer rendidos.”, señalando el poema más como campo de batalla que como espacio de felicidad. También alude al miedo a la página en blanco en un poema donde los versos resuenan como el eco de una palabra en un valle: “Este es el peligro del poeta que calla:/ puede que las palabras de abandonen,/ le abandonen, bandonen, donen, onen…”. jugando así con la unión entre la forma y el fondo.
En numerosos poemas, la poeta juega con una segunda persona que distancia a la autora real de la voz lírica, “Deberías hacer un propósito: comenzar cada día un/ poema./ Te lo dice una íntima voz”… Siempre hay motivos para empezar un poema, añade: la niebla, caldo de cultivo precioso para la escritura. Y el poema acumula verdades dignas de ser dichas.
3. MEMORIA Y TIEMPO
El primer apartado del poemario se titula titulado “vaivén”, que se vertebra sobre una línea temporal que enlaza los extremos y se refleja en una suerte de desdoblamiento de identidades, donde el yo presente se interroga por la autenticidad de ciertos objetos y gestos —aparentemente simples, pero profundamente significativos—. El cabello, que pertenecía a una “muchacha mucho más alta que yo”, resplandecía; las piernas y los pechos de antaño, los ojos de aquel entonces, cuyo interior ya se ha perdido en el recuerdo. Finalmente, la mano de ahora, la que escribe, deja en el aire la pregunta: ¿a quién le pertenece?
El juego del tiempo impregna el poema y el lenguaje se somete a su ritmo. Así se aprecia con claridad en el segundo poema: “Eros te mece entre sus brazos y luego te abandona como/ un árbol caído” El viaje al pasado se realiza desde el presente verbal, situando el pensamiento en un lugar concreto: “Niña eres entonces”, escribe Esperanza Ortega. Más adelante, el poema da otro salto temporal: “una tarde ensoñada que fuera exacta a esta/ recordarías el vaivén”. El uso del condicional traslada al lector al pasado mental del pasado físico, a lo que se añaden verbos como “dibujarías el columpio con los ojos”, “Comprobarías que aún logras elevarte”… Finalmente, el poema culmina en el presente, fusionando tiempo y memoria: “Tan suavemente/ que sonríes./ ¡Qué gusto!/ Al menos sabes que estuviste,/ que fue.”
Después, la anáfora se convierte en el hilo conductor, desplegando una repetición que plasma el desasosiego de la protagonista, quien se fragmenta en un “tú” lírico, tratando de desprenderse de una certeza que la acecha: “De repente te das cuenta de que no tienes casa”. A medida que la reiteración avanza, la sensación de desamparo se intensifica: “De repente te das cuenta de que andas desnuda”, “de repente te das cuenta de que eres muy pobre”… La conclusión del poema define con precisión esa pobreza, transitando de lo diminuto a lo infinito: hormiga o estrella lejana en una noche de junio. Así, la intemperie hilvana los extremos, uniendo lo más bajo y lo más elevado bajo un mismo cielo.
Los tres “Poemas del afilador”, segundo apartado del libro” destilan una melancolía profunda y una visualidad intensa, casi narrando la existencia de cada uno de nosotros. La vida que quedó varada atrás, en la infancia, se muestra detenida en un rincón de la memoria y revive al ser evocada. El primero abre con un viaje al pasado, una escena inmóvil que permanece, aunque no haya dejado “Ni san siquiera el hueco del lugar donde estuvo.” Ya no queda vestigio físico ni temporal—ni antes, ni después, ni detrás, ni delante—de aquella casa en la que la protagonista poemática, tratada en segunda persona para distanciar la emoción, vivió. En ese espacio, en un metro cuadrado del pasillo que “equivaldría a una eternidad”, la poeta desmenuza el ayer: la “madre pensativa frente al espejo del tocador”, las “hermanas absortas/ cepillando sus melenas larguísimas”, el padre, “que aún escribe en un cuaderno blanco/ con su tinta invisible”. Y, en la lejanía de esa escena detenida, resuena el canto del afilador, música “hermana de lo eterno”, capaz de ser la banda sonora de este poema anclado en el tiempo.
Los dos poemas siguientes prolongan esa evocación: “Las manos de tu madre,/ no había manos suaves como aquellas”. Manos que desmentían el enfado, en una paradoja bellísima: “desdecían la aspereza de su ceño fruncido/ con su tacto de pluma”. El poema avanza como lo hace el tiempo, narrando cómo, llegada la vejez, la madre se lamenta de las manchas en sus manos. El poema culmina con un recurso lírico poderoso, sumando la narración del tiempo a la emoción del sujeto que escribe: “Mas llegó el día triste”…En ese instante, cuando las manos ya no pueden volver a acariciar, es cuando recobran su blancura. Mediante una sinécdoque delicada, las manos llegan a simbolizar, a ser, la madre entera, toda la ternura de la madre… “Junto en el momento en que ya no iban a acariciar más/ y para siempre.”
Cierra el bloque un poema que rinde homenaje al padre, aquel que había fallecido tan solo dos meses antes, y a quien la voz poética contempla acercarse entre la multitud, portando un ramo de rosas en las manos. “Tenías once años”, arranca el poema, desplegando ese recurso tan propio de la memoria súbita, capaz de incrustarse para siempre en la existencia y en el recuerdo, como los grandes poetas logran en sus versos más logrados (eran las cinco de la tarde… de Lorca). Esa evocación precisa del tiempo que queda suspendida, como una flecha inmóvil, en la vida y en la memoria.
“Entre nosotros” es el siguiente apartado, en él está la infancia, los momentos clave, desapercibidos de una vida: dos niños que están cerca mientras el avión Plus Ultra vuela, el nacimiento, el nombre escogido para ella, “Esperanza”, que podría haber sido otro, el viaje con el padre en la infancia a ver la cueva pintada en la montaña, y cómo el hecho de que haya sido cerrada para protegerla ha privado a sus hijos y nietos de las risas que recuerda en aquel momento. La infancia y sus dos hermanas que, con una alegoría de los cuentos de aventuras, parten pronto, aunque “ninguna alcanzó el destino esperado”. El texto concluye con la reflexión sobre la distancia entre deseo y vida: “Así es y será siempre el Universo./ La vida pequeña y el afán/infinito.” El siguiente poema, como una pesadilla, nos dibuja a una niña “deambulando en un páramo vacío” una niña que contempla el cielo y un muro, y por esperar a poder tocar el cielo con los dedos, dejó que el muro fuera acercándose, “Hasta que esté segura de una sola cosa:/ la noche llegará/ y no tendrá que alzar los ojos/ para ver que se cierra la última ventana.” Otro poema está dedicado a su hermana mayor, es un canto a la infancia compartida que no se ha olvidado del todo, un canto a la hermana que te ató los cordones de los zapatos, que le dio de beber de su vaso más limpio… Comienza con la respuesta a una pregunta implícita “Hermana, ¿cómo voy a negarte a ir contigo al con-/cierto/ si ataste los cordones de mis zapatos nuevos/… y continúa acumulando acciones de la hermana. L propia ruptura de los versos haciéndolos coincidir en medio de una palabra, algo que se repite en todo el libro en algunas ocasiones, apoya la idea de ruptura afectiva, de quiebra en el tiempo feliz de la infancia frente al presente, que enseña sus colmillos. esta última certeza aparece explicitada magníficamente en el siguiente poema, en el que partiendo de una reflexión: “A los niños les extraña que sus abuelos hayan sido jóvenes” se despliega una anécdota en la que el nieto “en mi regazo”, mira un álbum con fotografías, y afirma que él también será papá y abuelo y…. “Y de súbito/ calla.” En este momento el niño se da cuenta de que no hay nada detrás de esa última palabra… y en ese instante “falta un a luz entre los cientos de luces de sus ojos”, para percibir lo que ocurre en el futuro “el final presagiado del tiempo transparente/ que aún rueda entre sus dedeo/ como una pequeña/ canica.” Los dos últimos poemas cantan a la infancia perdida, y al camino que no vuelve a andarse, y el último habla del futuro “ese túnerl/ cada vez más oscuro,/ cada vez más estrecho”, con las metáforas orientacionales del camino y del túnel.
La sección titulada “fosa común” se inicia con un poema que comienza con un homenaje a las Coplas a la muerte de su padre, de Jorge Manrique, es un apartado dedicado a los que han muerto, “es un apena que el espectáculo del mundo no dure para/ siempre” termina el primer poema. Entre ellos, resalta de manera especial, aquel poema dedicado a Leonard Cohen, y a la huella vital que dejó en la autora. “Aquello sucedió cuando el amor era un palacio inexpugnable/ con unos goznes gigantescos”, comienza la autora, señalando el origen de un relato emocional en un tiempo lejano, como en los cuentos tradicionales, mediante una hipérbole que señala la lejanía del tiempo y también de la experiencia amorosa. En ese instante la autora escoge un disco del escaparate de Leonard Cohen “me atrajo su aspecto mustio y distraído,/ como me imaginaba que sería/ quien quizás ya me estaba esperando en el portal equivocado.”
Mediante un hermoso símil de resonancias sagradas, la autora describe cómo coloca el disco sobre el plato, “lo hice como quien enciende una vela en una capilla.” y continuando la metáfora añade que “Su voz se irguió al instante como la llama entre la cera./ casi me quema aquella voz incandescente”. A partir de aquí, se acumulan sensaciones sinestésicas, “Yo no sabía aún/ que es así como acercan sus labios los enamorados/ cuando todavía no se atreven a mirarse a los ojos” y más: “Con el tacto del terciopelo tazado por el uso/ subía por mi espalda y al llegar hasta el cuello,/ ¡Aleluya!, su roce me estremecía tiernamente.” Leonard Cohen “cantaba para mí”, sentencia. La segunda parte irrumpe con la realidad: “Hace tiempo que soy una mujer hecha y derecha/ de las que recorren los pasillos con prisa,/ pero eso no impide que aquella mañana/ me quedara petrificada al oír por la radio:/ LENARD COHEN ACABA DE MORIR.” La autora recuerda el día exacto, como se recuerdan las fechas importantes. “sólo eso dijeron” termina el poema con una cotidianidad extremada que choca con la intensidad del recuerdo. La experiencia enlaza con el poema siguiente en el que se relata la muerte de un mendigo con la cita (en mayúsculas) final en la que el periódico señala escuetamente: “hallado muerto un indigente./ Dicen que procedía de Zamora.” El “dicen” que alude a la fuente periodística indeterminada, actúa también como distanciador emocional. La muerte es intensa vivida y fría en su relato periodístico. No hace falta añadir nada más: el lector recibe el golpe. Sobresale asimismo el sexto poema en el que escribe como verso primero “Busco un poema para la hermana de mi amiga” hablando de los poemas de circunstancias, pues la hermana ha muerto, y recuerda los poemas de Szymborska, o Neruda que escribieron versos a sus hermanas.
En el poema se alude no sin cierto recurso irónico: ”Apenas la conocí,/ más sé de buena tinta/ que la hermana de mi amiga se ocupaba/ de todo lo pequeño, también de los vilanos/ que no creó el Dios Padre en sus días mejores/ y solo parecieron/ gracias al soplo de un dios anónimo y cansado.” Y más adelante, con el mismo recurso añade: “y yo tengo entendido/ que su hermana tampoco sabía de esas cosas-“.
A continuación se aborda la imposibilidad de escribir un poema, después de escuchar en la radio noticias de muertos… “un o menos que ayer,/ lo he oído en la radio,/ esa era la buena noticia.” En esta parte sobresale el contraste entre las fuentes aparentemente objetivas, los diarios, la radio, frente al dolor que siempre es personal y cercano. El lector percibe de cierta crítica que se explica en los versos finales de este poema 7: “Los muertos de la peste,/ este miedo a mirarlos,/ el temor a encontrar en su sima sin fondo/ el rostro innumerable/ de la desgracia que nos mira.” Así ante la foto de un amigo muerto, el poema siguiente lleva a la escritora a afirmar: “Al lado de los muertos, los vivos y no somos nadie” y concluye cuestionando el papel de la literatura ante la muerte: “No,/ no van a leer nunca/ el poema que les hemos escrito.”
4. CRÍTICA Y SOLIDARIDAD
“Eso no se dice” es la siguiente sección: En ella aparecen críticas, a los “joviales que aconsejan/ la terapia de la risa a los enfermos”, el primer poema es una toma de postura frente a actitudes aparentemente “felices” o “cómodas socialmente”, tras las que se esconden posturas superficiales, De ahí la contundencia de los comportamientos: “No me gustan los que ayudan a morir a los otros/ en paz/ y luego eligen sopa de calabaza en el restaurante.” “No me gustan los que leen el Libro de los Muertos/ y no tiemblan de frío.” Frente a ellos, la voz poética elige que siempre son los que se equivocan, los que se dejan herir por las ramas de los bosques en lugar de desbrozar las ramas: “Prefiero a los que tropiezan con la tumba de Agamenón/ ¡y cómo se emocionan,/ incluso si no han leído ni un verso de la Iliada! El segundo poema de esta parte refiere esa sensación que poseen los jóvenes de que ninguna de las heridas que acumula el tiempo les afectan: “creen que sus dientes nunca se pondrán amarillos/ y que sus ojos verán siempre”
El apartado titulado “Copos de nieve. Oración”, de gran belleza, presenta de manera caligramática poemas en forma de copos de nieve, en cada uno de los cuales agradece a la nieve, por ser niveladora de todo, por acercar a los pies el horizonte, por derramerse sobre un mundo ensimismado, por vendar los arañazos de las agujas del reloj, terminando con un “así sea y por siempre, Y amén”
“Cadencia de la compasión” el siguiente apartado es una mirada compasiva y fraternal sobre los dolores del mundo. El hundimiento del Titanic dirige la mirada a la poeta hacia aquellos espacios en los que quedaron encerrados los pasajeros de tercera, para que no alcanzaran los botes salvavidas, que representan a todos los pobres del mundo. El texto concluye con la acumulación de preguntas retóricas, dirigidas a un lector colectivo que indirectamente siente que pudo ser la víctima, pero también el verdugo: “¿Comprenderéis ahora por qué mi indignación es tan/ aguda/ aunque no estuve allí?/ ¿O si que estuve allí?...y continúa preguntando… y termina: “Y es que mis ojos en un rostro impasible que aún no era/ el mío/ contemplaron cómo el barco se abría/ y era tragado por las olas”. Otro poema comienza con la frase “Tuve una amiga santa de verdad.” Después, mediante el recurso irónico de tener que demostrar lo que se dice continúa narrando sus hazañas: “Y para demostrarlo/ comenzaré contando alguna de sus buenas obras”….El poema continúa con la narración de sus bondades y en un momento se dirige a los lectores: “ También hizo milagros, tantos…/pero os voy a contar únicamente/ el milagro del que yo fui testigo”.
La poeta ensaya explicaciones dirigidas a sus lectores, con su desdoblamiento en el yo real, la voz lírica y la conciencia del lector. De ahí algunas precisiones, como la que aparece en el siguiente poema: “El sol en el otoño se asemeja/ a un regalo del cielo./ Me refiero a este sol compasivo/ que acaricia la espalda levemente”. A la vez, dialoga con los distintos yoes que ha sido en cada tiempo y se dirige a ellos. De aquí que se pregunte a su yo actual: “¿Saldrá o habrá salido alguna vez/ este sol para mí, de primavera? (…) y más adelante en el poema se dice a sí misma, como un tú diferente al actual: “el día en que el sol salió para ti/ te estabas abrochando las sandalias/ con las que habrías de pisar el prado de amapolas./ Eso fue una vez./ Y otra vez:/ subías encorvada las escaleras de la clínica,/ despacio, porque iba a nacer un hijo tuyo…” Recordando así lejanos los días luminosos, frente a los actuales.
Catulo y Lesbia protagonizan otro de los poemas de esta parte, en el que se rememoran las relaciones intensas y tormentosas entre ambos amantes, cuya intimidad Lesbia metaforizó con la imagen del gorrión que simbolizaba todas las formas del amor, incluida la erótica. La poeta se torna en Lesbia al acabar el poema y se pregunta en primera persona: “¿Qué habrá sido de ti, mi buen pajarito?” para añadir después: “Espero que no sea encima de tu tumba/ donde Lesbia la bella, la inconstante,/ llora desconsolada todavía.” El poema siguiente está dedicado a los migrantes que saltan la verja. Nos dibuja un escenario en el que se contrapone la vida de los migrantes con el día a día de una persona del primer mundo “y una sexagenaria que imagina sus cuerpos vigorosos/ mientras coloca su cabeza debajo de la almohada”.
5. FINAL
El libro se cierra con el apartado titulado “Último poema”, en el que concluye el aprendizaje de una vida: “Vivo como si nunca fuera a resucitar/ desde el día en que descubrí/ la gran mentira.” y sitúa el momento: “Tenía alrededor de quince años” y ante la vuelta de la memoria a aquel momento se pregunta por la razón de los poemas rompiendo la lógica que en la vida es inaplicable: “¿O es que acaso no están los poemas para eso?/ ¿Para hablar de lo que no fue, pero existió, de lo que/ nunca / llegaría a existir, aunque haya sido? La poeta que ve desfilar una “multitud de cabezas sin ojos”, contempla ante esa multitud.
En el poema se emplea un recurso frecuente en Esperanza Ortega, la interrogación como reflejo de la duda interior, como forma de desdoblamiento de la autora: “¿O es que acaso no están los poemas para eso?/ ¿Para hablar de lo que no fue, pero existió, de lo que/ nunca/llegaría a existir, aunque haya sido?”… Y más adelante: “si marchara al encuentro de ¿lo desconocido? Sí, así/ fue” contestándose a sí misma ante la duda planteada entre su yo del pasado y su yo presente, que ya tiene la respuesta. Y en este poema esas dos miradas se expresan también en el uso verbal entre el pasado y el presente, pues ambas identidades se superponen al tiempo en el poema, que como en la física cuántica, hace ser a la vez a los tiempos: “¿Acaso habría debido implorar de rodillas?/ ¿Recordarles que un día fui tan humana como ellos?/ Pero mis ruegos vuelven a chocar/ contra aquella muralla de millones de dientes.” Y continúan la acumulación de preguntas sin respuesta, preguntas a las que sólo un poema puede responder: “Hacer lo único que haría/ si volviera a resucitar en otro mundo:/ ESCRIBIR UN POEMA.” Y así termina el poemario, con igual final que con el que se inició, también escrito en mayúsculas: “ESCRIBIR UN POEMA te llena de dicha.”


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