El ser al que llamo Maggie

El ser a quien llamo Maggie llegó al mundo un lunes 29 de abril de 2019, hacia las 12 de la mañana, en el jardín de Altaïr, en Valdelagua, Santa Marta de Tormes, conmigo de comadrona observante sorprendida. Nacía de un gato desconocido (aunque hay sospechas) y de una gata tricolor calicó llamada Colorina o, también, Carita de Búho. Antes de ellas conocimos a una de sus abuelas, una hermosa gata gris europea a la que pusimos de nombre –en aquellos tiempos primigenios de nuestra relación con los gatos– Grisu.

De manera parecida podría haber empezado este texto Marguerite Yourcenar, la autora de las hermosísimas Memorias de Adriano, en honor de quien Maggie recibió su nombre. Daba color así su nacimiento, y el de sus dos hermanos, a uno de esos meses que a veces tiñen la vida de gris. Triste e incomprensible desde su inicio, aquel abril intentaba así restaurar el daño que nos había hecho. De ese modo compensa la vida el haber con el debe, las entradas y salidas, como el libro de cuentas de un mercader que basa en el equilibrio su supervivencia.

A una semana de cumplir el medio año, el 22 de octubre, intercambió una de sus vidas por unas bolsas de suero en la clínica veterinaria Las Nieves, de Santa Marta, lo que le permitió evitar la muerte por deshidratación. Tras unos días en casa volvió a incorporarse a la colonia con el resto de la camada. En pleno confinamiento, el 22 de abril (¡qué caprichosa y hasta simétrica es la casualidad; de nuevo a una semana de cumplir el año!) se dejó otra de sus vidas en la mesa de operaciones de la clínica veterinaria donde, ese tándem perfecto compuesto por José María y Charo, le extirparon unos tumores que pesaban más de lo que se vino con nosotros a casa de vuelta. Entonces sabíamos que sería para mucho más que una semana.

Debió de ser una operación complicada, pero sobre todo fue una convalecencia sorprendente porque, abierta en canal como se encontraba, parecía difícil que lograra cerrar todas las heridas. La Naturaleza, y la Vida, tienen sus leyes, del todo ajenas a nuestras convenciones. Hoy hace un año de aquello y Maggie corre por casa con el nervio que la posee desde pequeña y que la convierte en el duende pardo de AltaÏr, vocecita de nuestra conciencia hacia una especie que sin necesitarnos para nada se vuelve dependiente de nosotros a la primera caricia. Es esa encantadora domesticación a la que se refiere Juan Luis Arsuaga, en su reciente diálogo con Juan José Millás, La vida contada por un sapiens a un neandertal, y que según él –en una increíble pirueta retórica de la mano de las bienaventuranzas– es lo que nos ha hecho a los humanos actuales.

Maggie llegó, en definitiva, como años antes había llegado a nosotros Sombra, como algo inesperado que se instala en nuestras vidas cuando no solo no lo esperas, sino que no lo deseas. Así es la vida, y nada más tenaz y empecinado que un gato. Durante el último año Maggie ha sumado su felicidad a la nuestra y ha convertido un año malo en un periodo inolvidable por no pocos motivos. Quiero escribirlo hoy que la felicidad nos rodea a las dos en esta víspera de su llegada; una felicidad tan grande y diversa como una biblioteca o librería perennemente abierta. “Toda dicha es una obra maestra”; esto también lo escribió Yourcenar. Y las palabras, como ocurre con lo verdaderamente importante, apenas si logran mostrarlo a través de una mirilla.