La mejor carrera que vieran los siglos

A José Manuel y Fructuoso, zagales del Buen Pastor.


Este título, tan retórico y evocador del mundo cinematográfico y del espectáculo en general (que debo, con la imagen que lo ilustra, a quienes va dedicado el texto) refleja, sin embargo, a la perfección lo que debió de ser hace 2000 años la ida de los discípulos Pedro y Juan hasta el sepulcro aquella mañana del Domingo de Resurrección con el que empezó la hermosa aventura de la fe cristiana que hoy celebramos, creyentes y no creyentes, en todo el mundo.

Aquella carrera la había iniciado, según el evangelio de Juan, María Magdalena cuando –“al amanecer, cuando aún estaba oscuro” (en el día y en la fe)– vio la losa quitada y “fue corriendo a donde estaba Simón Pedro con el discípulo preferido de Jesús”. Aquella noticia fue el testigo (lástima que la carrera me impida ahondar en esto) entregado en aquel primer relevo de nuestra historia creyente: había comenzado la mejor carrera que vieran los siglos.

¡Cómo no iban a correr! Estaba en juego aquello por lo que habían apostado su vida entera hacía tres años, guiados solo por una llamada, por una mirada, una intuición o, quizás tan solo por un pálpito. Cómo no iban a correr si estaba en juego una apuesta vital que hacía tres días creían haber perdido y ahora –con esa llegada, “corriendo”, de María Magdalena diciendo que su cuerpo no estaba en la tumba– volvían a sentir la posibilidad de haber acertado y ganado.

“Pedro y el otro discípulo –nos dice el evangelista– salieron para el sepulcro. Los dos corrían juntos, pero como el otro discípulo corría más que Pedro, se le adelantó y llegó primero; asomándose al sepulcro, vio las vendas en el suelo, pero no entró”. Con qué delicadeza el narrador, que no es otro que Juan, el segundo corredor, dice que llegó antes el más joven, aunque “corrían juntos”. Con qué delicadeza relata cómo llegó el primero a la meta pero no la cruzó, pues la meta era llegar y entrar para entender. Qué respeto no debería sentir el evangelista hacia Pedro y hacia quien le nombró un día primus inter pares inaugurando una tradición todavía hoy vigente y plena de sentido.

Lo que estaba en juego aquella mañana detrás de esa carrera –¡la mejor carrera que vieran los siglos!– no era quién iba a dominar Israel o reinar en Jerusalén. Lo que estaba en juego aquel primer Domingo de Resurrección era la fe. Qué carrera la de aquella mañana clara y despejada tras las tenebrosas horas que anticiparon aquel nuevo día. No hay, por tanto, en absoluto, hipérbole alguna en el título de este texto, porque aquella fue, sin duda alguna, la mejor carrera que vieran los siglos.

Una carrera en la que todos ganaban: el primero en llegar, pero también todos los demás, hasta la mañana en que se escriben estas letras, y aún después. Una carrera sin fin, pues aquí seguimos hoy corriendo tantos y tantos creyentes en el mundo. Todos hemos recibido el testigo de los que nos precedieron, de quienes nos dijeron un día de merecía la pena correr esos metros con la esperanza nunca decepcionada de que más allá de la piedra quitada que viera María Magdalena –aunque no estaba– Jesús había resucitado. Y así hasta hoy, hasta esta espléndida mañana de Domingo de Resurrección del segundo año de la era Covid en la que, sean cuales sean los peligros del mundo, Él continúa junto a nosotros, los que hoy relevamos en la fe a aquellos que nos guiaron hasta Él.

Hace unos años, escribió Joan-Carles Mèlich en su libro La lectura como plegaria que “en la vida lo más importante es lo indecible. Por eso necesitamos el arte, la música, la literatura, el cine. Necesitamos una poética de lo indecible”. A esa poética contribuyó magistralmente –qué duda cabe– el evangelista al narrarnos, varias décadas después de haber ocurrido, aquella hermosa carrera cuya importancia para su vida él todavía continuaba recordando emocionado.