LAS RAÍCES DE LA PERMANENCIA: SOBRE EL MAGISTERIO DE LOS ÁRBOLES DE JAVIER GILABERT
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El magisterio de los árboles (ganador del XXXI Certamen de Letras Hispánicas “Rafael de Cózar” de la Universidad de Sevilla), de Javier Gilabert (Granada, 1973), es un libro de una gran coherencia estilística y vital, en el que el árbol se convierte una manera de habitar el mundo. A través de su presencia —a veces doméstica, a veces simbólica, siempre cargada de resonancias— el libro va desplegando una reflexión sobre la memoria, la pérdida, y el paso del tiempo. Los árboles se despliegan en los versos como realidades que sostienen una experiencia humana y la vuelven legible. En ellos se cifra una manera de entender la vida: lo que permanece, lo que crece, lo que se transmite y también lo que un día se inclina hacia su desaparición. Desde el poema inicial, “El primer árbol”, esa asociación entre lo vegetal y lo íntimo queda formulada con una expresión reveladora: “Un padre es como un árbol. A sus ramas / trepamos por primera vez e hicimos / un nido en el que aún nos cobijamos”. En esos versos, la figura paterna anticipa uno de los núcleos emocionales más intensos del libro.
Uno de los cauces más hondos del poemario es el duelo por la muerte del padre, aunque Gilabert lo transita sin estridencias y sin entregarse al lamento fácil. Su elegía no se desborda: respira con la sobriedad de quien sabe que el dolor, cuando es verdadero, no necesita alzar la voz. La ausencia aparece velada por la memoria, como una luz tamizada por las ramas, y de ese filtro nace una conmoción más profunda. En el poema titulado “El resto de su vida”, por ejemplo, la escena doméstica en la que la madre pide al hijo que se pruebe una prenda del padre muerto adquiere una densidad estremecedora. El desenlace concentra toda la intemperie del duelo: “Delante del espejo / sólo vi la tristeza de mi madre, / el resto de su vida, / la vasta soledad de lo que permanece”. La emoción brota aquí no de lo enfático, sino de la precisión con que una imagen cotidiana abre de pronto un abismo. Del mismo modo, el poema “No me olvides”, dirigido al padre, convierte la erosión del recuerdo físico en una presencia espiritual más honda, casi susurrada desde el envés del tiempo. Termina el texto con estas palabras: “Y sin embargo, padre, / no hay día que no vengas a mi lado / y me susurres hijo, no me olvides”. El recuerdo se vuelve así una forma de resistencia contra la desaparición, una llama tenue que no se resigna a extinguirse.
La memoria es, en efecto, uno de los troncos centrales sobre los que se sostiene este magnífico poemario. Recordar no significa aquí regresar sin más al pasado, sino descifrar en sus sombras la forma secreta de lo que somos. En “Retrospectiva” podemos leer al final: “Mi infancia me acompaña de la mano”; y esa imagen, tan desnuda y, a la vez, tan luminosa, resume la persistencia de lo vivido como una compañía silenciosa. En “Arraigo”, por su parte, la evocación de los juegos infantiles entre árboles conduce a una de las metáforas más bellas del libro: “Hay árboles que crecen con nosotros.” Y concluye: “La infancia es como un bosque / que se va despoblando con el tiempo”. Hay en esos versos una tristeza serena, como la de un sendero que se interna en un paraje cada vez más vacío. La infancia aparece entonces como un territorio que retrocede, un bosque donde poco a poco se apagan las voces, desaparecen las presencias y se cubren de maleza los antiguos claros. Y, sin embargo, ese lugar perdido sigue siendo el humus secreto del que se alimenta la identidad adulta, la raíz invisible que aún nutre la conciencia.
Especial relieve cobra en el libro la relación entre generaciones, esa sucesión de savias y de latidos que convierte la experiencia individual en cadena viva. Si al comienzo el poeta aparece como hijo que vuelve la mirada hacia el padre, más adelante en el libro se perfila también como padre que contempla crecer a sus hijos. De ese doble movimiento —memoria y porvenir— nace una de las experiencias más hermosas de continuidad cuando, refiriéndose a un olivo rescatado, escribe: “Ha crecido hasta alcanzar / la altura de mi hijo, / y no hay día que al mirarlo no piense / que es un digno heredero / de los viejos olivos / cuya raíz sostiene nuestra historia”. La imagen enlaza al hijo y al árbol en una misma ascensión, como si ambos se alzaran sostenidos por una tierra común, cargada de memoria familiar.
El libro incluye también, entre sus páginas, la mirada sobre la dimensión ética que adquiere el cuidado de los árboles. Estos se vuelven entre los versos criaturas que enseñan una disciplina del alma. En su cultivo laten la paciencia, la perseverancia, la humildad y la aceptación de unos ritmos que el ser humano no puede violentar sin quebrar la armonía. Se formula, así, una verdadera poética de la escucha. La enseñanza desborda el ámbito del jardín y alcanza una verdad más amplia: nada vivo admite una forma impuesta desde la soberbia; todo exige atención, demora, respeto por su propia naturaleza. Esa intuición, a la vez estética y existencial: “Saber mirar es parte de la escucha”. Mirar, entonces, no es poseer con los ojos, sino demorarse ante el mundo hasta oír lo que calladamente revela.
La naturaleza comparece, además, como un ámbito de revelación donde lo minúsculo puede contener una verdad inmensa. Javier Gilabert descubre en los fenómenos más humildes —una gota de lluvia, una hoja desprendida, el lento avance de una raíz bajo la tierra— una vibración que excede lo puramente material. En “A una gota de lluvia” se pregunta: “¿Cómo es que algo tan frágil / abarca en su contorno el universo?”. Esa interrogación, suspendida con asombro, resume una de las intuiciones más fecundas del poemario: la certeza de que lo infinito puede cifrarse en lo pequeño, de que el cosmos cabe a veces en el temblor de una forma mínima. Algo semejante sucede en los poemas breves de inspiración japonesa, donde la mirada se afila hasta captar el instante con una limpidez casi ritual. “De nuevo lluvia / sobre las hojas muertas: / luces de invierno”, o “Entre las ramas, / un nido de gorriones. / Se va el invierno”, que condensan una poesía que no necesita exceso para alcanzar profundidad; le basta el destello preciso de lo percibido.
Desde el punto de vista formal, Gilabert cultiva una poesía de la claridad, pero esa transparencia no excluye la hondura: al contrario, la hace posible. El verso libre sostiene una dicción limpia, conversacional, alejada de cualquier ornamento innecesario; sin embargo, bajo esa superficie serena circula una compleja red de resonancias simbólicas. El poeta establece un diálogo continuo entre el mundo vegetal y la experiencia humana: las raíces encarnan el origen y la pertenencia; los brotes, la promesa; las hojas caídas, la pérdida; la savia, la energía secreta de vivir; las podas, las renuncias inevitables; los trasplantes, las mudanzas de la existencia. Lo admirable es que estas analogías no se imponen como un sistema cerrado, sino que nacen con naturalidad de cada escena, como si las cosas mismas pensaran a través del poema.
También merece subrayarse la presencia de un tono meditativo cercano al aforismo, una manera de destilar pensamiento en breves fulgores verbales. Muchos poemas concluyen con versos que permanecen en la memoria como pequeñas semillas de sabiduría: “Perseverancia: / con tiempo la raíz / rompe la roca”; “No hay cosa que los árboles no sepan”; “Nada importa si muere: / lo suelo conservar / durante mucho tiempo en su maceta / a modo de homenaje y de esperanza”; o “mirar contra el olvido su importancia"- En ellos se escucha una voz que busca alumbrar con delicadeza una verdad nacida de la experiencia y la contemplación.
La grandeza de El magisterio de los árboles se sustenta en el equilibrio que alcanza entre emoción, pensamiento y el juego de símbolos. Gilabert convierte experiencias íntimas —la muerte del padre, el crecimiento de los hijos, el cuidado silencioso de los árboles— en una meditación de resonancia universal. Consigue en su escritura tocar una verdad muy humana a través de la autenticidad de la mirada y de la precisión de sus imágenes. El resultado es un libro sereno y hondo, escrito con una madurez que invita al lector a disfrutarlo lento, como quien entra en un jardín al atardecer y comprende que cada rama, cada sombra y cada hoja guardan una enseñanza. Como sugiere el poema que da título al volumen, los árboles poseen un magisterio secreto para quien sabe escucharlos; y la poesía de Javier Gilabert consiste precisamente en traducir ese rumor antiguo al idioma vivo de la experiencia humana. Una auténtica belleza.


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