Todos seguimos el eco de una voz. Nacemos a la vida y al mundo cuando respondemos a su llamada. Después el bosque de los ruidos hace que perdamos su sonido, y su claridad se vuelve muy confusa. Mucho después de este después volvemos a buscarla, y perseguimos por el tiempo la música que nos nombró porque no hay sonido que pueda comparársele. 

Antes de empezar ser (si es que alguna vez llegamos a ser del todo) la buscamos como el niño mudo lorquiano: “En una gota de agua/ buscaba su voz el niño, // (La voz cautiva, a lo lejos,/ se ponía un traje de grillo).[i], en una gota de agua, o en el canto de esos grillos a los que Mallarmé bautizó tembloroso como “la voz sagrada de la tierra ingenua.”[ii] Ese canto que repite la frecuencia aguda e imposible del canto de los ángeles.

La voz de un poeta nunca está sola. Debajo de las sílabas que nombra en estado casi de profecía laten las palabras que le hermanan a la tribu. Se pulsan todas las voces que le precedieron y que le sembraron de poesía la...

La llamada no admite huida ni abandono. Es un contrato amoroso de por vida: “Antes de formarte en el vientre te escogí; antes de salir del seno materno te consagré y te nombré profeta de las naciones”[i], le dice Dios al hombre. Realiza, por tanto, un viaje íntimo desde el inicio de los tiempos, hasta ese mirar presente de los ojos en los ojos, sintiendo en ellos pronunciado, como un dardo llameante, el propio nombre: “entre sus ojos y su voz, no quedaba espacio”.[ii] Eres. Entonces solo es rescindible lo que hubieras querido ser antes, porque la voz te ha llamado y te ha hecho suyo. 

Antes de la escucha está el tanteo, el palpitar del corazón de las palabras que retumban ante el folio. “Un muchacho escribe en un cuaderno/ sus primeros poemas: es de noche; la luna/ entra por la ventana de su cuarto:/ miradle trabajar; qué emoción en su pecho,/ cómo en sus manos arde la vida que quisiera/ decir en el papel.”[iii] Hay que desenterrar de debajo de la tierra de los años aquel momento q...

Literatura y viaje han frecuentado espacios emocionalmente cercanos. El origen del viaje puede asentar su empeño en lo leído en un libro, en su legado de palabras que preñan el deseo de acatar con el cuerpo lo leído, de embarcarse en su escena, de someter la experiencia propia a esta verdad de texto. “El viaje empieza en una biblioteca. O en una librería. De manera misteriosa, prosigue allí, con la claridad de esas razones que ya antes se esconden en el cuerpo” acierta lúcido Michel Onfray[i]. Pocas experiencias más alentadoras que el cortejo de lo relatado sobre la propia vida, como una ofrenda deseada que fuéramos a registrar en nuestros sentidos, y con ello hacerla perdurar en la memoria, aunque este registro sea artificial mediante las fotos que buscan la ruptura con la inmutable ley de la entropía. 

De este modo anotamos imágenes en los dispositivos externos para esculpir el futuro de nuevo con las emociones sentidas en el pasado. Apóstoles las imágenes de un eterno presente imposi...

La súplica es una forma de la permanencia. Y permanecer, a su vez, es el modo más lírico de la resistencia. Una manera de intimidad con lo sacral, el pañuelo en el que se contienen en un cajón sin nombre las cuentas del collar roto de la vida, que no admite su confrontación con el mundo. Porque el mundo está hecho para la delgadez de los salmos, para el abandono de la piedad, para la arena hueca de los hechos sumados como cifras, en los que se desangran los desafectos.

Pero la permanencia exige un eje íntimo sobre el que pueda sostenerse todo el silencio que cabe -con un estremecimiento profundo- en la mirada de un hombre. La súplica, callada o en voz alta, exige la conciencia constante, exige un viaje contra la lógica y una emboscadura en la palabra como llave en la que guardar el cofre callado de la súplica. Dos son los extremos de ese convenio luminoso: el hombre permaneciendo fiel, y la palabra entregada a él, como el sello de unos esponsales en el encuentro íntimo de los ojos en lo...

Nombrar en ocasiones produce sombra. Y entonces las palabras son como brea que contamina oscuramente todo lo que roza. Las palabras pueden ser, entonces, también testigos del silencio, de la soledad, de la herida. Así le lastiman al poeta Ramón Crespo, cuando escribe: Ese desorden/ y las palabras/ que no son compañía,/ ni son luz, ni siquiera aire,/ y duermen/ como una herida/ que la lluvia no limpia.”[i] Ni siquiera aire. Ni siquiera pueden ser limpiadas por el agua salvadora de la lluvia. Son, por tanto, metonimia del corazón y las pisadas de quien las convoca en el texto, réprobo de una culpa milenaria que nos anuda a la especie. Son esos momentos en los que el silencio puede ser el mejor camino, para evitar que las espinas de los nombres hagan sangrar a los textos para siempre. También este dolor tiene su tiempo. Tras el que el nombre vuelve dócil a dejarse amaestrar por el estallido 

La sombra impide respirar por algún tiempo. Y cuando esto ocurre el ahogo parece una estación...

Es imposible no acabar llegando desde la palabra al silencio.  Pero también se arriba a él desde la escritura. La escritura como escucha exige transparencia, puesto que toda envoltura corporal le estorba. Tiene mucho del silencio exigido a los contemplativos, quienes blanquean la lóbrega inquietud de la gangrena del hacer con la cal del retiro. La escritura, entonces, se vuelve escucha firme, silencio en la piel, a no ser que sea ésta pincel que dibuje la íntima abundancia del amor. Del centro mismo del silencio surge y brota la experiencia misma del nombrar, esa “música callada” que nombraba, de manera aparentemente paradójica, San Juan de la Cruz. Es, por tanto, una forma de rezo que apela a ese instante inicial donde todo estaba unido, sin haberse estirado aún el horóscopo de los minutos, sin haber multiplicado aún el brote de la luz su tiempo. 

En no pocas ocasiones el creador busca el silencio como laboratorio o matraz en que mezclar los ingredientes ya inspirados de...

La luz y el silencio intercambian sus propiedades cuando se dan las condiciones propicias para que esto suceda: “Calla su luz/ en la noche/ el almendro, // brilla el silencio.”[i] Con el silencio sucede igual que las campanas, que sin esperarlas horadan con su presencia la tela densa de las horas, y hacen del instante en que se aparecen un reflejo de lo eterno. El silencio inventa la música del mundo y también de las palabras. Es su cauce o su nido: “En medio del silencio/ el oído humano inventa una música”.[ii]

Con frecuencia volvemos de las palabras de los libros como volvemos de los viajes: con los ojos y la vida cargados de experiencias nuevas, de nuevos paisajes, de colores distintos, de proyectos inesperados. Tras el viaje del libro, ya sea de leerlo o escribirlo, siempre nos espera la posada. El silencio que acoge, recoge, y permite que lo leído se transforme en experiencia propia, en vida verdadera, que salte la valla que separa literatura y biografía particular. Así es también...

El ritmo es un tambor interno que nos golpea fecundamente la sangre. Después se busca su temblor de tiempos detenidos sobre los gestos del mundo, y se llama a la luna a decirse completa en las vueltas de noria de los días. Y en esa concordancia simétrica de gestos dibujamos calendarios encadenados que engarzan también nuestros afanes, desde su inicio ya profundamente envejecidos.

Pero esa libertad inicial de escuchar repetir nuestro nombre en el aire se rescata de nuevo en los caminos. “Llegar a ser caminante requiere un designio directo del cielo”, escribe Thoreau[i], y así se piensa el golpe del pie sobre la tierra, comprendiendo en este rasgueo rítmico y desgastado que verternos en palabras también exige música, porque el golpetear de nuestro cuerpo sobre el taller de la tierra reverbera en la conciencia y crea talismanes de música que humanizan nuestro cantar: “el ritmo es un constructo mental, que tiene relación con las propiedades físicas de lo que se oye, pero no es idéntico a el...

13 Jun 2020

El poema se escribe solo, cae como la lluvia profundamente transparente, percutiendo sobre el mundo, en el centro del ser: “Si alguien quisiera saber cómo escribo a estas alturas, le sugeriría que preguntara a la lluvia cómo cae, al fruto cómo crece”, escribe Vicente Gallego.[i]

La lluvia cae como el poema, vertical en su asombro, como un perdigón de lágrimas que hace de la escritura salvación. No puede ser de otra manera. Discurre el mundo entretenido en sus afanes, entre garabatos de fiestas y disfraces, en garajes de horas y de sombras, pero el poema llueve siempre como redención, para hacer resplandecer al mundo opaco.

“Es cosa de libélulas” escribe José Hierro[ii], nombrando la fragilidad de la experiencia de la escritura poética, como si de un cristal se tratara, más aún, como si el poema fuera como el ala transparente de una libélula, con su apariencia de lo intacto, y también con su sostén de humo. 

El poema permanece siempre en este estado de intemperie. Pero igualmente es el esp...

“Las palabras son animales salvajes”, escribe Rodríguez Marcos[i], nacen, crecen y respiran su propia vida, bien lo saben los escritores, a quienes no les basta con invocarlas. Ellas llegan desde muy lejos, casi siempre libres, del territorio distante del silencio al que, con frecuencia, ocultan entre sus latidos: “Hay ramas/ sobre las que nunca/ se paró a cantar un pájaro/ y hombre/ que jamás se detuvieron/ a escuchar/ lo que el silencio dice/ mientras nos decimos/ palabras”[ii]. Permanecen agazapadas y se lanzan sobre el folio cuando quieren. “Las palabras heridas/ son las más peligrosas./ Las palabras heridas/ son capaces de hacer/ todavía mucho daño”.[iii] Palabras heridas, abarrotadas de dolor, como los hombres, cuando se les hace decir lo que no quieren, cuando se las obliga a serse infieles, amordazadas por las malas intenciones que les tuercen las sílabas. Cuando son manchadas y atenazadas por el hombre.

Pero también son poseedoras de un vuelo alto, cuando se busca con ellas alc...

31 May 2020

Los pájaros caen en la tierra como la levadura caliente sobre la harina sagrada. Ellos señalan la bendición que regalan las cosas a todo aquel que las mira sin deseo, sin afán de posesión, sólo dejándolas volar su vuelo: “Cantó un pájaro, oí/ su decir claramente,/ y en todo el universo solo había/ certeza y gratitud.”[i]

Todo el universo lírico está colmado de ellos. Habitan llameantes los árboles de la palabra poética como el canto el aire en primavera. El reino viaja de la semilla hasta su vuelo, y en ellos se cumple la promesa de la espera. “¿A qué se parece el reinado de Dios? ¿Con qué lo compararé? Se parece a una semilla de mostaza que un hombre toda y siembra en su huerto; crece, se hace un arbusto y las aves anidan en sus ramas?”[ii]

Al final, el grano es desde su inicio ya vuelo. Esa es su condición primera y su destino último. También el del hombre. Alas y más alas para poder volver los ojos a lo alto y llenarlos de exclamación y de misterio. “Él no sabe que canta para mí,/ que...

El nombre nos condiciona desde nuestra llegada al mundo. “Llevo en el nombre a la humanidad naciente, pero pertenezco a una humanidad que se extingue”, escribe Adam, el protagonista de Los desorientados de Amin Maalouf. La ubicación nominal nos sitúa en el presente como un don y lleva inscrita en ella toda la genealogía afectiva y estética de los ancestros, su pasillo genético que penetra nuestra historia y la rebosa en su recreo de luces y de sombras. “Oigo decir mi nombre (les digo) y dudo,/ aunque al final siempre me vuelvo/ y empiezo a recordar. Soy yo, pero buscándome/ lejos de aquí y en otro tiempo”.[i] El nombre también nos ata a la historia, a la nuestra y a la de los otros, aunque con frecuencia no queramos formar parte de esta línea de luz que nos engarza como cuentas de collar a nuestros semejantes. El nombre despliega la multitud de posibilidades de hacer real la variedad, y a la vez nos unifica en nuestro ser, único e irrepetible.

Antes del nombre sólo existía la unidad, la...

El asombro tiene su asiento en una manera agradecida de mirar. Se podrían igualar la escritura y la mirada, ya que nacemos con ambos dones en estado puro. “Mi profesor de Literatura me dijo que aprender a escribir es como aprender a mirar, como conseguir ver las cosas necesarias para encontrar un sentido”[i], escribe Luis García Montero. La palabra, como la luz sobre las cosas, se impone en nuestra vida. Vemos al nombrar. Más aún, vemos porque nombramos. Sin los nombres, el mundo de las cosas permanecería indiferenciado. Dónde acabaría entonces el árbol y empezaría el cielo, si ambos colores son modos de disciplinar la retina, que sin las palabras no podría distinguir las frecuencias… Porque, al fin y al cabo, los colores y las formas no son más que frecuencias, ondas confusas en el espacio, a las que solo nuestros órganos estructurados para interpretar la realidad pueden dar sentido.

No puedo evitar preguntarme cómo encajan tan bien las formas y los instrumentos de sentido que tenemos....

La luz llueve intensamente sobre la vida a cada instante. Hace temblar álamos y chopos bajo el espejo roto de su providencia. La construcción del mundo en cada amanecer es una tarea de orfebres y de pájaros. Y los poemas le dan cobijo en su sembrado porque no podrían hablar de nada sin rendirle antes la pleitesía que se les concede a los emperadores. Porque ante ella no pueden sino quedarse mudos por el asombro: “Si pudiera nombrarse/ eso que hace la luz/ con sus objetos, cómo/ nos los pone en la mesa,/ para que nadie diga/ que no quedó conforme.”[i] Pero no lo hacen para nombrarla como limosna, sino como una forma de obediencia ciega y entusiasmada, aunque no lleguen a rozar siquiera su milagro

“Reina una luz unánime que iguala/ a todo ser, al darle a cada uno/ su cantidad exacta de presencia”[ii], escribe sometido al amanecer y su apertura cotidiana de las sombras, Antonio Cabrera. La luz que él describe entrega a cada ser la total legitimidad de su existencia, al concederle la forma.

...

Madre es ovillo, es agua, es canto, claridad, aurora, niño y pájaro. Madre es memoria. Y el camino de vuelta hacia ella se inicia con una chispa de cualquier producto incandescente sobre cualquier materia espejeante. Puede ser simplemente un reflejo de algo luminoso y nómada que se sucede sobre el agua. Y entonces, como en vuelo incendiado de ballesta, se produce el viaje veloz hacia la infancia. Allí está ella, con aquella forma de mirar que no ha podido repetirse nunca, porque después las horas van acumulando su arena de cansancio sobre los días y sobre la acuosidad translúcida de sus ojos. Pero entonces todo era chispa ardiente: “En el arroyo se reflejan nubes,/ efímeras/ siluetas de oro y cadmio./ Oyes la voz azucarada y frágil/ de tu madre/ deshilvanando el tiempo./ Se acerca alguien. Rompes la cortina/ del corazón./ Crece en la distancia/ un trino sucio de melancolía;/ hay avispas/ fecundándote la sangre.”[i]

Tan solo unas nubes arañando el cristal del arroyo, y todo se trastoca h...

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  EL DESCANSO DE LA HERIDA

(Poética)

La Palabra como un ciervo de agua,

como un pecho blanco en que anidar

el cansancio infinito de las alas.

Porque en sus aves no tiene nombre la tristeza.