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LA RESPIRACIÓN DE LO INVISIBLE.SOBRE LAS HOJAS, LA BRISA Y LA LUZ DANZA EN LAS SOMBRAS DE HUGO MUJICA

  • hace 6 horas
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Hay libros que revelan y comunican una forma de habitar luminosamente el mundo. El último poemario de Hugo Mujica (Buenos Aires, 1942), Las hojas, la brisa y la luz danza en las sombras (XXXVIII Premio Loewe de poesía), publicado por la editorial Visor, pertenece claramente a esta estirpe. Entrar en sus páginas es semejante a perderse en un bosque al amanecer: al principio la mirada tirita, como si necesitara aprender de nuevo a ver, pero, después, una se da cuenta de que sólo basta con dejar descansar los ojos en la percepción para contemplar todo de nuevo con una lucidez inusitada. Desde los primeros versos del poemario se tiene la impresión de que el lenguaje ha sido despojado de todo exceso para hacer un hueco al silencio. Ahí reside, quizás, una de las claves más fecundas de este libro —y de toda la obra de Mujica— que parte de una escritura que brota de una intemperie profunda, no vivida como carencia, sino como una forma elegida de desnudez vital.

El primer poema funciona, de este modo, como una poética y como una declaración del asombro: “¿Cómo decir / que todo es luz, / que cada ahora es / un alba?” (p.13). Y la pregunta adquiere en los versos más relevancia que cualquier posible respuesta. De hecho, la poesía de Hugo Mujica permanece, frecuentemente, vibrando en estado de tensión, mediante interrogaciones que se sostienen en el aire sin acabar de responderse, al tiempo que cada poema es una puerta abierta hacia un espacio vacío que, sin embargo, está lleno de resonancias. Su escritura avanza por aproximaciones, por tanteos, por ese modo de mirar en el que la realidad parece construirse lentamente ante nuestros ojos.

El título del libro anuncia ya sus tres grandes símbolos: las hojas, la brisa y la luz. Son elementos casi impalpables en cuya fragilidad reside su potencia, como la consistencia de la ceniza cuando aún conserva el calor del fuego. Todo es tránsito, roce, aparición. La naturaleza ocupa un lugar central, pero no se trata de una naturaleza simple, de expresión descriptiva, sino que en Hugo Mújica el paisaje es siempre revelación. Cuando escribe: “Sol de otoño, las vides/ regalarán sus granos,/ escanciaremos vinos/ y reiremos penas” (p. 17), el poeta está proponiendo una ética y una estética de la unidad. El otoño, estación del declive, se convierte en una celebración de la abundancia y de la fraternidad. Continúa el poema: “abierta la herida/toda sangre es sangre/ hermana” (p.17). La naturaleza enseña aquí el poder infinito de la reconciliación. Hay, en este sentido, en el libro una insistente meditación sobre la herida, que no se muestra como amputación, sino como apertura. La fisura es una forma de conocimiento. Igualmente, las sombras no son el envés de la luz, sino su respiración: “¿Cómo decirlo/ en silencio/para escucharlo/ sin sombras?” (p.13), termina el poema I de la primera parte. El poeta parece saber que la claridad absoluta también ciega y que toda iluminación verdadera necesita, a su vez, de una penumbra que la haga visible.

La estructura de la escritura contribuye intensamente a esta experiencia unitaria. Los poemas son breves y muchos parecen inscripciones encontradas en el margen de un manuscrito antiguo. La numeración romana, la división en secciones y la amplitud de los blancos tipográficos convierten cada composición en una isla. Pero, lejos de un aislamiento solitario, se trata más bien de una respiración. El espacio vacío forma parte del poema. Entre un verso y otro no hay una pausa: hay un abismo fértil. Pocos autores contemporáneos han comprendido, con tanta profundidad como lo hace Hugo Mujica, que el blanco de la página, como trasunto del silencio en la palabra, también escribe, y lo hace inteligente e intensamente.

Desde el punto de vista lingüístico, la escritura de Mujica se sostiene sobre un extraordinario ejercicio de depuración y, también, sobre una notable libertad sintáctica. El poeta elimina toda ornamentación superflua, la palabra aparece reducida a su hueso luminoso, donde cada término ocupa un lugar exacto. Destaca igualmente el uso de las paradojas y de las contradicciones semánticas. “Pocos ven su belleza/ y también la espina/ la tiene// no pocas veces/ una herida es la/ rosa” (p. 22). La imagen subvierte la percepción a la que estamos acostumbrados, y también su lógica. La herida deja de ser accidente para convertirse en el lugar donde la belleza revela su complejidad. La rosa no es sólo flor; es también su propio desgarramiento. Esta conciencia de la necesidad de una palabra cuidada afecta, asimismo, al tiempo. El presente, y también el inteligente y poderoso uso del infinitivo, con valor absoluto, adquieren en estos poemas una intensidad casi mística. “Todo pasar es entre/ dos orillas: el llegar/ y la partida,/ y en medio, en nuestro/ mientras tanto,/ este andar entre/ otros ciegos/ mendigando sus/ miradas”. (p. 35). Los versos poseen la rara virtud de hacernos experimentar que el movimiento y la permanencia son la misma cosa. Pasar es llegar. La pérdida es también cumplimiento.

En este sentido, la poesía de Mujica mantiene un diálogo profundo con las tradiciones contemplativas y con determinadas corrientes de la mística negativa. Pero sería un error leer estos poemas únicamente desde una clave religiosa, a no ser que este último término se tome en su sentido etimológico, resaltando en él la idea de que todo está atado a todo, en horizontal, pero también -y sobre todo- en vertical. Lo que en estos textos se busca no es una doctrina, sino una experiencia de presencia. La trascendencia acontece dentro de las cosas y no fuera de ellas. La brisa, la hoja, el alba, la piedra, el árbol o la sombra son las sílabas de un lenguaje anterior a las palabras. Hay versos que parecen escritos desde una antiquísima edad del mundo, casi casi genética, en la que las cosas aún conservaban su nombre recién creado: “En el origen, fue la luz / y al final será el / principio” (p. 73), escribe el poeta en el último texto. Pocas veces se ha formulado con tanta sencillez una intuición tan radical. El final no clausura: inaugura. El principio no queda atrás: nos espera. Ya lo había avanzado antes la física cuántica.

La poesía de Hugo Mujica tiene precisamente esa condición de espera. Sus poemas son como pequeñas lámparas colocadas en el filo de la noche. No iluminan el camino entero, sino que apenas dejan ver unos pasos, pero esos pasos bastan. Porque en la verdadera poesía la luz nunca cae rotunda sobre las cosas, sino que nace de ellas. Al terminar el libro al lector le queda una impresión de haber escuchado el crecimiento de algo. No una idea, ni tampoco una historia. Algo más elemental, como una brizna de hierba apenas perceptible que tuviera detrás, como bien señala el Talmud, un ángel transparente que la velara susurrando por su desarrollo. Porque la poesía de Hugo Mujica nace de un lugar casi imposible: allí donde el silencio, de manera imperceptible igual que ese ángel, hace crecer la Luz.


 

 

 
 
 

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